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martes, 24 de abril de 2012

ANORMALIDAD CON JAZZ INCLUÍDO





Ni crédulo ni mucho menos supersticioso. Lo ocurrido hace una semana, podría atribuírselo a Makemba, Bumba, Kalunga, Unkulunkulu o cualquier otra despreciable y oscura deidad africana, pero me gusta más adjudicárselo al azar. Siempre he dejado todo en manos del azar y es como si Dios hubiese hecho el universo para mí, a la medida de mis sentimientos y emociones, de mis miedos pero también de mis inocultables alegrías.

 El azar carece de color y esto me agrada. Por fortuna no es negro como la materia oscura. Concederle importancia al suceso de ayer, sería dársela a cada uno de aquellos inoportunos negros que contribuyeron a la anormalidad del viaje. No caeré en tal error. La discriminación racial hace parte del azar como encuentro accidental, uno de los cuatro tipos de azar conocidos. En otro viaje podría ocurrirme de nuevo con indígenas, judíos, gitanos o gays porque el azar es brutal y no tiene misericordia con nadie. Si uno viaja en un vehículo público, dispuesto a roces y saludos, a escuchar insípidos diálogos, a oler cuerpos, a encuentros indeseables con pasajeros de baja condición social, el azar también sube en la terminal a incomodar durante el trayecto.

Sucedió en mayo 5 de 2003 y en esa ocasión los protagonistas fueron cinco negros. Me gusta ser puntual cuando relato algo, para que la gente no desconfíe. En el periódico de Armenia dieron la noticia y publicaron una foto. Tampoco se le mezcle cábala ni magia al evento. Fueron coincidencias y nada más. Para que me entiendan mejor, debo confesar sin modestia, con orgullo de quien escucha a Wagner, a Haendel, Strauss y Schumann, que me mortifican, me disgustan y ensordecen el jazz, el soul, los blues y el góspel. No tolero ese ruido y menos cuando fastidia desde las voces de sus negros intérpretes.

Evito a la gente que me habla de jazz. Si son personas blancas, lo considero insulto mayor. Es curioso: en mi región quienes menos hablan de jazz son los negros. Les atrae otro tipo de música. Aunque quisieran, veo inaccesible la cultura del jazz para los negros de mi país. Nada quieren saber de jazz. Si tuviese algo de supersticioso, pensaría que los cinco negros subiendo al bus donde yo viajaba para Caicedonia, me los envió a propósito una retorcida deidad de las etnias thonga, barumbi, kissi o bateké. He acabado tres relaciones amorosas porque a mis compañeras les apasionaba el jazz. Puedo soportar otros defectos, tolerar otra clase de superficialidades, convivir con sus adicciones o escucharlas hablar de amor, pero no concibo una mujer dándome clases de teoría del jazz y mientras leo a Elytis en la intimidad de mi alcoba, aguantar negros ensordeciéndome con sus quejas y alaridos, con sus fraseos.

 No soy agresivo ni tengo parafilias pero, en una ocasión, a una de mis amantes, desde la boquilla hasta la vocal introduje en su vagina una parte del saxofón con el cual ella ensayaba. Fue fugaz el hecho, sin embargo lo gozó. La última mujer que convivió conmigo, dejó pegados en las paredes del apartamento numerosos afiches en blanco y negro, con imágenes de esos negros. Insólito: afiches en blanco y negro. Por las noches, con las habitaciones en penumbras, adquirían vida y se movían sin abandonar sus espacios. No se los llevó. Ahí sobrevivieron varios meses, prueba de mi perpetua tolerancia. Ha sido la única negra con quien he sostenido alguna intimidad sexual y sentimental… Me persiguen sus sombras, sus instrumentos, sus gestos característicos: Louis Armstrong,  Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Miles Davis y John Coltrane. Todavía me sorprendo repitiendo sus nombres en algunos momentos de mi vida.

Salí de la terminal de Armenia en uno de los buses blancos que hacen su recorrido hasta el municipio vallecaucano de Caicedonia. Solo cinco sillas desocupadas y nadie al lado mío. El viaje prometía ser plácido. Lo fue hasta aproximarnos al corregimiento de Barcelona, donde se subió un negro parecido a Louis Armstrong. Aunque no son frecuentes tales calamidades, lo miré sin perturbarme demasiado, considerándolo normal en el viaje.

