martes, 16 de abril de 2019

No lea a Fonseca




No lea a Fonseca



En esta ferviente época de Semana Santa, ore piadoso, hermano. O viaje en bus por pueblos quindianos, si carece de dinero. Vaya a Salento y cómase un tieso patacón. Viaje hasta Buga con toda su familia y cumpla alguna promesa.

Si tiene dólares, euros, yenes o bitcoines, (¡guácala!, los pesos colombianos), por diversos medios déjeles saber a sus amigos, pero en particular a sus enemigos, que viajará al extranjero. Diga en voz alta “¡Dubái!”. Afirme que se entrevistó con el jeque Mohamed bin Rashid Al Maktum. “Me hospedé en el Burj Khalifa”. O quédese inmóvil, horas completas y parándose solo para orinar, mientras lo sodomizan las hipnóticas series de Netflix, pero le suplico, hermanito, no lea al despiadado Fonseca, quien pronto cumplirá 94 años. Rubem se me parece al vampiro de Kinski, en Nosferatu. No se deje cautivar por esos crueles cuentos, transgresores de toda ética, breves o extensos y su flamígero estilo fotográfico, diálogos y descripciones que nada respetan. Cuídese de leer sus novelas, que al exsenador brasileño Dinarte Mariz le hicieron comentar, en 1977: “Lo que leí me espantó, me puso los pelos de punta; es pornografía del más bajo nivel, no hay página en que no se vean los rincones más oscuros del país. Además de ser censurado, el autor debería ir preso”. Lo lee, hermano, y no volverá a comulgar. O no asistirá en paz a las prédicas del pastor. Se considerará puesto en evidencia por los personajes que reptan entre la narrativa de Rubem. Que los protectores ángeles Yeialel, Harahel y Umabel, te libren esta Semana Santa, y después, de los libros de Fonseca. ¿Historias de amor? No. ¿Amalgama? Menos. ¿Ella y otras mujeres? Nunca. ¿El cobrador? ¡Dios nos resguarde de estos cobradores! Continúe siendo el reposado ciudadano por cuya curiosidad jamás pasará leer a Fonseca. En sus perennes o intermitentes lecturas, manténgase distante de las obras de tan inhumano espécimen literario brasileño, nada conveniente para el integral ejercicio de la ética. Un Quentin Tarantino de la prosa, los temas y argumentos con desenlaces poco frecuentes en este tipo de cuentística. En particular, del brutal subgénero llamado hardboiled, en cuya presencia Bukowski, Pedro Juan Gutiérrez, Miller, Hammett o Chandler, son candorosos autores. Que no lo provoquen mis palabras. Suficiente y acogedora bibliografía de superación personal lo aguarda con amplio surtido de esperanzas y terapéuticas propuestas de paz interior. Con tentaciones así, te rogamos nos concedas, Señor Dios nuestro, gozar de continua salud de alma y cuerpo, y por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre virgen María, vernos libres de las tristezas de la vida presente. Este año, cuando serán dos los premios Nobel de Literatura, propongo a la Academia Sueca, desde Calarcá, a Cărtărescu y Fonseca.

Liubanofismo en el microrrelato


Liubanofismo en el microrrelato




Explica Max Picard: “No es posible representarse un mundo donde solo exista la palabra, pero sí podemos representarnos un mundo en el cual solo exista el silencio”. 

La representación gráfica y escritural de ese ámbito narrativo que, sin eludir por completo la palabra, utiliza el mínimo de estas como señales de cuanto acontece a pesar del silencio, o la inexistencia de señales concretas, es elemento básico del subgénero que denomino Liubanofismo narrativo. El conde Fedia Liubanoff fue un personaje inventado por el escritor Giovanni Papini, en su vigente libro Gog, quien con grumosos argumentos poéticos, en el capítulo titulado La industria de la poesía, presenta a Gog un libro de poemas compuesto solo por títulos, máxima decantación de la página, donde emergen individuales perspectivas que el lector tiene del mundo al cual se asoma con la lectura. Dos silencios semejantes avivando diferentes emociones: el silencio premeditado del narrador, facilitando un mínimo de palabras para que nos relatemos la historia sugerida. Colma de rutas interpretativas al lector al no delinearle derroteros de lectura o comprensión. Es el silencio inicial. Y el silencio del lector, encontrando espacios vacíos, sin palabras ni señales, no solo para atender sugerencias del narrador y observar hacia donde este señala sino para construir, también, otro universo. Ambos silencios originan el esencial: la historia no contada que puede quedarse solo en el título. O en palabras iniciales cuya estructura son los vocablos conclusivos. Si su proliferación condiciona al lector para que acepte cuanto se le relata o no se le dice, o se le dice poco y solo se le barrunta cuanto se relatará y sin embargo no se describe, induce a este a fantasear sus propios universos. “Ha pasado un ángel”, es el místico dicho entre personas que dialogan y de improviso les sobreviene un intervalo de silencio. Este tipo de microrrelatos, con características de broma al lector, facilismo narrativo o juego frívolo, para muchos narradores es un creativo ejercicio literario de narratividad sintética, no descartable como sugestivo recurso cuentístico. En su libro Signos, para Merleau-Ponty “tenemos que considerar la palabra antes de ser pronunciada, ese fondo de silencios que siempre la rodea y sin el que no diría nada; desvelar los hilos de silencio entrelazados con ella”. Los lectores lo son de palabras y silencios, interrupciones, sombras y penumbras, espacios en blanco o negro. En el liubanofismo, a partir del enunciado, del título o del signo, se develan otros hilos del relato no imaginados por el autor del texto. Dijo Plutarco: “Nunca una palabra pronunciada ha prestado tantos servicios como, en muchas ocasiones, una palabra que se ha sabido retener”. Un microrrelato de naturaleza liubanofista contiene de cero a 20 palabras. Necrofilia.- Todavía no encuentro la mujer ideal…

Una gardenia es oboe


Una gardenia es oboe


En la escala de la flor, solo Dios tiene probabilidades de ser verdadero. Lo pienso. También puedo y quiero escribir: En la escala de lo divino, solo la flor tiene probabilidades de ser verdadera.


Y aunque no le interese cuanto reflexiono a solas por las veredas quindianas, y no me concierne convencerlo de los monólogos que con una flor, un insecto o una piedra sostiene el embriagado caminante, expreso para mí, y este decir es canto u oración, alma del individuo cuya única riqueza es un camino veredal a cualquier hora del día, digo gardenia o azucena; murmuro violeta o gladiolo; exclamo girasol o anémona; musito clavel, begonia y dalia, porque todas huelen en mi paladar y a cada vocablo, aunque no lo ronde el colibrí, le veo música. Le corresponde al poeta, cuando descubra los elementos de esta ecuación bimembre y antagónica, Dios-flor, verificar el porcentaje de probabilidades de la una y del otro, cuando se revelan por su camino un árbol florecido, un refugio de anturios negros entre helechos, un bonsái en flor o la presencia de Dios en la música de Bach. En la escala de Bach, por ejemplo en sus Conciertos para oboe, Dios pierde las probabilidades de no existir. El ser humano, pierde las probabilidades de no encontrarlo en el mundo si escucha a Bach. La violeta es oboe. Y es oboe la gardenia. La begonia es oboe en el camino. A veces, entre oboes que son violetas, me acompaña Caeiro y dice, observando esta flor: “Yo no tengo filosofía: tengo sentidos…/ Si hablo de la naturaleza no es porque sepa lo que es/ sino porque la amo, y la amo por eso,/ porque quien ama nunca sabe lo que ama”. Por Santo Domingo alto, Bach tiene piernas de oboe. Caeiro, tiene piernas de oboe. Y si repito anturio, mi garganta tiene timbre de oboe. De un arroyo que atravieso descalzo, a un colgante puente de guadua desde donde observo una cristalina quebrada si voy por el campo, de una loma a una hondonada, el camino es mi habitual técnica de meditación. Nadie me dio iniciación en caminos. Ni ostento grados esotéricos en caminos. Nada debo a Basho ni a Krishnamurti, ambos con sus caminatas por montañas o pueblos. Dice este último, en uno de sus diarios: “No hay movimiento, ni agitación. Solo completa vacuidad de todo pensar, de todo ver. No existe un intérprete que traduzca, que observe, que censure. Es una inmensurable vastedad totalmente quieta y silenciosa. No hay espacio, ni hay tiempo para cubrir ese espacio”. No rindo culto a ningún maestro en caminos. Los caminos mismos me iniciaron. Y también puedo caminar silencioso sin pronunciar el nombre de la flor.

