sábado, 27 de diciembre de 2014

UMBERTO SENEGAL




EL  ABRIGO





La primera semana el personal de la oficina fue incapaz de reprimir comentarios acerca de su abrigo. Había cumplido la solicitud para cubrir esa vacante. No encontró motivos para convertirse en el centro de atracción de los empleados, del gerente y cuantos allí llegaban. “Es un regalo de mi hermana, lo heredé con la promesa de no arrancarle los botones de madera”, murmuraba aunque ninguno prestara atención a sus balbuceos y a sabiendas de nunca haber tenido una hermana.

Un mes más tarde, su abrigo no atraía el interés de nadie. Descansó de las miradas interrogantes y las bocas burlonas. En su apartamento el ritual de la comida se acentuaba cada día, al llegar a la alcoba se despojaba del abrigo extendiéndolo sobre una cuerda de cabuya para no mancharlo. Apagaba la luz y sentándose en el suelo esperaba en silencio. Una, dos horas a lo sumo. Con un poco de compasión por su apetito, hermanados en la soledad no era necesario aguzar el oído para escucharla salir del sifón. Mientras la rata olisqueaba nerviosa, el desabotonaba su camisa.

Alguna vez imaginó ser él quien salía de la alcantarilla y la rata quien esperaba allí sentada, con el abrigo chorreando agua, ansiosa por contarle que la señorita Virgelina, de contabilidad, se esforzaba menos cada día por ocultar su embarazo. Daba vueltas en torno suyo, subiendo siempre por la pierna derecha. Roía en diferentes partes del cuerpo. No la veía. Le bastaba saber que era el ser más allegado a él. Los primeros días, luego de vencer la repugnancia y el temor, pensó que podría enamorarse de ella pero rechazó tal fantasía seguro de que tan pronto le pagaran su primer su primer salario, abandonaría esa miserable buahardilla. En otra ocasión, para que los escuchara hablar se detuvo un instante tras la puerta de su cuarto, cuando la escuchó salir del sifón dijo casi gritando: “¡Eres tú, mamá! ¿Mamá, eres tú? Estoy feliz con tu visita y si te quedas me atreveré a llegar mañana cinco minutos tarde al trabajo”.


Por su peso sobre el hombro y por la lentitud con que roía el lóbulo de la oreja izquierda, dedujo que había engordado. Cada vez se llevaba una porción mayor de su cuerpo. Nadie lo advertía en la oficina. Por eso resolvió asistir al trabajo sin el abrigo, atento a las menores reacciones de sus compañeros. Tal vez alguien viera las dentelladas y preguntara por cortesía, respecto a los poco que restaba de su cuerpo. Su amigo, el poeta José Corrales, le envió de Nueva York la antología de poetas cubanos que Felipe Lázaro cumplió para la Editorial Betania, de Madrid. Allí encontró el retrato de su compañera, escrito por Jorge Valls. Lo escribió con su letra menuda y lo llevó a la oficina, esperanzado en que al leerlo alguno de los empleados opinara algo que le permitiera descubrir algún indicio.


Venía del estiércol
trepando por un chorro de orina;
su cara tersa y mojada,
sus ojos aterradamente viles.
Vino del caño de la letrina;
corría endiabladamente de las muertes
que habitaban el palo y las entrañas.
Una salpicadura miserable
me ofendía las piernas.
Luego un susto me contrajo la carne.
Saltó y huyó, la cola larga y calva, el bigote asqueroso,
mucilaginoso,
Yo no quise matarla porque estaba viva,
y era mi hermana,
lo que más se me parece,
mi hermana la rata,
que se perdió de un brinco
en el vientre abierto de la cloaca.



Ninguno notó la falta de su abrigo. Y aunque leyeron el poema, aparentaron indiferencia. Simularon no comprender nada. Aquella mañana…todos llegaron cubiertos con amplios y gruesos abrigos semejantes al del hombre. Llovía desde la madrugada.