 Kilómetros más adelante, en la entrada hacia el municipio de Buenavista, el vehículo se detuvo y subió otro negro. Vestía camiseta amarilla y se me pareció a Dizzy Gillespie. No saludó a Louis. A nadie. Su presencia desgarró la regularidad de mi viaje porque comencé a inquietarme. En el sitio llamado Barragán, la tensión llegó al límite cuando un negro más subió al bus. El mismo Charlie Parker. Era Charlie, quién más. Como si Kalunga los hubiese puesto de acuerdo para trastornar la lógica del tranquilo viaje que con frecuencia realizo. No se miraban entre ellos. Tal vez se despreciaban. O eran racistas. O ninguno quería reconocerse en el rostro de sus compañeros. El bus siguió su pavoroso recorrido hacia Caicedonia. De un camino veredal que conduce hacia Pijao, salió Miles Davis. Lo vi desde cuando corrió por el camino para no dejar pasar el vehículo. Ni Armstrong, ni Gillespie, ni Parker, lo determinaron. Davis correspondió con igual indiferencia. Cerca de un caserío llamado Ciudad del sol, subió al bus otro negro: John Coltrane. Lo reconocí: el mismo Coltrane del afiche que me dejó Jazzbelle. Coincidencias, nada más, juegos del azar.

Faltaba poco para llegar a Caicedonia, cuando en una nueva parada del bus subió un joven rubio de ojos azules. Al no encontrar silla en el bus, miró a los negros, sacó un revólver y les disparó, uno tras otro, frente a la pacífica indiferencia y notoria alegría de los demás pasajeros. Yo, entre ellos, fingiendo dormir. La normalidad regresó al viaje. Cuando llegué a Caicedonia, narré la historia a mi amigo el poeta Carlos Alberto Agudelo. Este me invitó a comer y entramos en un restaurante nuevo, en el parque de Bolívar, donde nos atendió una abultada mujer negra, acompañada por sus dos hermanas, negras también. Un buen viaje, no se puede negar, a pesar de los inconvenientes.



viernes, 16 de marzo de 2012

ESCENAS EN EL VIEJO ESTANQUE (2)


                                                    

                                            
Eran dos las ranas, saltando hacia el sereno estanque en la ermita del poeta Bashoo. Nacieron y crecieron juntas. Croaban cuando era necesario croar, silenciándose justo en el tiempo para silencios y cantos apagados entre la yerba o las albercas.

Croaban en cualquiera de las estaciones. Y al amanecer croaban y croaban al anochecer. Con luna llena, menguante o creciente, croaban. No sé las otras, pero este par de ranas en mi historia croaban sin saber nada del haiku. Ignoraban la presencia de poetas asombrados, escribiendo breves estrofas para plasmar la transitoriedad del mundo, la excelsitud del instante, la simplicidad de la vida y el decaimiento de las cosas.

Uno de ellos se llamaba Issa. Con Issa o sin él, croaban las ranas cuando era tiempo para croar aunque nadie escuchara sus melancólicas cantilenas. Issa escribió más de 200 haikus sobre ranas. Quince le dedicó al sapo, a las pulgas más de cien y sobrepasó los dos centenares sobre insectos de luz. La vida trató con dureza a Issa, a quien Blyth, teórico e historiador del haiku japonés, consideró “el más japonés de los poetas de haiku, o quizá de todos los poetas japoneses”. A pesar de su destino siempre en manos del sufrimiento y la agonía, consideró la vida más importante que el arte y fue en la existencia cotidiana donde buscó y descubrió la belleza.

Cuando las dos ranas resolvieron salir de su escondite para vivir en un sitio más fresco, tampoco sabían que en la ermita del poeta estaba, de paso hacia el templo Chookeiji, el maestro zen Bucchoo, sosteniendo inexplicable diálogo con aquel. Bucchoo preguntó a Bashoo: “¿Cuál es la ley de Buda, antes de que el musgo verde brotara?”…

Saltando sobre el blando musgo verde, sin preocuparse por la ley de Buda, solo una de las dos amedrentadas ranas peregrinas llegó al viejo estanque. Buscando un sitio para protegerse , se zambulló rápida mientras su compañera sucumbía entre las afiladas garras de un raudo y hambreado buitre, elevándose con ella  hacia las cercanas colinas, mientras el poeta respondía a su maestro: “Al zambullirse una rana, ruido de agua”.
   
                       El mundo es un efímero rocío
                       y en cada gota,
                       ¡qué violentas quimeras!
                                                            Issa



ESCENAS EN EL VIEJO ESTANQUE (1)






La rana saltó al viejo estanque.

Tras de ella saltó uno de los monjes, sin despojarse de su hábito.

"No eres el iluminado", dijo el Roshi, secándose con el dorso de su mano el agua que chispeó   sobre su rostro.