sábado, 23 de marzo de 2019

Sangre tanta sangre

Sangre tanta sangre




El color ensangrentado. Cualquiera de los tonos que representan la sangre. No la sangre que es vida sino la sangre por donde los colombianos navegaron y seguimos levando anclas hacia la guerra. Naciste entre sangre desaguada por cualquier razón. Te arrullaron, bebé, con cantilenas dolorosas de la sangre que salta y que cae, que chorrea y rebota, que gira por la derecha, por la izquierda, por el centro, te adormecieron, anciano. Sangre catarata y manantial y gota, por cualquier orilla escarlata. Sangre desde la escuela, donde te enseñaron sus denominaciones patrióticas o antipatrióticas. Espectáculos donde los animales contribuyen con la suya para que las fiestas continúen empapadas con sangre. Se le dan nombres religiosos, políticos, sociales y económicos para enfatizarle o degradarle, a la sangre, su ominoso sabor. Licenciaturas en sangre. Doctorados en sangre. Poetas y pintores de la sangre. Músicos de la sangre. Abogados de la sangre. ¿Jesucristo  derramó la suya por ti? Los colombianos debaten, padres de la patria, no para evitar derramamientos de sangre sino para exigirlos en nombre de intereses ideológicos y doctrinas económicas. Los ideales de vida sangran por toda hendidura. Tantos verdes en Colombia, teñidos con rojo. Incontables azules convertidos en rojos. Nos inunda la sangre ajena y pensamos solo en construir embarcaciones quebradizas para navegar los pantanos de sangre, las marismas de sangre, los piélagos de sangre. Sangramos y nos sangran.  Tantas lágrimas rojas. Tanto sudor rojo. Bramidos rojos que sangran. Millones de colombianos murieron creyendo que esa sangre vertida era normal. Otros, reservistas entrenados para derramar su sangre o la ajena, esperan el  siniestro llamado celebrando vanos heroísmos, para derramar la suya o la ajena hasta morir sangrando porque creen cumplir con su deber. Ningún rótulo justifica derramar la sangre propia o ajena. ¿Tus  virtudes deben teñirse de rojo para ser virtudes?  ¿Qué tanto saben a sangre tus inmoralidades o ideales? Pensamientos y emociones que solo riman con sangre. ¿Si no hay sangre no hay valentía? Sangre como corolario de cualquier pensamiento.  De acuerdo, Federico, yo tampoco quiero verla, “…que no hay cáliz que la contenga,/ que no hay golondrinas que se la beban,/ no hay escarcha de luz que la enfríe,/ no hay canto ni diluvio de azucenas, /no hay cristal que la cubra de plata”.

sábado, 16 de marzo de 2019

Briznas que señalan

Briznas que señalan


Un rostro en un árbol. Mirándome directo junto a la piedra igual de verde y maciza que en el sueño. Javier y Luz Estela, propietarios del Ecoparque, se inquietaron cuando al atardecer me dirigí solo hacia el frondoso sitio acolchado por millares de hojas secas. La benévola Estela, me sugirió llevar linterna para mi regreso. Allí percibí la razón del poema. Todas las espigas de yerba que encuentro en mi camino, señalan hacia arriba. Gruesas o delgadas, de cualquier color, a veces con ligeros perfumes, son señales naturales de tránsito hacia trasluces del aire que, si las observas, viajas seguro hacia regiones poco usuales de la poesía y la espiritualidad. Si por prisa o apatía las ignoras, te pierdes ámbitos del paisaje que, de otras maneras, no se te revelan. He visto hebras vegetales señalándome un imperceptible petirrojo sobre la rama del cedro. He recibido bendiciones de traslúcidos hilos de yerba, mostrándome signos y gestos con que el paisaje enuncia su unidad con el hombre. Solo miro hacia donde señalan y nada más. Una espiga de yerba cuyo nombre ignoro, me dio la correcta dirección para descubrir el árbol donde me esperaba el rostro visto en el sueño. Hay variedades de aves y mariposas, de espíritus de la tierra, del agua y del aire, que no se dejan ver, sino es mediante la indicación proporcionada por algún filamento de yerba, revelando el sitio donde aquellas construyen sus nidos y estos habitan su espacio. Un delgadísimo estambre, estremecido por el roce de una libélula, me indicó las horas de luz o sombra cuando debo observar determinadas flores para desentrañar lenguajes de sus perfumes y colores. Lengua de la unidad en la pluralidad. ¿Y si afirmo que por estos senderos hay flexibles espigas señalando espíritus de la naturaleza perceptibles con cualquiera de los cinco sentidos? Mejor para todos, no creerme. Cualquier duda es permisible cuando se hace la biografía de una brizna de yerba. Bienvenidos los vocabularios de la embriaguez con el paisaje y de la teología chamánica, porque la naturaleza es mi religión y las montañas son mis templos.

Empanadas para Cebrowski

Empanadas para Cebrowski


La empanada, convertida en tema principal de los colombianos, es otro de los elementos efectivos que distancia y crea apatía hacia sucesos que debían motivar, estos sí, incalculables comentarios en las redes. Todo tipo de personas caen ingenuas en artificios propios de las guerras simétricas. Un banal, rutinario procedimiento de policía, se magnifica para desviar la atención sobre las potenciales destrucciones y el caos económico que se ciernen sobre Colombia y los países implicados, directa e indirectamente, en el caso Venezuela. Es más fácil ventilar en público minuciosidades del código de policía sobre una empanada, que visibilizarle a las masas nombres como los de Arthur Cebrowski o Thomas Barnett, fundamentados en ideas de Gene Sharp sobre la guerra. Maniobras sociopolíticas propias de las revoluciones de colores, en las cuales Guaidó es temible polichinela ya identificado en su oscura trayectoria política, sostienen que Estados Unidos debe tomar el control de los recursos naturales de la mitad del mundo. No para su propia utilidad, pero sí para disponer quiénes podrán utilizarlos. Petróleo, coltán e incalculables riquezas del suelo venezolano, son objetivos del Pentágono. Más cómodo, entonces, facilitar la empanada en los diálogos que incubar ideas sobre objetivos norteamericanos para destruir no solo a Venezuela sino a Nicaragua y Haití, por ahora, mientras continúan contra otras naciones latinoamericanas y cualquier poder político que no sea el de Estados Unidos, deteriorando las estructuras de los estados. Es la aplicación de la doctrina Rumsfeld-Cebrowski. Un recorrido por la historia reciente, en particular por las agresiones sin fin contra Venezuela, y se comprobará el molde reproducido por norteamérica. Luego del Pentágono retirarse del Medio Oriente Ampliado, se prepara para desplegarse en la cuenca del Caribe celebrando conciertos y engañando con ayudas seudohumanitarias. El politólogo Thierry Meyssant, afirma: “Hay que prepararse para una guerra no solo en Venezuela sino en toda la cuenca del Caribe, impuesta desde el exterior”. Y agrega, alertándonos más allá de cualquier predisposición política que sostengamos: “No será derrocar gobiernos de izquierda para reemplazarlos por partidos de derecha. Todos los sectores sociales se verán amenazados sin distinción de ideologías ni de clase social”. Las estrategias de manipulación sicológica recomendadas por Robert Jay Lifton, siguen ensayándose contra Venezuela. El caricaturesco y fallido concierto Venezuela Aid Live propiciado por Branson y la CIA, fue grotesca prueba de ello.