Comprendió por qué en esa sección solicitaban con frecuencia nuevo personal. Por la noche llegó a su habitación más temprano que de costumbre. Nervioso por el trabajo inconcluso en la oficina se acostó junto al sifón, pensando en el día siguiente cuando no llegara a ocupar su lugar frente a los demás empleados recordando el aviso a la entrada, al cual nunca prestó atención y que ahora se llenaba de significados al sentir el bigote mucilaginoso por su cuello, y el fétido aliento  causándole náuseas al confundirse con el suyo: “Se necesita empleado con abrigo”.

UMBERTO SENEGAL


                          



LA CIUDAD DE LOS SAUCES




Están juntos en la ciudad. Aunque comparten calles o alcobas, son desmesuradas las distancias entre ellos; lejanías que no se recorren asistiendo a la misma iglesia. De pronto, un saludo. Lo obvio de un saludo rutinario para acortar distancias entre seres semejantes, pero distintos, es la única opción.


Desde la madrugada hasta el anochecer, caminan unos junto a otros, mirándose de soslayo, con un tratamiento igual al que sostenían los lugareños antes de ellos llegar. Soportan esas pequeñas diferencias que, con el transcurso de su estadía nunca anunciada, dan a la ciudad  atmósfera de melancolía que nadie soporta.


Aunque los foráneos imitan gestos y costumbres, nada de la ciudad les pertenece. Ni los árboles. Ni los perros callejeros. Nada, aunque lo utilicen todo con desespero. Arraigan en cualquier hogar. Corren tras los perros en imposibles movimientos de ballet clásico. Están sobre los árboles, quietos en las ramas y mimetizados entre flores, o en el suelo, revestidos con hojas secas y quebradizas como ellos.


¿Qué buscan en este lugar?  Los niños son los únicos que no se mortifican con tales visitantes, ni se escandalizan con sus extravagancias, tácito acuerdo de tolerancia entre ambos. Cualquiera pensar que aquellos no ven a los visitantes y estos tampoco sospechan la existencia de niños en la dudad. Sucesos como el de la mañana cuando las calles amanecieron con rayuelas, centenares de rayuelas  pintadas sobre el pavimento,  en andenes y parques. Sólo respetaron predios aledaños al museo. Los niños se inculparon para encubrir a los autores del entramado, que fueron los visitantes. ¿Quiénes más? Los niños protrestaron, mostrando sus manos pintadas de verde, rojo, azul y negro, colores de las rayuelas. Sus pantalones y camisas con manchas de pintura. Chisguetes en las mejillas. Argumentos válidos en apariencia, si no hubieran estado los visitantes, sobre quienes recayó la culpa aunque ninguno dijo nada.



—¿Usted los vio, Marcela? -preguntó la profesora a la niña.

—Mi mamá también -dijo ella.

—¿Muchos? -miró por la ventana.

—Están por todas partes -aseguró la niña.

—¿Cuántos, Marcela?

—¿Cuántos alumnos hay en la escuela, profe?

—Ochocientos seis con usted.

— Entonces hay el triple -dedujo la niña.

—¿Quién le rasgó el bolsillo de su camiseta?

—    Son inofensivos: llegan por el aire.

—¿Por el aire?

—Como caen las hojas.

—¿Como caen las hojas?

—Y caminan hacia donde olfatean gente.

—¿Caminan? -se sorprendió la profesora.

— Eso parece.

—¿Como nosotros?

— Parecido.

— ¿Así como yo? -saltó por el salón, derribando sillas.

—Cuando se trasladan son viento suave y perfuman por donde pasan.

—Si son inofensivos, ¿por qué entró corriendo al salón?

—Para anunciar su visita. Así fue en la otra escuela.

—¿En la otra?

—En todas. Anunciaron su llegada. Cuando nos sentamos en silencio, aparecieron por todos los lugares, como hormigas.