Otro de los monjes, se arrodilló en la orilla del estanque, introdujo sus manos en el agua y bebió un poco.

"Ofrécele a las ranas que no han saltado ni saltarán jamás", ordenó el Roshi, "y tal vez comprendas qué no es la iluminación".

El más joven de los discípulos, quien  detrás del Maestro escuchaba alerta sus palabras, observando  sus gestos y traduciendo sus silencios de imprevisto le dio un empujón, arrojándolo al estanque.

Desde allí, el sabio maestro vociferó: "Si te quedas ahí, la pierdes. Si te lanzas, también la pierdes. ¡Pronto, haz algo!".

El discípulo cantó: "¡Croac, croac, croac!".
                                      
                   Desmayadamente,
                   después que el agua se apacigua,
                   de nuevo se yergue el crisantemo.
                                                             Basho
  

EL CUENTO QUE NUNCA ESCRIBÍ




Iniciaré el cuento con esta imagen: Decenas de gallinazos hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia.

Trece palabras. Al releerlas, resuelvo hacer el primer cambio: Decenas de gallinazos hambreados vuelan alrededor del campanario de la iglesia.

La oración se redujo a 11 palabras y la torre se transformó en campanario. El verbo lo conjugo en presente.

Nueva lectura del texto. Titubeo sobre la cantidad de gallinazos. Podría escribir 50 o 90, por ejemplo, para no recargar el conjunto. Un lugar donde hay muchos gallinazos. El deseo de escribir un dato verídico, ajustado a la realidad de dicha especie en un sitio específico. ¿Busco una referencia concreta, relacionada con los gallinazos, donde se mencione la cantidad de dichas aves  volando en grupo por un espacio preciso?

En mi imaginación, para el efecto narrativo pretendido dentro del cuento, en realidad veo más de un centenar de gallinazos y así quisiera escribirlo, pero pienso en lo ilógico dentro de la naturalidad  para imprimirle a la introducción del cuento. No escribo: Un centenar de gallinazos. Reduzco la imagen a unas decenas nada más y con este hecho infrinjo algo del proceso personal de escritura. Comienzo a pensar en el lector. Hipotéticos lectores sin importancia en este momento. Nunca tendré esos lectores. No viven, en este momento donde la existencia es la del cuento en proceso de escritura.

Me contradigo. Sólo comenzándolo y el cuento  presenta dificultades en el aspecto cuantitativo de los gallinazos. ¿Entonces qué sucederá más adelante, con el desarrollo del mismo? Cada palabra es un inconveniente. Cada frase puede transformarse de manera múltiple, prodigiosa, sin dejar avanzar el cuento. En la primera frase, se detuvo el flujo de los eventos. Y aún no afronto problemas y exigencias de la puntuación. Todavía no contrapongo las palabras con su orden sintáctico y su musicalidad, tan importantes para mí.

He aquí dos posibles maneras de puntuar la frase inicial: Decenas de gallinazos, hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia. Con  tal forma de puntuar, destaco el aspecto del hambre. Enfatizo el adjetivo hambreados e imprimo un ritmo lento a la oración.  Segunda forma de puntuar: Decenas de gallinazos hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia. Predominio del verbo volar. La releo y su ritmo me atrae más que el anterior. Es más ágil. El movimiento de las aves se apropia del espacio narrativo. La acción de los gallinazos,  resaltando su vuelo, se describe con mayor dinamismo. El vuelo puede incluir el hambre. Si escribo hambreados, en la mente y los ojos del lector surgen otras ideas diferentes a mi visión del cuento.

¿Cuál puntuación selecciono? Con sólo 13 palabras escritas son varios los problemas de escritura y desarrollo del cuento encarados:
a. Puntuación
b. Uso de los verbos y su tiempo
c. Cantidad lógica de gallinazos en vuelo
d. Elección arquitectónica, torre o campanario
e. Ritmo que debo imprimirle al texto

Resuelvo dejar, sin limitarla, la cantidad indefinida de gallinazos. ¿Algún lector podrá imaginar más de cien o, por el contrario, limito al lector cuando le establezco una cantidad determinada de tales aves?
Algo nuevo me inquieta, dentro de la frase inicial:  la altura de la torre de la iglesia debe estar de acuerdo con el vuelo de decenas de gallinazos en torno a esta. Habrá gallinazos que sobrevuelen tal lugar a mayor altura que otros, para no chocar entre ellos.