Tender y destender mi cama

Tender y destender mi cama





Enciendo el bombillo y leo. También manipulo el celular, vampiro tecnológico bebedor insaciable del praná humano. A las seis me levanto. Bañarme es un ritual energético donde el gélido chorro de agua me recuerda que sigo vivo otro día más, consuelo efímero cuando uno sabe que restan 18 horas de incertidumbres. Salgo de la ducha. Tender mi cama es el primero, del absurdo drama en dos actos donde soy único protagonista. Y exclusivo espectador. Tema, escena y escenario para una obra de Ionesco. O una de Pinter. Tal vez Jarry experimentó algo semejante. Calarcá es el marco de mi drama irracional. Soy-y-no-soy-Godot. Sobreviene a diario en el barrio Llanitos de Gualará. A veces sube del patio un gato amarillo y si le abro la ventana, entra y se va. Personaje secundario que entra para irse. Desarrugo la sábana. Tiendo una tras otra las cobijas. Las perfumo o entalco. No deben quedar fruncidas. Bien planchadas y estaré en paz con mi sentido de la simetría. Luego extiendo el cubrecama. Sobre este, dos almohadas. En el centro, un par de cojines. Si el gato, que ya no es amarillo, regresa y sube a la cama, lo ahuyento. Carezco de espectadores que aplaudan mi representación en el teatro de la estrecha alcoba. Fin del acto primero. Nada fatal, ¿verdad? Meses atrás, eso pensaba también yo. Nada relevante para escribir una patética novela. O un poema al estilo Bukowski. Observe el segundo acto, y si es de quienes tienden su cama, algo entenderá. Transcurre cuando voy a acostarme y comienzo a destender la cama que tendí al amanecer. Tal rutina se convierte en la fatalidad de comprobar que, acabando de tenderla, siento que destiendo la cama para acostarme. Como si no hubiese transcurrido nada más, entre amanecer y anochecer. Conciencia de lo cotidiano repetitivo. Experimento que es lo único en el día. Sin nada más de por medio. Espacio y tiempo se apretujan entre el lapso de tender la cama temprano, y destenderla en la noche. Apenas despierto y voy ya de nuevo a dormir por la velocidad con que pasa el día. Todo se contrae. Tiempo, espacio y eventos, desaparecen. No son concretos como estas dos acciones adheridas, sin nada de por medio: tender-y-destender-la-cama a la vez. Señor Beckett, ¿con qué frecuencia cambio el cubrecama? Señor Jarry, ¡entró un gato verde!

Cartarescu y Zaraza

Cărtărescu y Zaraza


Entre tu resplandeciente prosa de novelista, Mircea, transfigurada en literatura conservarás la memoria del tanguista rumano Cristian Vasile, con su tragedia de amor y rivalidades vuelta leyenda. “Nadie lo había puesto por escrito hasta ahora. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Propongo reaccionar



No pertenezco a la oscurantista piara antitecnológica de ludistas o neoludistas. Soy ecuánime usuario de elementos tecnológicos que llegan a mis manos, facilitándome emplearlos en la medida de mis conocimientos y capacidad económica para adquirirlos.


Como escritor, distingo dos fases históricas en mi forma de escribir: antes de internet y con este. Procesos mecánicos que empleo al máximo, facilitándome procedimientos de escritura y corrección que años atrás me demoraban mucho tiempo concluirlos. Gozoso geek, me dejo seducir por ellos en mi computador. Hago evidente esto porque, de todas maneras, propongo reaccionar contra personas que cuando estás con ellas te postergan, dedicándose a conversar por sus móviles con otros individuos. Digitan como si no estuvieras presente. Propongo suspender el diálogo que sostengamos con ellas. No ser inferior a las exigencias que ese móvil hace a tu interlocutor. Reaccionar como persona cuya intimidad es interrumpida por la llamada que aquel recibió o hizo a tu lado. Perturbaciones desgajando acentuados diálogos, momentos de intimidad entre ambos, el expresivo entusiasmo de una compañía, una mirada o sentimientos de fraternidad. Si la persona con quien se comparte un espacio determinado hace o recibe varias llamadas, peor es la impresión de postergamiento. Entonces, te propongo irte. Abandonar sin sensiblerías a tu contertulio. ¿Seguirás esperando, paciente, reanudar la conversación donde el otro no recuerda qué estabas diciéndole? ¿Aparentas ser tolerante, aunque en tu fuero interno te planteas no frecuentar más a ese neozombi? Puedes reaccionar como lo hacen todos: sacar tu móvil y hacer lo mismo frente a esa persona. Precipitarte en igual fenómeno tecnológico deshumanizante. Te propongo dejar allí a esa persona que arrincona tu compañía. Despedirte despreciativo. Sin ningún protocolo, abandonarla allí donde está obsesionada con su objeto. Facilitar tu sitio al interlocutor cercano, pero distante de quien habla. Con mayor razón, si el sujeto no tiene la cortesía de disculparse por interrumpir el diálogo contigo. Te propongo reaccionar contra esta mecánica variedad de robotsapiens. Pero… si no te importa porque eres igual que ellos, te sugiero entonces no patalear. Hacer parte, tú también, del tecnológico condicionamiento. Incrementar el mazacote de personas, juntas en apariencia, con su centro de gravitación en la fascinadora pantallita. Te propongo no capitular tu sensibilidad con esos procesos naturales de nuestra época virtual. Si te complaces escuchando diálogos de otras personas, sus intimidades, lenguajes en clave contigo presente, regodéate entonces escuchando a tu interlocutor. Sigue la corriente de sus ideas. Sé tercero o cuarto en ese diálogo. Otra solución: cuando tu interlocutor termine de conversar por el celular y se proponga regalarte algún minuto de atención, manipula entonces tu cajita y dedícate a hablar con otra persona. Juega. Mira el Whatsapp, Facebook, fotos, mensajes. Podría proponerte otras actitudes pero… ¡están llamándome por mi smartphone!

Dos para un soneto


Dicen los dos versos iniciales: “Oscuro y fruncido como un clavel morado/respira, abrigado entre el musgo humildemente”.


Aunque el carnal soneto fue escrito a dúo por un par de homosexuales adictos al hachís, al ajenjo, el hadaverde y la absenta, además de sus implicaciones homofílicas, que a tantos agitan, otros podemos disfrutarlo también como entrañable descripción heterosexual. Pocos lugares del cuerpo femenino o masculino, por sus profundas particularidades para el placer, merecen no solo sonetos sino elegías, como esta puertecilla húmeda “aún del amor que fluye lentamente/por sus blancas nalgas hasta su borde orlado”. Metafórica evidencia de sus recíprocas sodomizaciones, el primero con 27 y el segundo con 17 años de edad, lo escribieron Verlaine y Rimbaud, parodiando a su amigo el poeta parnasiano Albert Mérat quien publicó un libro con 20 sonetos celebrando 20 partes del cuerpo de su amante. Los cuartetos iniciales pertenecen a Verlaine; a Rimbaud, los tercetos finales. Encima el primero y debajo el segundo, inducidos acaso por el lascivo deleite que experimentaban como pareja de alternos pedicadores. En su libro El tiempo de los asesinos, Henry Miller preguntó: “¿No hay acaso algo tan milagroso en la aparición de Rimbaud sobre la tierra, como en el despertar de Gotama o en la aceptación de la cruz por Jesucristo? De cualquier manera que se interprete su obra, está más vivo que nunca y el futuro le pertenece, aunque no haya futuro”. Sonnet du trou du cul, titularon aquellos el poema que, con primorosos tropos, explora inusuales relieves del cuerpo. Territorios para el placer y la sexualidad que, en poesía, pocos autores se han atrevido a tantear. Quienes conocen la lengua francesa, consideran intraducible tal soneto por su carga literaria de juegos de palabras, referencias de sentido nada fáciles de trasladar a nuestro idioma, vocablos con alternos significados cultos y populares y expresiones propias de las conductas parisinas de finales del siglo XIX. Redención literaria del socavón proscrito por el pudor poético, tal soneto compartido hace parte del llamado Álbum Zutique, donde se recogían textos y dibujos con que los integrantes de dicho grupo, entre ellos Rimbaud y Verlaine, ridiculizaban, mediante textos y dibujos, a los poetas parnasianos. Aquí figuran Los Estupros: tres sonetos de los cuales este, que ondula por entre mis lecturas y lujurias selectas, es el más notable. Disfruto las musicalidades de variadas traducciones, cada cual aportando consonancias que no tienen las otras versiones. Por mil sonetos retratando los ojos, el cabello, la boca, las manos, senos o nariz, no hay cinco que hagan la apología de dicha puertecita, temida y apetecida. Los sonetos lujuriosos, de Aretino; o el conocido texto de Quevedo sobre el ojo del culo, pueden ser dos referentes literarios sobre el tema.

¿Platón o Chul Han?


El cielo sobre Berlín, película dirigida por Wim Wenders con participación del poeta Peter Handke, es uno de los filmes preferidos por el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han, quien dice: “Mis libros empiezan con Peter Handke o acaban con Peter Handke”.