     
     Llegan a casas y apartamentos, porque sus moradores se obsesionan por vender cualquier cosa. No compran. Ninguno compra durante las interminables jornadas en que los visitantes se sientan en la sala, contemplando un jarrón o cualquier objeto a su alcance. Su obsceno jadeo exalta al más indiferente. También se sientan en las camas a peinar sus largas cabelleras. Jadean y uno piensa: “Ya viene el rechazo”. “Van a revelar mis secretos”. “Me condenarán sin remedio”. “Lo saben todo y por eso nada dicen». Uno lo piensa y se atemonza mucho, pero nunca sucede nada. Son jueces en total silencio, excepto por su esporádico jadeo.


     A la casa de Clodomiro llegaron varios, porque él salió a ofrecer la licuadora queheredó de su madre. No es fácil soportar a un amigo insistiendo durante un mes para que le compremos su vieja licuadora. También a la casa de Mardoqueo. Hombre insensible, Mardoqueo aparece en cualquier lugar con varios volúmenes de (as obras completas de Gustav Meyrink, ofreciéndolos a precios irrisorios. Nadie compra. La obsesión, desde cuando llegaron los visitantes, es por vender. Estaban en la biblioteca de Mardoqueo y eran tres. Al bailar cogidos por la cintura, parecían seis.


     En la Casa de la cultura, Griselda, recién llegada de Francia, suplicó durante cuarenta días que compraran el sombrero que le regaló la novelista Amélie Nothomb. “Huele a Nothomb”, vociferaba Griselda con el sombrero en alto para resaltar las cualidades de tal prenda. “Huele a Nothomb”. Y entre el perfume de los visitantes, se expandía el olor a manzana podrida, a cereza podrida, a guayaba agria en descomposición.




— ¿Qué sucedió con el sombrero?

—Se lo quitaron.

— ¿Los de la ciudad?

— No, ellos.

— No han sido violentos, sólo curiosos.

— Se lo arrebataron a Griselda cuando entró a la oficina.

— ¡Pobre Griselda! Admira mucho a Nothomb.

— Ese sombrero era su fetiche desde cuando llegó de 
Francia.

— Uno de ellos lo lleva puesto.

— ¿Se los viste?

— Esta mañana, en el bus de La colina.

— Debe ser otro lector de Amélie. ¿Ellos leen?

—Parece que sí. A varios les he visto El libro de Nod...

— Griselda amenaza con suicidarse.

— No lo hará.

— ¿Estás seguro?

— No hará el menor intento.

— ¿Porqué tan seguro?

— Por la cantidad de sauces. Mientras ellos sigan aquí, con nosotros y con los sauces, Griselda no atentará contra su vida.

—Además, a Griselda le encanta la neblina.

— Sí, ellos son parte de la neblina durante las madrugadas.


De la casa de Eduvigis no se fueron durante toda la semana. Eduvigis es insegura. Se sonroja con sólo mirarla directo a los ojos. Salió a la puerta de su casa y ofreció el violín que le enviaron de Cremona. Un fino violín que reemplaza la presencia de cualquier hombre en su vida. Eduvigis cantó con voz parecida a la de Anjani Thomas. Danzó por el corredor, amándose con el violín. Tampoco pudo venderlo.


El violín de Eduvigis y el sombrero de Griselda. La licuadora de Clodomiro. Mardoqueo y Meyrink. En cada casa de la ciudad hay una persona y un objeto que tal persona desea vender a cualquier precio. En toda la ciudad no hay una persona que quiera o pueda comprar algo. Y los visitantes, observando en silencio esas transacciones imposibles. Tantas prendas y objetos en la historia de cada persona en esta ciudad. En ocasiones, los objetos son más importantes que las personas.



Respecto a Griselda, quien se suicidó dejando una nota con un fragmento del libro de Amélie, por un tiempo creyeron que había logrado vender el sombrero, pero luego se conoció la verdad.


Pertenece al libro Higiene del asesino:

“Si un escritor no goza, entonces debe detenerse al instante. Escribir sin gozar es inmoral. La escritura lleva en sí todos los gérmenes de la inmoralidad. La única excusa del escritor es su gozo. Un escritor que no goce, sería algo tan repugnante como si un hijo de puta violara a una niña sin ni siquiera gozar, que la violara por el simple hecho de violarla, para infiingirle un daño gratuito. La escritura lo jode todo: piense en la cantidad de árboles que ha sido necesario cortar para el papel, en los sitios que ha habido que buscar para almacenar los libros, en el dinero que ha costado su impresión, en el dinero que le costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala conciencia de los miserables que los comprarán, pero no tendrán suficiente valor para leerlos, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero, sobre todo, en la fatuidad de las conversaciones que sucederán a su lectura o a su no lectura”.