Tal vez lo mejor es no escribir el cuento. Pensaba en un microrrelato, pero los problemas se multiplican porque al minicuento lo pienso muy refinado en su expresión. Entonces, ¿cuando es una novela qué sucede? La irresponsabilidad del escritor no tiene términos. Para la realidad, es imposible escribir una novela porque en cada frase que  se va a relatar, las posibilidades de otras situaciones y eventos  suman millares.

O el escritor se decide a contarlo de manera vasta, por limpio que parezca el estilo, por claro que parezca el desarrollo de la novela. Y entonces hay entre líneas otras novelas,  nuevos personajes, otras posibilidades de acontecimientos no relatados, esperando allí una leve corrección para darle otro sentido a cuanto iba a expresar el narrador.

He tomado una decisión: primero leeré cuentos donde los personajes sean gallinazos. Indagaré sobre estos animalitos semidomésticos. Los observaré volar y acaso sueñe alguna vez con ellos. Solo después escribiré mi cuento.

-Una sugerencia, amigo escritor, comience leyendo El misterio de las catedrales, de Fulcanelli. Debe replantear en serio la figura de una humilde iglesia en el relato. Es más inquietante  la catedral. ¿O usted no es autor merecedor de catedrales en sus cuentos? Sea menos provinciano, señor Senegal, despréndase de sus iglesias municipales, de sus modestas parroquias y escriba en torno a una magnífica catedral. Están llenas de símbolos. Lea a Fulcanelli y después hablamos.

Decenas de gallinazos hambreados volando en torno a la catedral de Notre Dame…

¿O en torno a la Catedral de San Juan Divino, en Nueva York?
¿O en torno a la Abadía de Westminster?
¿O en torno a la Catedral de Colonia, en Alemania?
¿O El Duomo, de Milán?
¿O la Catedral de San Basilio, en Moscú?
¿O Sant Patrick ´s?
¿O Hallgrimskirkja, en Islandia?

Si elijo una de estas fastuosas catedrales, tendré que cambiar los gallinazos por ángeles o demonios.


sábado, 3 de marzo de 2012

ALGUNOS RECUERDOS DE LA EXTRAORDINARIA VIDA DE SILFLERINO DE MEGOTAY BARBUJO






ESE QUE USTED ACABA DE RECITAR, es uno de los poemas que todos conocen en el pueblo porque a Silflerino le encantaba. Mis hijos se lo saben completo y yo también. Aunque, para ser sincera, el que a mí más me gusta es este:                         

Togrinavi es un totiga
que cerepa de dóngoal,
es un toga tocipielim,
toniane y tóngueju.
Le tangus las sadinsar
y es goami del tónra,
es un toga muy bleciaso,
mi totiga de dóngoal.

¿Qué le extraña más? ¿Que el niño tuviera facilidad para aprender y recitar poemas al revés, o que se llamara así? Así se llama y estoy seguro de que usted no ha tenido ningún alumno con este nombre: Silflerino de Megotay Barbujo. El profesor y los demás niños, simplemente le llamaban Barbujo, por  su apellido, pero quienes lo escuchaban creían que era un apodo y sonreían maliciosos.

Silflerino. Un poeta del pueblo le encontró significado al nombre. Explicó que era silbar y flechar la risa nocturna. Así se llamaba y lo llamaban en su barrio, por el pueblo y en el salón. Cierto día, lo invitaron a Bogotá para que representara a los niños inteligentes de su vereda y porque tenía la particularidad de cantar al revés, decir chistes al revés, adivinanzas y refranes al revés y hasta trabalenguas al revés. Quienes lo escuchaban, se quedaban mínimo una semana hablando igual. Fueron entonces a Bogotá para presentarse ante el Rey y sus primeros ministros. Si los dejaba hablando al revés, algo bueno pasaría en el reino. Allí, Silflerino les dijo cómo se llamaba, y cuando repitió nueve veces su nombre todos le creyeron, mientras sonreían mirándose entre ellos.

“Bonita manera de recibirme”, pensó Silflerino alistándose con todo su repertorio al revés. El único enojado fue un gato blanco que le arañó la mano. Era el gato del Rey al cual Silflerino se acercó cantándole una breve canción. Todos los gatos del mundo comprenden las canciones que se interpretan al revés y las escuchan con atención. “Estas siete, son las razas que mejor escuchan los poemas al revés”, enseñó Silflerino al Rey, la Reina y los Ministros: gato Cartujo, gato Siamés, gato Persa, gato Abisinio, gato Himalayo, gato Azul ruso y gato Angora.