Este, un poeta que discurre en verso o prosa; aquel, un filósofo contemporáneo cuyo lenguaje se llena, junto a neologismos y vocablos propios de nuestro siglo, de sugestivos vuelcos literarios que no encontramos en otros filósofos europeos, asiáticos o norteamericanos actuales. Fustigador del capitalismo, las injusticias socioeconómicas del trabajo y los desiguales senderos que sigue la tecnología, no solo piensa y escribe en alemán, también cuestiona como alemán. En El cielo sobre Berlín, Chul Han guía al espectador por fondos de su barrio y otros sectores de esta ciudad. Sus libros asumen en su estilo la misma melancólica mirada de Winders en dicho film sobre Berlín. En un documental sobre Chul, llamado igual que uno de sus libros: La sociedad del cansancio, el metódico filósofo diserta como Roshi zen: “Los ruidos desplazan siempre al silencio, al vacío”. Empero, ninguno de sus libros induce al silencio. Ni sus significaciones facilitan el vacío. De por sí, hay atrayentes afinaciones en los títulos: La expulsión de lo distinto, Topología de la violencia, La salvación de lo bello, El aroma del tiempo, La agonía del eros, La sociedad de la transparencia, La sociedad del cansancio. Para lanzarme entre silencios verbales o rechinamientos ideológicos a mis vacíos y, por ende, encontrarle razones al pavor, las perplejidades y la muerte, ¿leo filósofos remotos o modernos? ¿Busco amparo existencial en Platón, Schopenhauer o Hegel? ¿Busco sosiego en Wittgenstein o Chul Han? ¿Me refugio en la filosofía, muchas veces cercana al lenguaje vacío, de Byung o lleno mis sentidos con la poesía de otro surcoreano llamado Ko Un? Ilusorio, un minucioso recorrido por la historia de la filosofía profundizando en la lucidez o el delirio de sus exponentes notables. No alcanzan los años. Ni la juventud ni la madurez. Toda una vida de esperanzadas lecturas, no alcanza para ahondar en un solo filósofo o uno solo de sus libros. Byung-Chul Han, con el exotismo propio de un asiático domesticado por la axiología alemana, enjuicia elementos de la civilización occidental sin recurrir para ello a sus raíces orientales. En Filosofía del budismo zen, considera que “es posible reflexionar de modo filosófico sobre un objeto que no implica ninguna filosofía en sentido estricto”. Para sustento de su discurso crítico, introduce las ideas de lo disincrónico como atomización y dispersión de lo temporal, desarrollándolas mediante reiteradas fusiones de citas y autores que, con académica idoneidad y sistematicidad, teje y entrecruza con provocador estilo. “El dígito se aproxima al falo”, afirma en su libro Psicopolítica.

Mi guerillero preferido


“Siento la existencia como una imposición en el mundo”, confiesa en sus diarios, donde soledad e incomprensión fueron temas recurrentes. Me lo presentó el historiador Yuval Harari, en su libro Homo Deus.

Si esperas identificar mis predisposiciones políticas, te engañaste con el título. No señalo personajes que admiras o desprecias, escribo sobre mi guerrillero predilecto: Aaron Swartz. Joven genio, mártir del dataísmo. Hacktivista suicida a sus 26 años de edad quien se ahorcó para evadirse de las inicuas presiones del FBI. A los tres años de edad, comenzó a leer por su cuenta y, antes de los 10, comenzó a programar. Escritor, wikimedista, informático teórico, estudioso de sociología. Desde adolescente, audaz activista político luchando hasta su prematura muerte para que el acceso al conocimiento en internet fuera un derecho humano, y no un monopolio de las corporaciones ni del estado. Tanto para inmigrantes como para nativos digitales, en particular quienes en internet buscamos información en lugar de frívolo entretenimiento, Aaron debe encumbrarse, por su vida e ideales, por lo inconfundible de sus empresas, como uno de los mayores mártires del siglo XXI en la democratización y libertades en los espacios de internet. Su imagen y realizaciones crecerán, multiplicándose en la medida que se conozca más sobre su vida y su muerte. Si te interesa este genio suicida, comienza viendo en YouTube El hijo de Internet, conmovedor filme sobre su vida, por Brian Knappenberger. Aarón decidió ahorcarse, incapaz de resistir sicológica, social, política y profesionalmente las atrabiliarias presiones que sobre sus actividades ejercieron el FBI, las empresas y aquellas corporaciones alegando sentirse afectadas por su acometedora actitud dentro de la Red. Swartz dio su nombre a un enérgico, sucinto documento conocido como Manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto, cuya redacción se atribuye a otras cuatro personas pero al que este joven, por su condición política, la sobresaliente imagen que había alcanzado y los nobles ideales que lo impulsaban, dio su nombre. Ningún internauta debe desconocer este incendiario documento. Aaron, con su revolucionaria visión de los derechos del individuo en el uso de internet, desafió en sus bases económicas al sistema, a todas aquellas insaciables empresas privadas o estatales que restringen, se apropian y lucran con la información que pertenece a todos. Dicho Manifiesto, la más sacra reivindicación del internauta del siglo XXI, fue publicada por Aaron a los 22 años de edad. “La información es poder. Pero como todo poder, hay quienes lo quieren mantener para sí mismos. La herencia científica y cultural del mundo completa publicada durante siglos en libros y revistas está siendo digitalizada y apresada en forma creciente por un manojo de corporaciones privadas”. Lloré por Aaron. Llorarás por Aaron. Llorarán los cíborgs, cavilando sobre el cumplimento de determinadas leyes.

Con Darío y Hans Urs


Minutos antes del fecundo encuentro leí y subrayé en el libro Filosofía del budismo zen, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, un elegante haiku de Basho, comentado por aquel.
Presagiaba el diálogo que acontecería en el café libro del escritor José Nodier Solórzano, La Casa: “El corazón deja que todo acontezca/hacia allí y hacia aquí,/como el sauce”. ¿Es el encuentro con determinados libros y autores, el que aviva el acercamiento entre personas semejantes? O por el contrario, ¿el diálogo entre personas afines sobreviene para que se nos revelen temas, libros y autores? Las aproximaciones son recíprocas mientras por ahí cerca, etéreo, el esotérico ángel de biblioteca sonríe con el encuentro por él propiciado. Me sucedió con Darío, a quien Carlos me presentó, luego de complacerse con varios mojitos, coctel preferido de Ernest Hemingway cuando entraba a La Bodeguita del medio, célebre bar de la vieja Habana. Darío, es decir, mi encuentro espiritual a través de sus palabras, con uno de los más trascendentales teólogos del siglo XX: Hans Urs von Balthasar. Mi repatriación mística al cristianismo, del cual he sido inmigrante, a través de la obra del pensador católico. Encuentros donde se materializan señales, sigilos y palabras con los libros y autores como puentes, hermanándonos en la información compartida. Este atardecer, ¿posiblemente alborada?, en La Casa, balsámico por la mezcla fragante del café y la aromática de yerbabuena. Diálogo informal no previsto, cargado de afectos literarios. Darío, presentándome a Urs. Yo, hablándole de Pachita, la asombrosa chamana de Méjico. Y de Jacobo Grinberg. Si Urs hubiese asistido a las curaciones de Pachita, habría observado en ella la presencia de Dios que vio también en su amiga la mística y visionaria Adrienne von Speyr. En las teorizaciones sobre Verdad, Bondad y Belleza como expresiones privilegiadas por Dios, que von Balthasar desarrolla en sus heterodoxos planteamientos teológicos, Pachita habría descubierto nuevas luces Crísticas iluminando sus virtudes chamánicas. No conocía yo a Urs, convocando aquí mis búsquedas interiores desde la reflexiva exposición de Darío. A Hans, sus contradictores le incriminaron por resaltar el aspecto seudomístico y ecuménico modernista. Von Balthasar afirmó: “La mirada goethiana debe ser aplicada al fenómeno de Jesús y a las convergencias de las teologías neotestamentarias”. Sublime idea, eje de su Teodramática. Le censuraron porque, al componer este los avances teológicos con categorías estéticas, filosóficas y dramáticas de diversas esferas contemporáneas, una facción retardataria de la iglesia católica consideraba su ecumenismo como apuesta de apostasía. Más atractiva se me hizo su teología al trazarme senderos donde la heterodoxia es brújula que me guía. A la manera de Buda, Urs recibió el llamado de su vocación bajo un árbol, en Selva Negra, Alemania, donde “Sentí el impacto de algo así como un relámpago”.