El libro estaba al lado de su cadáver. Ambos húmedos de vino. Más importante e! Ubro que el cadáver de Griselda. En ocasiones, los objetos se vuelven más importantes que las personas, por ejemplo ese sombrero, esa licuadora. Los objetos primero aunque nadie los adquiera. Y después las personas. Los visitantes sacaron millares de fotocopias de este fragmento y las dejaron por toda la ciudad.



Desteñidas alfombras. Rastrillos de cobre. Máquinas de escribir. Relojes de arena.

Animales disecados. Colecciones de estampillas. Monedas. Centenares de discos.

Libros. Cada objeto ofrecido, denuncia la presencia de los visitantes.


Encontraron a Eduvigis ahorcada. Al lado, su violín lleno de hojas de sauce. Ellos no estaban en su casa: huyeron, porque los cadáveres no les agradan. Tanatofobia que también es común entre los habitantes de la ciudad.


—¿ Quién mencionó los cadáveres?

—En la escuela.

—¿Pero quién?

—Niños, profesores, las señoras del aseo.

—¿No crees que eso quieren ellos?

—Que nos suicidemos todos, hasta dejar muerta la ciudad.

—Muerta no, con ellos: sólo la ciudad con ellos por las calles.

—Es la misma.

—Por eso no han debido venir.

—Pero vinieron y tratan de vivir como nosotros.

—Así no podemos convivir.

—Tienes razón, alguien sobra.

—Todos sobramos: tú, ellos, yo...

—Nadie es imprescindible.

—Cada día sobramos más. Es insoportable.

—¡Nadie es importante para ninguno!

—Entonces... que se vayan.

—¿Crees que podríamos vivir sin ellos?

—No sé, estamos tan acostumbrados.

—Tampoco ellos pueden vivir sin nosotros.

— Están acostumbrándose.

— En tu casa hay cinco.

— Dos nada más, pero los siento como multitud.

— ¿Compraste algo?

— Si hubiera vendido mi flauta...

— Eduvigis tenía razón.

— Anoche, alguien interpretó en su violín...

— ¡El Trino del diablo!

— Sí, El Trino durante toda la noche.

— Las calles estaban llenas de sonámbulos.

— Ninguno escuchó El Trino, por fortuna.


Lo absurdo es la normalidad en la ciudad. Aparente normalidad. Lo cotidiano de los eventos. Pocas veces se les encuentra en una calle, en un bus o un ascensor. No están por los parques, a pesar de su constante presencia repugnante y densa. Se desconoce de dónde salió el cuento de su ingravidez. ¿Su aroma? Apestan. Un tren de carga habría sido el apropiado para transportarlos. La gente finge ignorarlos y cuando se habla de ellos actúa como si ocurriera en otra ciudad.


Vinieron en el tren del amanecer. La estación queda cerca del matadero municipal. Solicitaron tiquetes hasta la ciudad cercana, y ahí no se bajó ninguno. Tampoco regresó nadie, aunque el tren retomó dos horas después de llegar. Viajaban disfrazados, de otra manera no los habrían admitido. Llenaron los vagones. Centenares de cabezas blancas tras las ventanillas y el tren a máxima velocidad. Viajaron durante la noche, cuando el tren no se detiene en ningún lugar. Tampoco habría podido detenerse con ellos allí sentados, indiferentes a las oscuras siluetas de las montañas. El tren sabía cuál era el destino de su inusual carga: nuestra ciudad. Parecía un tren automático, por eso creen que llegaron en el tren y no por el aire. Pudieron haber elegido otro medio, pero ese tren llega en la madrugada. Podían caminar, aunque no los imaginamos dando saltos, ni arrojándose de los vagones en movimiento. Si alguien no les habló de los sauces, pudieron verlos desde cuando el tren cruzó el túnel cerca del río. Desde ahí, los sauces son notorios.