Le interpretó varias nanas para niños que en su escuela los profesores de preescolar le hacían cantar durante izadas de bandera. El gato blanco del Rey, maulló al finalizar Silflerino y huyó ladrando en voz baja. Todos lo escucharon pero ninguno dijo nada porque, como era el gato preferido del Rey, su mascota privilegiada, nadie iba a mostrar extrañeza por sus indiscretos ladridos. Cuando el gato es del Rey, aunque ladre o relinche…

Volvamos al principio. Usted no me ha preguntado quién le puso ese nombre al niño. Alguien debió ser, pero no estaba por ninguna parte para averiguarle detalles. Silflerino de Megotay Barbujo no tenía padres. No se le haga raro. En este reino millares de niños no tienen padre ni tienen madre, sólo abuelas pobres a quienes nadie envía torticas ni miel, como sucedió con la abuela de Caperucita Roja. Pues sí, tenía y no tenía, porque a Silflerino lo adoptó una anciana que vivía en las afueras del pueblo, en una temblorosa casa de bahareque.

La señora se llamaba Bufanda de Megotay Barbujo. Como el niño, sí señor. A veces los muchachos para indisponerla le gritaban: “¡Brujanda!”, pero ella lo único que hacía era sonreírles, levantar el brazo y hacer gestos con la mano. Entonces a los muchachos les comenzaba a picar la cabeza como si tuvieran piojos. Eran pocas sus referencias al pasado del niño y nadie iba a molestar con tanta preguntadera, a una vieja bondadosa que alimentaba en su casa varios niños sin hogar, cuatro ancianos desamparados y siete perros abandonados por sus amos. Era el nombre de ambos y no voy a discutir por eso.

Venía contándole del niño. Todos en el pueblo le llamaban Silflerino. Otros le decían Megotay. Silflerino es un nombre para pronunciarlo suave, como soplando una flauta de bambú. En cambio, ¡Megotay!, había que escuchar la fuerza con que le gritaban al muchachito, ¡Megotay!, por el pueblo. Y los profesores le conocían como Barbujo. Silflerino acudía donde lo llamaban. Volteaba a mirar o alzaba el brazo y movía la mano con gestos parecidos a los de doña Bufanda. No me va a creer esto por lo extraño: cuando Silflerino alzaba su brazo, descendían palomas y pájaros a reposar en su mano. Todas las aves del entorno querían a Silflerino y por eso en su pueblo nadie tenía jaulas ni los niños conocían las caucheras.

Las aves volaban y caminaban por todos los lugares del pueblo, sin nadie que las ahuyentara. Un escultor les hizo diferentes esculturas en madera, cemento, alambre y raíces. Es de verdad, se llama Germán Arias y ahora vive en Medellín, en el corregimiento de Santa Helena. Es el único corregimiento de Colombia con esculturas de pajaritos por varios lugares, porque las estatuas siempre se las hacen a los guerreros y nadie piensa en pájaros, mariposas, armadillos o mermudios.

“Es porque entienden la manera de Silflerino hablar”, comentaba la gente viéndolo cubierto de golondrinas: golondrina Ceja blanca, golondrina Barranquera, golondrina Negra, golondrina Tijerita, golondrina Doméstica, golondrina Parda, golondrina Zapadora, golondrina Rabadilla canela, golondrina Ribereña, golondrina Cabeza rojiza, picaflor Común, picaflor Bronceado, picaflor Garganta blanca, picaflor Corona violácea, picaflor de Barbijo, picaflor Rubí, Colibrí Grande, picaflor Cometa, picaflor Vientre blanco.

Aceptemos que doña Bufanda fuera madre del niño. Lo encontró entre una caja de cartón, abandonado en el parque del pueblo. La caja estaba llena de flores de guayacán lila, que no lograban esconder la sonriente cara del bebé. No tuvo ninguna dificultad para adoptarlo y quedarse con él. Nadie lo reclamó y ya transcurrieron ocho años desde la madrugada en que varias golondrinas Tijerita cuidaban  la caja donde manoteaba el bebé.

Doña Bufanda fue donde el párroco y dispuso que se llamaría Silflerino de Megotay Barbujo. Cuentan quienes la conocen, que alguien le recomendó tal nombre para traerle suerte al niño. Yo no sé nada, pero en la casa de doña bufanda vivió durante varios meses un extraño peregrino que vestía túnica blanca, consejero de aquella. Como era de esperarse, el sorprendido sacerdote preguntó boquiabierto por qué iba a darle ese nombre al niño. “Silflerino…Silflerino…”, repitió el buen hombre, indeciso y extrañado. “¡Silflerino!”, ordenó doña Bufanda, “¡claro que Silflerino y complételo con de Megotay Barbujo!”.

