viernes, 10 de febrero de 2012

POESÍA








POSIBLEMENTE




¿Eres mi mujer?
La que teje con agua
flores en la arena,
y sabe dónde crece
mi presente para plantar
sus besos y mis caricias.
La mujer que no teme
al tiempo y sabe que los años
son fugaces instantes
donde se decide el amor.
¿Eres mi mujer?
Que va con el vuelo
de la abeja y no se queja
ni se aleja, simplemente
se deja. Eres mi mujer,
aunque no te des cuenta
y yo no lo sepa.






AFRODISIA




Amada, entrando por entre tus nalgas
de durazno,
debo asirme a lamentos silenciados
para no hundirme tan de prisa.
¿Alargar un dolor es convertirlo en placer?
Reclamas —leve queja de labios sobre la almohada—
la tardanza del viaje. Un siglo
masticándola para sólo saber del jugo
de la manzana.
Entrando poco a poco,
es el largo viaje del cual Odiseo no desea regresar.
¿Dónde aprieta más?
Sobre la concavidad de tu espalda,
desaforado el eco de mi corazón.


No sigas escalando hacia adentro.
¿Lo lamentas?
¿Estoy pensándolo?
Rechazarte aquí atrás, es hundirte más y más
dentro de mí.
Ignoraba que tan constrictora puertecilla
la custodiaba un pudoroso arcángel violado.
Continúo mi camino tu estrecho sendero.
¿Quién explica este éxtasis
si sólo hay espacio y tiempo para la agonía?
Tu espalda, caracolcillo conmigo a cuestas.
Remolino de uvas rituales.
Llego con mi antorcha encendida,
ofrenda que no se extingue en la honda plenitud
de las turgencias.
A tu surtidora fuente llego siempre
por cualquiera de los dos caminos.
Llego y desgrano, inmisericorde contigo y conmigo,
la luz dentro de ti.
Blanca luz que nos desintegra.
Y que nos funde hasta quedarnos
unidos en el sueño: tú sin querer huir de mí,
yo sin poder salir de ti.








ELLA ACEPTÓ ALGO DE MÍ




Ella aceptó descifrar el beso
entre millares de besos anteriores.
Era primera vez que elegía tal opción.
A medida que lo traducía en caricias
y no eran pocas las recibidas y las otorgadas,
descubrió cuanto ocultaban las palabras.
Sin embargo ni estas ni sus significados
tuvieron validez alguna
cuando fue penetrada también por el silencio
del hombre que la besaba.
Ahora quiere descifrar el abrazo.
Y de la carne que la hiende y hierve,
quiere descifrar la voz del poeta.
El abismo, como siempre, es la piel.
Él no aceptó que le descifraran el poema.
Prefiere caminar por el andén,
hacia alguna parte de la ciudad.








Y SIGUEN AQUÍ




O se van los poetas
o se van sus poemas.
O ambos se silencian
pero esto no puede
seguir así, con unos
y otros confundidos
entre la poesía.
Esto no debe continuar así,
desde el perro callejero
hasta las flores marchitas.
Estos poetas volando
cuando deben caminar,
muriendo cuando es preciso
vivir y sosteniendo el mundo
con palabras y palabritas,
explicándolo con imágenes.
Y lo más grave: el silencio
atentando contra el silencio;
las palabras intentando
demoler las palabras.
Pero los poetas no se van.
Ni se irá la poesía mientras haya
un hombre sin prisa.









ESA VOZ ALLÁ EN EL FONDO




Alguien habla.
¿Alguien susurra en el fondo de mi corazón?
No puedo explicar quién ni por qué.
Confundo la música de sus palabras
con gritos de mi sangre.
A pesar de todo, de Bach, de Mozart,
de Parker, de Kítaro o de Lisa Gerrard
algo sube a la superficie,
flotando entre briznas de amor
y despierta por momentos mi atención:
este poema es la señal.
Y cuanto está fuera de él
y de alguna manera pertenece al poema.
Es fruto que alguien continúa, día y noche,
llamando desde el fondo de mi corazón.
Tendré que buscar esa voz en algún poema perdido,
de algún poeta perdido, extraviado en rincones
donde se piensa que no hay poesía.
Si no la encuentro, inventaré en algún lugar de mí,
al verso que habla y al poeta que lo silencia,
aunque se me parezcan
y los confundan conmigo.








LA FUENTE DEL POETA PERSA




¿Qué verso podré considerar mío?
Ningún poema me pertenece, ninguna palabra.
¿De cuál ritmo me enorgulleceré?
Todo y también el resto está dicho.
Entonces sólo me quedan los silencios y el silencio
porque hasta el gesto de secar con mi mano
la humedad de la boca, ese vino que perfuma el alma
o el sudor que le queda al cuerpo
luego del fuego que murmura,
los siento ajenos al beber de la fuente
que embriagó a Hafiz,
o en el mismo vaso donde se embriagó Khayyam.
Nada mío. Ni mis poemas ni los de otros.
Tal vez el silencio. Posiblemente el silencio
porque hasta el poeta que represento a ratos
deja de pertenecerme.
















1 comentario:

  1. Gracias Poeta. Estos versos devuelven la musa y detienen el tiempo.

    ResponderEliminar