martes, 21 de febrero de 2012

EL ABRIGO






La primera semana el personal de la oficina fue incapaz de reprimir comentarios acerca de su abrigo. Había cumplido la solicitud para cubrir esa vacante. No encontró motivos para convertirse en el centro de atracción de los empleados, del gerente y de cuantos allí llegaban. Es un regalo de mi hermana, lo heredé con la promesa de no arrancarle los botones de madera, murmuraba aunque ninguno prestara atención a sus balbuceos y a sabiendas de nunca haber tenido una hermana.

Un mes más tarde su abrigo no atraía el interés de nadie. Descansó de las miradas inquisidoras y los gestos burlones. En su apartamento el ritual de la comida se acentuaba cada día. Al llegar a la alcoba se despojaba del abrigo, extendiéndolo sobre una cuerda de cabuya para no mancharlo. Apagaba la luz y sentándose en el suelo esperaba en silencio, una, dos horas a lo sumo. Con un poco de compasión por su apetito, hermanados en la soledad, no era necesario aguzar el oído para escucharla salir del sifón.

Mientras la rata olisqueaba nerviosa, desabotonaba su camisa. Alguna vez imaginó ser él quien salía de la alcantarilla y la rata la que esperaba sentada, con el abrigo chorreando agua, ansiosa por contarle que la señorita Virgelina, de contabilidad, se esforzaba menos cada día por ocultar su embarazo. Daba vueltas en torno suyo, subiendo siempre por la pierna derecha. Roía en diferentes partes del cuerpo. No la veía. Le bastaba saber que era el ser más allegado. Los primeros días, luego de vencer la repugnancia y el temor, pensó que podría enamorarse de ella, pero rechazó tal fantasía seguro de que tan pronto le pagaran su primer salario, abandonaría esa miserable buhardilla. En otra ocasión, para que lo escuchara hablar quien se detuvo un instante tras la puerta de su cuarto, cuando la escuchó salir del sifón dijo, casi gritando: “¡Eres tú, mamá! Estoy feliz con tu visita. Si te quedas, llegaré mañana cinco minutos tarde al trabajo”.

Por su peso sobre el hombro y la lentitud con que roía el lóbulo de la oreja izquierda, dedujo que había engordado. Cada vez se llevaba una porción mayor de su cuerpo. Nadie lo advertía en la oficina. Por eso resolvió asistir al trabajo sin el abrigo, atento a las menores reacciones de sus compañeros. Tal vez alguien viera las dentelladas y preguntara, por cortesía, respecto a lo poco que restaba de su cuerpo. Su amigo, el poeta José Corrales, le envió de Nueva York la Antología de poetas cubanos, que Felipe Lázaro compiló para la Editorial Betania, de Madrid. Allí encontró el retrato de su compañera, escrito por Jorge Valls. Lo escribió con letra menuda y lo llevó a la oficina, confiando en que, al leerlo, cualquiera de los empleados opinara algo que le permitiera descubrir algún indicio.

Venía del estiércol
trepando por un chorro de orina;
su cara tersa y mojada,
sus ojos aterradamente viles.
Vino del caño de la letrina;
corría endiabladamente de las muertes
que habitaban el palo y las entrañas.
Una salpicadura miserable
me ofendía las piernas.
Luego, un susto me contrajo la carne.
Saltó y huyó, la cola larga y calva,
el bigote asqueroso,
mucilaginoso,
Yo no quise matarla porque estaba viva,
y era mi hermana,
lo que más se me parece,
mi hermana la rata,
que se perdió de un brinco
en el vientre abierto de la cloaca.

Ninguno notó la falta de su abrigo y aunque leyeron el poema aparentaron indiferencia. Simularon no comprender nada. Aquella mañana todos llegaron cubiertos con amplios y gruesos abrigos. Llovía desde la madrugada.

Comprendió por qué en esa sección solicitaban con frecuencia nuevo personal. Por la noche llegó a su habitación más temprano que de costumbre. Nervioso por el trabajo inconcluso en la oficina, se acostó junto al sifón, pensando en el día siguiente cuando no llegara a ocupar su lugar frente a los demás empleados, recordando el aviso a la entrada, al cual nunca prestó atención, ahora lleno de significados al sentir el bigote mucilaginoso por su cuello y el fétido aliento causándole náuseas al confundirse con el suyo: Se necesita empleado con abrigo.

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