Pues bien, así sucedió y hasta la pila bautismal llegaron más pajaritos de los que se podía admitir en un acto de estos, pero el párroco no protestó y dijo que eran cosas de Dios. Como ella cumplía con sus diezmos, participaba en la fiesta de la Virgen, colaboraba con los pasos de Semana Santa y todos la querían en el pueblo, al bebé lo bautizaron Silflerino. Y Silflerino se quedó. Doña Bufanda sonrió agradecida invitando al cura para que al día siguiente pasara por su casa a comer sancocho de gallina.

Pronto tengo que irme, pero todavía puedo contarle algo más. No demora el turno de las doce y no puedo dejarlo pasar porque el otro sale a las tres. Silflerino creció hablando solo en la casa, por el patio y por las calles del pueblo. Le gustaba hablar solo, como si alguien invisible lo escuchara haciéndole preguntas de vez en cuando. Hadas, duendes, gnomos, imaginaciones, yo no sé. Las veces que lo vi, daba la impresión de que había alguien a su lado, entretenido escuchándole sus poemas al revés, en un juego mutuo donde Silflerino en ocasiones reía sin parar, corría como si apostara carreras con alguien o se quedaba atento, escuchando quién sabe qué historias. Sabía muchas diferentes de Caperucita Roja.

¿A usted también se lo contaron? Es cierto, en  ocasiones se veían dos sombras: la suya y la de otra persona, sombra como de otro niño cerca de la suya. Mucha gente, pero mucha, las vio. Al principio pensaron mal de él y de doña Brujanda, pero con el paso de los meses todo se calmó. “Que no es normal”. “Es un niño especial”. “Es bobito”, decían sus compañeros, pero no por mucho tiempo. Bastaba ganarse el cariño y la amistad de Silflerino, para que la gente cambiara sus actitudes agresivas.

Nadie sabe quién le enseñó todas esas adivinanzas en verso que a veces decía al derecho y casi siempre al revés, según la temperatura, con mucho sol o lloviznando, nublados o transparentes el amanecer y el atardecer, con viento o sin viento. De las que más me acuerdo… ¿Quiere escuchar algunas?... Las dos primeras son de las que él usaba en verano. Y la última, de las que interpretaba en invierno:

Sajervia  mosso
de grosne dostives,
jobade de las jaste
mosceha los dosni.

Un tochibi dever
breso la redpa,
rreco que te rreco,
cabus qué merco.

Con su sari raneñama
dato la yapla taroboal,
radocapes y ranerima.


Silflerino tenía memoria prodigiosa. Esto de “prodigiosa” no lo digo yo. Lo afirman profesores que lo conocieron. Los compañeros de Silflerino exclamaban sorprendidos: “¡Qué bacano!”. No, doña Bufanda no sabía versos, ni poemas ni nada de esas cosas que contaba el niño. Con decirle que ella fue la primera sorprendida. Cuando entró a la escuela, Silflerino ya iba aprendido, digo yo. Además encontró un profesor que le estimuló ese talento. Uno a quien le gustaban los libros viejos y que se ha especializado en recoger los que nadie quiere, que estorban en las casas. Libros que todos olvidaron para qué sirven. Ese profesor comienza las clases leyendo a sus alumnos un cuento o un poema. A partir de eso, Silflerino adquirió más habilidad hablando al revés. Oiga le digo: se le escuchaba bien. Musical como los discos que llaman clásicos.

Leía un poema que le agradaba y durante algunos  días lo repetía al revés, diciéndoselo a sus          compañeros y a cuantos querían escucharlo por el pueblo. La fama que adquirió le hizo ganar el concurso para viajar a Bogotá, donde el Rey.

Nadie rechazaba el curioso lenguaje de Silflerino.  Hasta para las aves era agradable. Cuando Silflerino declamaba el poema, siempre llegaba un pájaro a reposar sobre su hombro o su cabeza, escuchando encantado su dulce voz. ¿Qué opinaba doña Bufanda?... Doña Bufanda reía. Reían doña Bufanda y Silflerino y las aves y quienes estaban ahí, aprendiendo el lenguaje al derecho y al revés.