¿Lesbian chic?


Para leerme mejor, Caperucita, escucha el himno internacional de las lesbianas, Mujer contra mujer, de Ana Torroja: “Nada tienen de especial/dos mujeres que se dan la mano/el matiz viene después/cuando lo hacen por debajo del mantel”.
En la expresión pública de sus manifestaciones amatorias, las nuevas generaciones lésbicas rebasan las conductas de los varones homosexuales. No solo las butchs, lesbianas masculinas, sino las femeninas. Con simulada naturalidad chorreando desde las débiles corrientes de Yin que les circulan por su torrente sanguíneo, y desde lo más tórrido de su matriz hasta el marketing del sexo por las redes, o como transgresora moda para visibilizarse, son numerosas las jovencitas publicitando sus inclinaciones homoeróticas. Con sus preferencias sexuales activas o pasivas, flirtean, en actitudes que parecen retar al inigualable placer heterosexual, a la sociedad y sus modelos patriarcales o a los oscurantistas preceptos religiosos. No creo que, en alto porcentaje de ellas, tal actitud exhibicionista nazca de tomar conciencia de la homosexualidad femenina mediante el análisis de sus fundamentos sicológicos, biológicos, políticos o clínicos. Mucho menos -que les vendría bien para argüir sus inclinaciones- de estudiar obras por el estilo de Manifiesto contrasexual o El deseo homosexual, libros de la transgénero Paul Beatriz Preciado. Desde niñas de escuela hasta pomposas universitarias de lastimera condición intelectual, se entregan a tales escarceos sexuales. ¿Por qué no lo hacen los hombres, los sissies, o gais afeminados? Pocos varones homosexuales actúan con desenfado semejante. ¿Son más asustadizos, discretos o enclosetados que las mujeres? ¿Hay prejuicios entre estos, que las lesbianas han superado? Todos conocemos, y muchos disfrutan, una de las más generalizadas parafilias masculinas: observar dos mujeres practicando sexo. Tal vez, como secuela de dicha forma de voluptuosidad, incontables de las jovencitas que se exploran en un parque, o en un café, o caminan tomadas de la cintura frente a hombres y mujeres heterosexuales, solo desean lucirse, ejerciendo sin saberlo o a sabiendas, pautas propias del Lesbian Chic, concepto de marketing de la cultura pop que tanto influye sobre los milénicos. No me escandaliza el divertido fenómeno. Me induce a preguntar, ¿por qué razón las bolleras son menos temerosas que los gais, más directas mostrando en público sus inclinaciones? ¿Qué prejuicios tienen estos, que no los tienen ellas? ¿Nuestra sociedad es acaso más permisiva con las mujeres que con los hombres? ¿Son estas menos antiestéticas que los varones? ¿Es para nuestra sociedad más placentero y sugestivo ver un par de adolescentes mujeres besándose, que ver a dos baturros muchachos relamiendo sus lenguas? ¿Hay más elegancia en una pareja de ancianas mimándose y hablando de amor, que en un par de ancianos jurándose fidelidad eterna? Shakira y Rihanna, en el voluptuoso video Can´t Remember to Forget You, son ejemplo de ese teatral Lesbian Chic.

Caeiro: teólogo del paisaje


¿Crees en Dios? Lee entonces El guardador de rebaños. ¿No crees en Él? Entonces lee El guardador de rebaños.
Profundízalo si eres panteísta. O neopagano. O un poeta. O un lector de poesía. Encuentra en sus poemas, si eres caminante de montañas o paseante de tus interiores territorios, los paisajes del alma y de la tierra por donde reconoces, dentro de ti mismo, la magnitud humana de lo divino y la dimensión divina de lo humano, resaltadas por la poesía de Alberto Caeiro. Maestro zen: tan zen y maestro, que no fue maestro ni supo nunca nada del zen. Cada poema de este distintivo libro suyo, es versículo de una lúcida biblia pagana, de heterodoxa religiosidad no dogmática nunca escrita como tal por Caeiro.
El más luminoso libro de Pessoa, coreándome la soledad por veredas de mi región. Además de mis silencios y sobresaltos, que nunca concluyen por estos verdes caminos del Quindío, Dios, llámale así o no Lo evoques con nombre alguno, engalanado de naturaleza desde una mariposa, un geranio o un cedro irradiando poesía y vida, está presente en dicha obra de Alberto Caeiro de Silva. Sumario del más epicúreo panteísmo del que se tenga noticia en la poesía de los siglos recientes.
-¿Siempre va solo por el campo? -No, me acompaña Alberto, el guardador de rebaños. En cualquier sitio del camino, algún estambre o un viejo roble, me persuaden: -Si quieres comprendernos, abre el libro y escucha cuanto Caeiro te revela. Y lo abro entonces cabalísticamente, por cualquiera de sus páginas. Leo con estética religiosidad alguno de sus poemas, desde donde el joven visionario me explica: “El mundo no se hizo para pensar en él (pensar es estar enfermo de los ojos) sino para mirar hacia él y estar de acuerdo…”
Dentro de la fructuosa, casi mediumnímica producción de Fernando Pessoa, Caeiro, con el citado libro, cimienta el suceso literario más destacado de su heteronímico plectro poético. “Era el 8 de marzo de 1914, me acerqué a una cómoda alta, cogí papel y comencé a escribir de pie, que es como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis que no podría definir. Fue el día triunfal de mi vida y nunca volveré a tener otro igual.
Empecé con un título: El guardador de rebaños. De mí había surgido mi maestro”. Y el de los demás heterónimos, reconoce el poliédrico Pessoa al servir de canal para que se manifestara mediante su cuerpo, su cerebro y sus palabras, pero en particular con la afirmación literaria del sensacionismo, la voz y el espíritu panteístas más reveladores de altos misterios en la poesía universal: Alberto Caeiro: teólogo de la naturaleza: ontólogo del paisaje.

martes, 8 de mayo de 2018

Bliss no besaba en la boca




"...amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico..."


Josie Bliss, la voluptuosa joven birmana de piel oscura que acicalaba su cabello con hibiscos y alamandas, la siempre lúbrica Josie de anillos en los labios, quien inspiró con sus pasiones eróticos poemas a Neruda cuando este fue cónsul honorario en Rangún, Bliss, delirante remembranza de sexo derramado y mujer moldeada a su antojo por Pablo, en Residencia en la tierra, Extravagario y Memorial de Isla Negra, Josie, amorosa niña de Mandalay pronta para saltar, sin pudorosos estremecimientos, a pantera en celo, experta en lujuriosas técnicas ancestrales del tantra asiático y el budismo Theravada, todo lo consentía, las entradas de su cuerpo se hendían devoradoras, insaciables para Pablo, con la condición de que este no intentara besarla en la boca, golosa felatriz y maestra en el absorbente arte de adoratha, “nunca toleró que yo la besara, nunca permitió que yo posase mis labios sobre los suyos, o que mi lengua recorriese su hilera de dientes, o explorara el cofre de su boca, recuerdo la noche en que me dijo que yo podía disponer de su cuerpo, ocuparla incluso cuantas veces quisiera por su arrabal redondo y erguido, o desfogarme entre sus labios, si me placía, pero que no intentara besarla en la boca”, confiesa Neruda, que ha vivido y a quien luego de conocerle su actitud discriminatoria con su hidrocefálica hija Malva Marina, no doy fiabilidad en todo cuanto cuenta y canta, por ejemplo, los bosquejos poéticos que de Josie Bliss cinceló en los poemas a ella dedicados, lúbrica muchacha de Rangún tal vez no tan maligna ni obsesiva, ni tan criminal como la evoca el chileno, exteriorizando racismo y machismo cuando, refiriéndose a las birmanas, subraya, “las mujeres, material indispensable para el organismo, son de piel oscura, de un olor distinto”, prostitutas de Rangún que además de Bliss, se deslizaron por su lecho, “amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico”, jóvenes de sensualismo resuelto y complaciente, desbordadas, cuya menguada condición socio-económica las impulsaba a convertirse en efímeras amantes de banqueros, diplomáticos, comerciantes y empresarios británicos, con quienes buscaban alicientes de estabilidad y protección, como sostiene en su ensayo la socióloga Eda Cleary, honrando la imagen de Bliss, dejando en entredicho los ariscos retratos que Pablo bosquejó de Josie la cual, durante ocho meses, manejó con el mestizo latinoamericano energías sexuales que exigen a la mujer no dejarse besar la boca, labios relamiendo cualquier cálida y húmeda zona del cuerpo, menos este inmaculado territorio de tradiciones animistas donde la fusión de la boca masculina y la femenina, mezclando la inhalación y la exhalación, no estaban permitidas por razones de oscuro tantra.