Les emociona caminar por entre sauces y esa pudo haber sido nuestra mala suerte. Tantos sauces en la ciudad. Tantos sauces. En la ciudad. Ellos llegaron una semana antes de los árboles comenzar a florecer. Hasta aquellos que nunca florecen, grandes y pequeños. ¿Estaciones?... En esta región, las estaciones suceden en un día. Dispóngalas en cualquier orden y aquí suceden a la vez: verano, primavera, otoño, invierno. En una semana o en un mes. Toda la región es así, pero en particular esta ciudad. Cuando los visitantes llegaron, era cualquier estación, Una semana antes de entrar los visitantes, no sólo florecieron los guayacanes amarillos, también los sauces que parecían esperarlos cuando bajaron del tren. Las plantas que podían florecer, florecieron. Las otras, también. Extraño espectáculo que inquietó a los habitantes de la ciudad.


Abundaron explicaciones de expertos en el tema. Con los visitantes aquí, lo mejor es no salir demasiado a la calle. No saludar vecinos, porque cualquiera puede ser uno de ellos. Tendríamos que pensar, entonces, que los árboles, ahora marchitos, están así por su culpa. Súbita primavera donde las flores decidieron adelantarse y sostener, por más tiempo del acostumbrado, su floración. Flores melancólicas. Bastaba con que ellos las miraran con detenimiento y las flores adquirían esa tristeza que usted les descubrió al llegar.


—¿ Va a salir tan oscuro, abuela?

—¿Le parece? Son las diez.

—Se maquilla demasiado.

—¡Se entromete con mi rostro, niña!

—La invitaron a la reunión quincenal, ¿ verdad?

—¿ Tengo ajustada la peluca?

—¿Irá sola, abuela?

—Nada me pasará, son tan amables...

—Se dejó convencer.

—Ni su abuelo me miraba como ellos lo hacen.

—A la abuela Lucrecia también la invitaron.

—¡Son tan galantes!

—Invitaron a la abuela de Godofredo y a la de Helmo.

—¡Tan descomplicados con sus trajes de Arlequín!

—Invitaron a cuantas tienen su misma edad. ¿No le parece sospechoso, abuela?

—No olvidamos los pasos del vals: aquí, allá, dejándonos llevar por sus largos brazos. Sus largas cabelleras en el aire. El perfume.

—¿Está decidida a ir, abuela?

—¡La camándula, por Dios, niña! Casi olvido la camándula. Búsquela
en el nochero y me la trae. Ellos la solicitan en la entrada.

—¿ Le presto mi brillo labial?

—Lo usaré toda la noche.

—¿Se irá a pie hasta el estadio?

—Llegará a tiempo.

—Sí, abuela, a tiempo. Lleve el abrigo.

—¿El rojo?

—A ellos les gusta mucho el rojo. Pintaron de rojo las estatuas, las torres de la iglesia y la mayoría de rayuelas.


Para no mirarlos, la gente lee el periódico en la calle. Centenares de personas por las calles, ocultándose tras los periódicos. Fingen, lápiz en mano, resolver el crucigrama o subrayar alguna frase. Pero no leemos. Es una premeditada simulación. Si es posible, chocamos entre nosotros o nos golpeamos con los postes del alumbrado público para no mirarlos de frente. Podrían marchitamos igual que lo hacen con algunos árboles florecidos. Los tulipanes japoneses no han vuelto a florecer. Amparados por los periódicos, ignoran el lento paso de los visitantes y su manera singular de inmovilizarse en cualquier esquina. ¿Mujeres entre ellos? No, ninguna mujer. La única, es la de Fulgencio y él anda buscándola porque se obsesionó con su música. Pero puede ser invento suyo, quién sabe. ¿Quién se atreve a confesar la verdad? Ellos mismos son los visitantes. Nadie ha venido al pueblo y el tren no existe en esta región.