Silflerino se entusiasmaba haciendo reír a doña 
Bufanda, quien para recompensarlo aumentó las porciones de cuchuco amarillo que ponía por el patio a las aves. La casa se llenó de pájaros de diversos colores y especies, que bajaban de la montaña a escuchar los poemas de Silflerino. Varios turistas españoles le tomaron fotos y grabaron las adivinanzas que decía, pero en particular las aves que llegaban a escucharlo. Decenas de las muchas especies que hay en esta región. No podían creerlo. Yo no lo vi, pero uno de los profesores contó que esas fotos las incluyeron en un blog de internet, donde Silflerino parecía un personaje de la película Tideland, amigo de Jeliza Rose.

A Silflerino la fama no lo cambió. Ni cuando 
regresó de Bogotá con regalos para los niños de la escuela. Quienes cambiaron fueron sus amigos. El reto, cuando escuchaban declamar un poema al revés o plantear acertijos, era dejarlos al derecho en el menor tiempo posible. O a medida que Silflerino los decía, iban repitiéndolos de manera correcta, devolviéndole a los poemas su sentido original.     
                            
¿No es profesor?... ¿Ni periodista?... ¡Cuentista! ¿Y 
sí cree que le van a creer lo de Silflerino? ¡Ahí viene el jeep de turno! Qué pena, señor, tengo que irme. Ya sabe dónde encontrarme. Le puedo contar historias de Silflerino como para que haga un libro. Oiga, y no olvide escribir en su cuento que Silflerino recorre con doña Bufanda los pueblos del reino, narrando al revés cuentos de los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas y fábulas de Rafael Pombo.

Calarcá, mayo de 2009



Primer puesto VII Concurso regional de cuento infantil escrito por docentes, Comfenalco, Quindío, 2009.





martes, 21 de febrero de 2012

EL ABRIGO






La primera semana el personal de la oficina fue incapaz de reprimir comentarios acerca de su abrigo. Había cumplido la solicitud para cubrir esa vacante. No encontró motivos para convertirse en el centro de atracción de los empleados, del gerente y de cuantos allí llegaban. Es un regalo de mi hermana, lo heredé con la promesa de no arrancarle los botones de madera, murmuraba aunque ninguno prestara atención a sus balbuceos y a sabiendas de nunca haber tenido una hermana.

Un mes más tarde su abrigo no atraía el interés de nadie. Descansó de las miradas inquisidoras y los gestos burlones. En su apartamento el ritual de la comida se acentuaba cada día. Al llegar a la alcoba se despojaba del abrigo, extendiéndolo sobre una cuerda de cabuya para no mancharlo. Apagaba la luz y sentándose en el suelo esperaba en silencio, una, dos horas a lo sumo. Con un poco de compasión por su apetito, hermanados en la soledad, no era necesario aguzar el oído para escucharla salir del sifón.

Mientras la rata olisqueaba nerviosa, desabotonaba su camisa. Alguna vez imaginó ser él quien salía de la alcantarilla y la rata la que esperaba sentada, con el abrigo chorreando agua, ansiosa por contarle que la señorita Virgelina, de contabilidad, se esforzaba menos cada día por ocultar su embarazo. Daba vueltas en torno suyo, subiendo siempre por la pierna derecha. Roía en diferentes partes del cuerpo. No la veía. Le bastaba saber que era el ser más allegado. Los primeros días, luego de vencer la repugnancia y el temor, pensó que podría enamorarse de ella, pero rechazó tal fantasía seguro de que tan pronto le pagaran su primer salario, abandonaría esa miserable buhardilla. En otra ocasión, para que lo escuchara hablar quien se detuvo un instante tras la puerta de su cuarto, cuando la escuchó salir del sifón dijo, casi gritando: “¡Eres tú, mamá! Estoy feliz con tu visita. Si te quedas, llegaré mañana cinco minutos tarde al trabajo”.

Por su peso sobre el hombro y la lentitud con que roía el lóbulo de la oreja izquierda, dedujo que había engordado. Cada vez se llevaba una porción mayor de su cuerpo. Nadie lo advertía en la oficina. Por eso resolvió asistir al trabajo sin el abrigo, atento a las menores reacciones de sus compañeros. Tal vez alguien viera las dentelladas y preguntara, por cortesía, respecto a lo poco que restaba de su cuerpo. Su amigo, el poeta José Corrales, le envió de Nueva York la Antología de poetas cubanos, que Felipe Lázaro compiló para la Editorial Betania, de Madrid. Allí encontró el retrato de su compañera, escrito por Jorge Valls. Lo escribió con letra menuda y lo llevó a la oficina, confiando en que, al leerlo, cualquiera de los empleados opinara algo que le permitiera descubrir algún indicio.