Netflix, ¡oh, Netflix!



¿Sófocles? ¿Shakespeare? ¿Balzac? ¿Dostoievski? ¿Kafka?


Desde remotos dramas griegos induciéndonos a la catarsis descrita por Aristóteles, hasta las crudas novelas contemporáneas de autores que conmueven al lector con turbulentas pasiones de sus personajes, al compararlos en argumentos, temas y complejidad sicológica, en ambientación de territorios donde, desplegando sus fatalidades, convulsionan como símbolos sociales de épocas y culturas, ninguno de los citados autores tiene el potencial suficiente para trastornarnos con emociones contradictorias, como determinadas series de Netflix, la más prominente religión tecnológica del entretenimiento cinematográfico. Sus audaces equipos de trabajo saben qué deseamos. Qué tememos. Con qué y con quiénes nos identificamos, espectadores anhelantes de arquetipos desde dónde equilibrar nuestra insignificancia. Receptores de nihilismos desesperados frente a la pantalla, episodio tras episodio, fascinados por la ficcional belleza de dicha narrativa crossmedia. “Algunas teleseries han construido, capítulo a capítulo, auténticas bibliotecas de narrativa, poesía y ensayo”, expresa Jorge Carrión en su libro de obligatoria lectura, Teleshakespeare. Netflix emplea fórmulas efectivas para despertar individuos. O sumergir en gratas somnolencias a la masa cautiva de sus programas. Series que despiertan infrecuentes adicciones al empujarnos hacia la médula irracional del alma humana con sus horrores y virtudes. En la medida que incorporemos las series de Netflix en nuestra cotidianidad, adquirimos conciencia de algo más allá de lo rutinario. O nos zombificamos, peor que los especímenes en The Walking Dead, a la deriva por ciudades y montañas. Admiro y rechazo a Netflix cuando los personajes de sus series me enrollan en la sicológica gama de sensaciones, malestares y alegrías, contraponiéndome con filosofías que mientras en los libros son desdibujadas, aquí tienen cuerpos apetecibles, escenarios envidiables y pasiones seductoras. Considero a Netflix el más recursivo Think Thank de emociones del hombre contemporáneo, simiente de una nueva forma de ver y aceptar o rechazar el mundo. Conoce a fondo nuestras frustraciones. Parece una escuela esotérica cuyos ceremoniales son los medios de información. Series entrelazadas o independientes, conectándose entre ellas con propósitos conocidos solo por los grupos tras de sus magistrales propuestas. Netflix, culto transhumanista que congrega sus fieles en los templos del televisor, el celular o el computador, para hacernos parte del ceremonial. Netflix es perfección del control de las emociones humanas. Hago parte de esos millones de personas que dejan de hacer otras actividades por quedarse varias horas siguiendo episodios en una o más series determinadas. Todo lo tiene cuantificado, cualificado para socavar la sensibilidad del ser humano. Cualquier manipulación de la sociedad, tiene mapas precisos en Netflix. Sus atractivas propuestas de alta calidad en fotografía, con referencias políticas, artísticas, sociológicas y científicas, sin descontar las históricas, son capaces de detenerle a uno la lectura de cualquier libro. Netflix, sendero visual hacia otras dimensiones del conocimiento moderno.

Parecer bien



Por donde uno vaya o donde uno esté siempre hay que parecer bien. Parecerle bien a los demás, aunque no sepamos quiénes son los demás y lleguen y desaparezcan. Hay que parecer bien con los zapatos que calzas, con los tatuajes que cargas, con la forma de peinarte y gesticular. 


Parecer bien con los lugares donde entras a tomar un café o almorzar, y a descansar del esfuerzo que haces por parecer bien con el automóvil que compraste, o el sitio donde te hacen la manicure. Debes parecer bien con la forma de mover el culo al caminar, despreciando a los demás pero esperando que te aprecien. Con las marcas de tus camisas o tus blusas. Debes parecer bien con los libros que lees y los autores que prefieres y nombras a quienes no leen. Con la música que escuchas. Con la manera de opinar sobre los sucesos del día en tu pueblo y las noticias internacionales. No importa lo que en realidad eres, siempre hay que parecer bien en los actos públicos, en el odioso lugar donde trabajas, ante tus jefes y subalternos. Hay que parecer bien ante tus hijos, tu esposa y tu amante. Hay que parecer siempre bien a otros, quienes también, desde por la mañana hasta el anochecer, se desviven por parecer bien perfumándose, haciéndose los indolentes, creyéndose los más elegantes, sintiéndose los más hermosos, pensándose los triunfadores los elegidos los doctorados los de alta clase social los espirituales los vegetarianos los inteligentes políticos los salvados por Dios. Por donde uno vaya y sin saber por qué, parece que siempre hay que parecer bien, sentados o caminando, aprisa o despacio. Nadie quiere parecer mal ante los deformes, los feos o los ignorantes. No parecer mal a quienes parecen haber nacido solo para estorbar, para que quienes siempre buscan parecer bien, contrasten lo bien que parecen al lado de aquellos. Todos queremos parecer bien, aunque día tras día estemos peor con el tipo de gente que nos rodea. Y hay tantos, tan insensatos, tan torpes, que siguen queriendo parecer bien con cuanto en el pasado intentaron parecer bien, haciendo parte de grupos ecológicos, políticos, culturales, religiosos, deportivos, esotéricos, donde parecer bien frente a los otros creyéndose de mejores familias, sintiéndose más inteligentes, es lo único que importa. Parecer bien, aunque por la noche lleguen a sus miserables alcobas y se derrumben en la soledad de sus camas, donde intentarán dormir cansados de parecer bien. En sueños intentarán seguir pareciendo bien. Y ya muerto, alguno por compasión hacia ese individuo que siempre quiso parecer bien, querrá que el cadáver parezca bien. (Cali, junio 16 de 2017. Hotel Nevada, al amanecer, riñendo bajo la lluvia con Bukowski en su libro Ruiseñor, deséame suerte).

domingo, 22 de octubre de 2017

Los poemas de Nietzsche por Umberto Senegal

Los poemas de Nietzsche


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"Total percepción del instante. Filosofía zen que no imaginamos en el creador de Zaratustra".



Dice Friedrich en uno de ellos: “Solo soy un creador de palabras: /¿qué importan las palabras? / ¿qué importo yo?”. Poemas lacónicos la mayor parte.
Lapidarios en sus enunciados de riguroso conceptualismo donde poeta y filósofo no se rechazan, pero este preanuncia su mensaje vital. Y señala en otro: “Restos de estrellas:/de estos restos formo mi mundo”. El primero, con tres versos. El segundo, con dos. Y este de uno solo, como para reflexionar dónde comienza y termina la poesía y dónde es lúcida o se torna irracional la filosofía: “Una taberna junto a cada tienda”. Nietzsche, poeta de estrofas y versos circunscritos a la corriente postromántica quien participando, a sabiendas o no, de temas, ideas y estética del simbolismo de libre versificación, intenciones metafísicas y el lenguaje como instrumento cognoscitivo, tiene entre sus poemas este, que es un haiku perfecto, con sus tres líneas y objetiva descripción, aunque el filósofo nunca se aproximó a tal forma poética nipona: “Un cansado viajero,/al que recibe un perro/con recio ladrido”. Total percepción del instante. Filosofía zen que no imaginamos en el creador de Zaratustra.
Este volumen con la poesía completa del filósofo alemán, traducido y prologado por Laureano Pérez Latorre, reúne de manera minuciosa y sistemática todos los poemas escritos como tales por Nietzsche, desde sus 25 años de edad hasta los 44. Gran parte de estos, axiomáticos. De hermética forma y contenido, adoptando el tenue ropaje del aforismo para presentarse más desnudos. Se autocuestiona como poeta: “Mientras hacía versos a brincos /¡epa! de estrofa en estrofa, /di en reír y reír de improviso, /y me duró un cuarto de hora. /¿Tú, un poeta? ¿Tú, un poeta? / ¿Tan mal te funciona el seso? / “Sí, señor, usted es un poeta” /, respinga el picamadero”.
Recorrido vital por la estética y filosofía del Nietzsche demasiado humano, confesando en uno de dichos textos: “Ved al niño entre gruñidos de cerdos, /desamparado, encogidos los pies. /Tan solo le salen lloros sin cuento, /¿sabrá erguirse y andar alguna vez?”. Poemas llenos de interrogantes. En la medida que el filósofo ajusta su enfoque del mundo, decrecen el tono y las palabras del poeta sin que por ello lo lírico, como tal, deje de cumplir su intención literaria.
En cada verso, estrofa y poema, se gestaba la dionisiaca música discursiva de Zaratustra, plena de tropos y figuras literarias en rica mezcla de arcaísmos, etimologías y rimas de reconocida riqueza dialectal. ¿Dónde clasificar, por ejemplo, este chirriador final de estrofa, entre jitanjáfora y borborigma?: “¡Pitas, titas, /pi, pi, pi; / titas, pitas, /pi!”. ¿Presentía Friedrich su desvarío, como aquella tarde cuando junto al mar gritó iracundo, utilizando voces análogas para increparle por su bramido a las olas? Hay que leer al poeta lacerado, para entender mejor al filósofo, Ecce homo fundido entre palabras con lodo y relámpagos.