Descenderé sobre el techo y revelaré la realidad. Alguien debe terminar con tantos miedos e hipocresías, antes que la gente se vaya de la ciudad y nos deje solos. Alguien debe. Alguien.

UMBERTO SENEGAL




VISITANTES








     No le esperaba a esa hora, cuando tres golpes anunciaron al escritor de relatos fantásticos la presencia del visitante. Suspendió su labor, observando inquieto hacia la puerta, luego de verificar que eran las seis de la tarde. Desde cuando empezó a escribir ese libro, por cuya causa lo abandonaron los nietos y más tarde la anciana sirviente que le acompañó durante 20 años, supo que algún día vendría a su casa alguno de Ellos…

     Hipocentauro, Quimera o Cinópero, Grifo, Hidropo, Mantícora o Específico, todos conocían no sólo el lugar donde vivía sino sus temores y pesadillas más íntimas. Allí estaba tras la puerta, esperando que le abriera, porque de otra forma no podía entrar, asombrando con su presencia a los vecinos que aún no le habían cancelado su amistad.

     Introdujo el lápiz en un cuaderno de notas que guardó en la más baja gaveta de su escritorio y pensó: “De alguna remota isla de los mares antárticos enviaron a Youwarkee, mitad mujer y mitad pájaro, con brazos que se abren en alas y sedoso plumón cubriendo su cuerpo”. Transcurrieron varios minutos. Tres nuevos golpes sonaron en la habitación. “No es ella”, pensó el viejo escritor frotando sus manos sudorosas, “Es posible que sea una Misna, con su ojo, su mano y su pierna y una mitad del cuerpo y medio corazón”. Se retractó cuando al escuchar otros tres toques, imaginó que podía ser un Squonks. “Viajan a la hora del crepúsculo para ocultar en la sombra su piel cubierta de verrugas y lunares”. Mas no se atrevió a abrir.

   “¿Y si fuera el devorador de las sombras?” ¿Quién, con más confianza para visitarme a esta hora del día, que él?”, dedujo al escuchar la insistente llamada. Continuó inmóvil en la silla, sin apartar la mirada de la puerta, esperando que todo fuese un desagradable sueño para despertar a la menor oportunidad.

     Otros tres golpes en el portón le recordaron que no dormía. “No debo temer si es un cinocéfalo. A ellos sólo les interesa desplumar pajarillos, arrancarle a las vacas la ubre, lacerar las flores o violar mujeres”.  Observó su reloj: siete minutos sin escuchar los quejidos del portón. “Se fue”. Poco duró su alegría. Una sonrisa que comenzaba a esbozarse en su rostro, se convirtió en mueca de espanto. De nuevo escuchó tres golpes en la puerta. “Un epístigo. Seguro que es un epístigo sin cabeza, con la boca en el vientre y los ojos en los hombros”. Pero no lo era. El visitante se impacientaba porque los toques sobre la puerta aumentaron en cantidad y vigor.

     Tendría que abrir. Lo esperaba desde el primer renglón que escribió.  Varios años esperándolo. Dejó la puerta y las ventanas entreabiertas, por si llegaba cuando él dormía o se encontraba fuera de casa. “Esa forma de tocar es propia de Baldanders, el que puede transformarse en roble, cerdo, estiércol o flor”. Se levantó del sillón. “¿Abro o me oculto en el sótano?”. Una serie de golpes a dos puños le impulsaron hacia la puerta. El sudor, corriéndole por la espalda, transparentaba su franela de algodón. “Es un maligno y estúpido troll”, pensó para animarse.  Llegó hasta la puerta y con osadía, dispuesto a resistir cualquier impresión, con la mano derecha abrió, mientras con la izquierda entre el bolsillo del pantalón sujetaba la navaja. Encontró los ojos verdes del Visitante. Sin titubear, sostuvo por un infinito instante su mirada, sin experimentar temor alguno. El emocional impacto fu mayor que lo esperado por su débil corazón: “¡Un hombre!”, comprobó antes de perder la conciencia y desplomarse sin vida junto a las enfangadas pezuñas del sonriente visitante.