Lejos de Roma por Umberto Senegal

Lejos de Roma

 "De muchas maneras, todos estamos distantes de la Roma metafórica, exiliados en esta vida y este mundo".

Título de uno de los más seductores libros del narrador colombiano Pablo Montoya, donde compartimos el exilio al cual fue sometido el poeta Ovidio, desterrado de Roma por orden del emperador Augusto. “Llegar a Tomos es como llegar a la morada de la muerte”. “He llegado a Tomos, puerto del espanto”. Tristes, tituló sus desconsolados cinco libros de elegías, caminando desengañado de su sociedad, de la vida y la poesía. En la tribulación del exilio, abrupto sendero hacia el olvido, sin eludir el pesimismo que se le convierte en continuas alucinaciones, Publio escribe sus poemas en la playa. Sobre la arena.
Sus lectores son los cangrejos que, una y otra vez, pasan en entrecruzadas direcciones sobre sus versos en latín. De las más consistentes y hermosas novelas breves publicadas en Colombia. Lenguaje, fondos, personajes y trama que refinan la actual atmósfera narrativa colombiana infectada de frivolidades y desproporciones, son los sentimientos de Pablo-Publio en equilibrada simbiosis de poesía y filosofía, buscando respuestas en aquella época remota, que sean legítimas para gente de la nuestra, desplazada de su tierra y víctima de atrabiliarias formas de poder. Varios personajes afloran con resumido vigor para afirmar el destino de Ovidio, lejos de Roma, imaginado por Montoya, quien se desplaza libre por su novela, sin eruditos soportes históricos. Esta obra no pretende, por fortuna, convertirse en arqueológico vestigio de museo ficcional. Presenta al poeta, Ovidio el hombre humillado quien por culpa de su obra y sus ideas, en contradicción con las del emperador, es expatriado.
A lo largo de la trama, la noveleta está impregnada por la desacralización de las nociones políticas, sociales y religiosas de patria, componente ideológico reiterado en toda la obra de Montoya. Su destilada prosa poética, radiante y cadenciosa, permite observar tonalidades formales de cuanto resalta: personas, objetos, ideas, datos precisos, la imaginación del autor desplazándose subjetivo por rincones reales o ficticios de Tomos, moviéndose por su superficie como fantasma pronto a esfumarse. Esteticismo poético y narrativo de rigurosa factura, porque Pablo no expresa solo lo bello sino también lo metafísico que surge de la confrontación con el aislamiento, el abandono, la melancolía por lo perdido y la carencia de interlocutores para compartir el sentimiento de lo poético.
De muchas maneras, todos estamos distantes de la Roma metafórica, exiliados en esta vida y este mundo. Auscultando afinaciones narrativas poco frecuentes entre los nuevos narradores colombianos, lenguaje e ideas de la novela se nivelan y articulan con precisión. Su melodioso uso del punto seguido, es primordial factor de estilo que alcanza magistrales niveles de expresión literaria. Novela atípica dentro de la actual narrativa colombiana, extenuada temáticamente por las burdas orientaciones proficientes de algunas editoriales, esta es otra forma de percibir la historia y relatarla.

Ecobachaco de Peñas Blancas por Umberto Senegal

Opinión / Octubre 21 de 2017 / 3 Comentarios

Ecobachaco de Peñas Blancas

"...Dos ojos blancos pintados en el exterior, en torno a las circulares ventanas..."



En uno de sus poemas, escribió el santo Milarepa: “No hagas nada con el cuerpo, excepto relajarte; cierra firme la boca, observa silencio, vacía tu mente y no pienses en nada. Afloja tu cuerpo como bambú hueco y desahógate”. Lugar exclusivo para esto: el original ecobachaco de Peñas blancas. En la noche, si duermes; o durante el día, si lo aprovechas para alguna aislada práctica de interiorización y sosegado encuentro contigo mismo, dentro del circular ámbito construido con tierra en el Ecoparque Peñas blancas, solo te acompañarán cuatro alegóricas ranas de los grabados de Grass, coloreadas sobre la redonda pared del recinto. Dos pequeñas ventanas, también circulares, te relacionan con el paisaje. Por una de ellas, adviertes en la distancia a Calarcá y Armenia. Dos ojos blancos pintados en el exterior, en torno a las circulares ventanas. La construcción, a prudente distancia de la vivienda principal tiene al fondo la sacra presencia de las históricas e imponentes Peñas Blancas. Relajado dentro de esta habitación para una persona o máximo dos, la serenidad interior no es abstracta idea mística, religiosa o esotérica. Es sensorial presencia física para vaciar tu mente y transmutarte en el bambú hueco que señala Milarepa. Cuanto no vislumbras coreando mantras, balbuceando oraciones, visitando al psiquiatra, usando antidepresivos o consumiendo plantas enteógenas, ni intuyes leyendo significativos textos taoístas, sufíes o budistas, podrás experimentarlo allí, solo, sin luces, dentro del acogedor ecobachaco. Acompañado únicamente por el terco flujo de tus pensamientos. Hacia el atractivo sitio, sales desde La Virginia, en Calarcá, por un camino que puede transformarse, al ascender hasta  allí, en tu Camino de Santiago. Novedoso en su apariencia, este punto para la contemplación, enclavado entre árboles y silencio, amparado tras de sí por la energética presencia de Peñas Blancas, irradia el positivo encanto precolombino de Nacuco y Locomboo, deidades pijao. Si deseas, puedes acompañarte de una lámpara solar. Su original forma permite convertirte, allí dentro, en beneficiario de la energía montañosa y rocosa, conectándote con chamánicos voltajes de energía que fluyen pródigos del interior de las peñas. En esta matriz terrosa, tienes la certidumbre de haber hallado el sitio para expulsar tus pensamientos, tu desconsuelo con el mundo y tu desasosiego. Tal construcción, idea del infatigable apacentador de árboles propietario del citado Ecoparque, Javier Salazar, recibió el Premio Alianzas para la innovación, de Colciencias y Confecámaras 2017, por su propuesta como construcción exótica, artesanal, ancestral y natural. Con tan austero y fascinante recinto del silencio, como no existen dos en Colombia, el Quindío tiene uno de los más singulares atractivos para personas que buscan sitios de recogimiento interior, lejos de la ciudad. Receptáculo material del silencio y la soledad donde cada uno experimentará sus realidades o fantasías internas.

lunes, 25 de septiembre de 2017

EN UN LUGAR DEL EROTISMO. Umberto Senegal

EN UN LUGAR DEL EROTISMO
Umberto Senegal

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Para algunos pocos diletantes del placer y delicatessen de la eroticidad, lo fascinante del sexo converge en el principio y el desenlace del acto sexual. Cuanto sucede entre tales extremos, es la predecible fase brutal del encuentro, invariable en su instintivo desenfreno. La energía trepidando en este momento, es diferente. Lo erótico se evidencia en las pulsaciones del preludio: palabras, fragancias, agitaciones, humedades y caricias. Y en estremecimientos del desenlace, donde a los protagonistas de tan sutil variedad erótica les aflora cuanto a la mayoría les languidece en sus encuentros. Nuevas sensaciones. Acrisolados tanteos del propio cuerpo y del ajeno. Para incontables individuos, dicho acto se apretuja en el agotamiento de cuanto sucede entre el comienzo y el final, donde la pareja resbala sin imaginación. Jadeante. Urgida entre el pulposo remolino de carne. Ahí termina el precipitado éxodo material por los rincones del cuerpo. De aquí  los tristes finales de uno y otro. Animal post coitum triste, dogmatiza el axioma. Les sucede esto porque, al no extender el tiempo del preámbulo y no saber cómo llegar más allá del lapso final, cuanto practican en el intermedio no trasciende las características del rudo apareamiento. Sus reacciones orgánicas no son diferentes a las de cerdos, gallos, ratas o perros. Es la actitud erótica de la pareja, pero en particular de la mujer como seductora, el componente que aporta categorías de mayor intensidad al encuentro sexual. Lo erótico, con sus mixtos niveles de posesión y entrega, jamás va a presentarse durante ese intermedio donde la carne hurga solo carne; donde el torbellino de fuego consume lo poético y sugerente del sexo. Tantra auténtico es conocer, mujer y hombre, las posibilidades de extender al máximo el preámbulo, hacia el centro. Y luego desplegar este centro al máximo, después del final.  Las adeptas de Safo conocen más de estos preámbulos que los fogosos nietos de Sileno. Ni una pareja de mariposas copulando, ni un par de hipopótamos apareándose, por atractivos que puedan ser, tendrán características eróticas. El ser humano, con acceso a este nivel de la sexualidad, no disfruta sin embargo dichos potenciales de energía. Hombres y mujeres ignoran que la genitalidad femenina se extiende por todo su cuerpo. Las zonas de carne y placer pueden dilatarse hasta el ámbito sentimental. En el tao del sexo y el tantra de la vía izquierda, Vama Marga, las situaciones eróticas de absorbente seducción ponen al eros mutuo en evidencia. Al hecho de la mujer subir su ropa y  mostrar la parte más reservada de su cuerpo, en Grecia antigua se le llamaba anasurma. En este intermedio, la pareja pierde lucidez al acrecentarse la materialidad. Solo se requiere disfrutar el cuerpo del otro no como meta sino como medio. 

LOS HAIKUS DE LAURA. Umberto Senegal

LOS HAIKUS DE LAURA
Umberto Senegal

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En algún distante pasado de sus lecturas como poeta, Laura Victoria Gallego se encontró con el haiku. Se observaron. Se sintieron afines de alguna manera. Y sin preguntarse mucho el uno por el otro, durante algún tiempo compartieron la obvia y profunda presencia del mundo. Sin historias literarias de por medio. La suya fue una concurrencia tan significativa, tan determinante no solo para su vida sino para la forma de escribir su poesía, que sin inflexibilidades métricas exigidas por la ortodoxia de tal poema pero intuyendo cuanto el haiku como filosofía de la vida revela del propio ser y cuanto a este le rodea, Laura lo adoptó estéticamente, con la certeza de haber hallado en su camino literario una forma de vivir, pensar y sentir, de confrontar la presencia el mundo con sus eventos concretos y pasajeros,  que no se las proporcionaban otros géneros poéticos propios de la lengua castellana. Lo adoptó como expresión literaria de temas, pensamientos, ideas, silencios, alegrías o tristezas que no podía ni quería manifestar con otras formas poéticas tradicionales.Y fueron amigos y confidentes durante algún tiempo. No fue un encuentro fortuito ni superficial. Luego de varios años, sin despedidas ni rupturas, por naturales ajetreos de la vida y exigencias ajenas a lo poético, cada quien siguió por su camino. A todos nos sucede algo similar tan pronto, en esta sencilla estrofa, intuimos y nos conmueven universos que ignorábamos. “También puedo escribir centenares de estos poemas”, dicen muchos. Una de las misteriosas cualidades del haiku: hacer sentir poeta a quien lo lee. Comunicarle un infrecuente sentimiento poético, religioso o filosófico que surge de aquello que en apariencia no contiene rasgos estéticos. Sin embargo, en Laura Victoria su encuentro pretérito con el haiku, donde escribió muchos de estos, sembró imperecederas semillas de aquella paz interior, sosiego contemplativo del espíritu y los sentidos, para vivir el mundo con más proximidad y autenticidad, entre la serena sencillez que solo un encuentro lúcido con el haiku puede proporcionarle a la persona. Bassui se iluminó cuando escuchó correr el agua de un riachuelo. Dicen las escrituras zen: “Cuando un hombre sencillo adquiere conocimiento, se hace sabio. Cuando un sabio adquiere comprensión, se hace sencillo”. Esta pintora y poetisa quindiana desentraña, con el transcurso de los años y su reencuentro con el haiku, otros niveles de sus vivencias poéticas. Laura escucha a diario cuanto por el mundo le habla, le susurra o se silencia, dejándole ver la majestuosa sencillez de lo real. Remolinos de pétalos. Más de un centenar de gráciles haikus, momentos de éxtasis, contemplación estética de aquello que parece trivial o insulso; paz y alegría existencial ceñidas a los tres versos, a la brevedad e ineludible sugerencia de dichos poemas.



PÁJARO DE PIEDRA: BIBIANA BERNAL. Umberto Senegal

PÁJARO DE PIEDRA: BIBIANA BERNAL
Umberto Senegal

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 “Quizá hay un ave, un canto y una mujer/diferentes cada día,/y solo la oscuridad se repite”. La distancia menos desgarrada entre muerte y vida es el recuerdo. Remotas o aledañas, las evocaciones están más cerca de aquella que de la vida. Por eso lastiman. Mortifican en el cuerpo y desesperan el alma. Donde las encontremos, como poetas o lectores de poesía, ellas prefieren los vacíos. Y es aquí donde las encuentra y de donde las desarraiga Bibiana Bernal, la más representativa, activa y trascendente de las nuevas escritoras quindianas, para enseñarnos la naturaleza de sus cantos. De sus silencios. Como se deslizan los vuelos de unos y otros por este consistente libro, Pájaro de piedra, premio de poesía Gobernación del Quindío, 2016. Sin aire. Sin nubes. Pero pájaro libre, sus remembranzas con otros horizontes. ¿El nido donde reposan dichas aves? Un libro de poesía como este, de meticuloso lenguaje y depurada arquitectura formal. Íntimo en sus evocaciones melancólicas, pero capitulando con cuanto observó H.G. Gadamer respecto a la poesía de Hölderlin y Stefan George: “El Yo poético no es, como se suele creer, el Yo del poeta, sino, casi siempre, ese Yo común de cada uno de nosotros”. Congoja en la búsqueda de la expresión literaria mediante el recuerdo, la palabra, y la conciencia del presente: “Se muere tantas veces,/se acumula tanta muerte,/se olvidan los alumbramientos”. Un poema o un verso, o el conexo conjunto de 38 breves textos de orfebrería minuciosa donde cada evocación y momento presente son aleteos sicológicos y filosóficos de dicha ave en vuelo por este profundo libro, hacen del poemario uno de las más consolidados dentro de la nueva poesía regional. A lo largo de sus poemas, es diálogo revelador de las incertidumbres metafísicas de la autora. O del lector que sabe escucharla. Hay que caminar por sus poemas como se camina bajo árboles que dejan caer sus hojas sobre nosotros. Tal vez por esto los textos que comprenden el componente Tierra, son mayoría. Niñez y adolescencia de la autora, asoman cautelosas exponiendo desgarraduras de su alma, sus vivencias familiares y amorosas con velados erotismos no exentos de infortunio y pesadumbre. Concluimos la lectura del libro y la poetisa no se va. Sigue junto a otros poetas. Su  voz literaria,  siempre al nivel de sus lecturas de célebres autores universales, conversando con ellos en cafés donde se sienta a corregir un poema o a leer una noveleta. A bosquejar el sitio por donde vuelan délficas aves de piedra, fuego, tierra o agua, abandonando los espacios de la metáfora y transfigurándose en fatalidades de su vida cotidiana. En el fondo de sus poemas y sus saudades, Empty Space Dance, de Balanescu Quartet.