Venía del estiércol
trepando por un chorro de orina;
su cara tersa y mojada,
sus ojos aterradamente viles.
Vino del caño de la letrina;
corría endiabladamente de las muertes
que habitaban el palo y las entrañas.
Una salpicadura miserable
me ofendía las piernas.
Luego, un susto me contrajo la carne.
Saltó y huyó, la cola larga y calva,
el bigote asqueroso,
mucilaginoso,
Yo no quise matarla porque estaba viva,
y era mi hermana,
lo que más se me parece,
mi hermana la rata,
que se perdió de un brinco
en el vientre abierto de la cloaca.

Ninguno notó la falta de su abrigo y aunque leyeron el poema aparentaron indiferencia. Simularon no comprender nada. Aquella mañana todos llegaron cubiertos con amplios y gruesos abrigos. Llovía desde la madrugada.

Comprendió por qué en esa sección solicitaban con frecuencia nuevo personal. Por la noche llegó a su habitación más temprano que de costumbre. Nervioso por el trabajo inconcluso en la oficina, se acostó junto al sifón, pensando en el día siguiente cuando no llegara a ocupar su lugar frente a los demás empleados, recordando el aviso a la entrada, al cual nunca prestó atención, ahora lleno de significados al sentir el bigote mucilaginoso por su cuello y el fétido aliento causándole náuseas al confundirse con el suyo: Se necesita empleado con abrigo.

VISITANTES







No le esperaba a esa hora cuando tres golpes anunciaron al escritor de relatos fantásticos la presencia del visitante. Suspendió su labor. Observó hacia la puerta luego de verificar que eran las seis de la tarde. Desde cuando empezó a escribir ese libro, por cuya causa lo abandonaron los nietos y más tarde la anciana sirviente que le acompañó durante 20 años, supo que algún día vendría a su casa alguno de Ellos…

Hipocentauro, Quimera o Cinópero, Grifo, Hidropo, Mantícora o Espectáfico, todos conocían no sólo el lugar donde vivía sino sus temores más íntimos. Allí estaba tras la puerta, esperando que le abriera porque de otra forma no podía entrar. Asombrando con su presencia a los vecinos que aún no le habían cancelado su amistad.

Introdujo el lápiz en un cuaderno de notas que guardó en la gaveta baja de su escritorio y pensó, de alguna remota isla de los mares antárticos enviaron a Youwarkee, mitad mujer y mitad pájaro, con brazos que se abren en alas y sedoso plumón cubriendo su cuerpo. Transcurrieron varios minutos. Tres nuevos golpes sonaron en la habitación. No es ella, pensó el viejo escritor, frotando sus manos sudorosas, es posible que sea una Misna, con su ojo, su mano y su pierna y una mitad del cuerpo y medio corazón.

Se retractó cuando, al escuchar otros tres toques imaginó que podía ser un Squonks. Viajan a la hora del crepúsculo para ocultar en la sombra su piel cubierta de verrugas y lunares. No se atrevió a abrir.

¿Y si fuera el devorador de las sombras? ¿Quién con más confianza para visitarme a esta hora del día, que él?, dedujo al escuchar la insistente llamada. Continuó inmóvil en la silla sin apartar la mirada de la puerta, esperando que todo fuese un desagradable sueño para despertar a la menor oportunidad.

Otros tres golpes en el portón le recordaron que no dormía. No debo temer si es un Cinocéfalo. A ellos sólo les interesa desplumar pajarillos, arrancarle a las vacas las ubres, lacerar las flores o violar mujeres. Observó su reloj: siete minutos sin escuchar los quejidos del portón. Se fue. Poco duró su alegría. Una sonrisa que comenzaba a esbozarse en su rostro se convirtió en mueca de espanto. De nuevo escuchó tres golpes en la puerta. Un Epístigo. Seguro que es un Epístigo sin cabeza, con la boca en el vientre y los ojos en los hombros. Pero no era. El visitante debió impacientarse porque los toques sobre la puerta aumentaron en cantidad y vigor.

Tendría que abrir. Lo esperaba desde el primer renglón que escribió. Varios años esperándolo. Dejó puerta y ventanas entreabiertas por si llegaba cuando dormía o se encontraba fuera de casa. Esa forma de tocar es propia de Baldanders, el que puede transformarse en roble, cerdo, estiércol o flor. Se levantó del sillón. ¿Abro o me oculto en el sótano? Una serie de golpes a dos puños le impulsaron hacia la puerta. El sudor corriéndole por la espalda transparentaba su franela de algodón. Es un maligno y estúpido Troll, pensó para animarse. Llegó hasta la puerta y dispuesto a resistir cualquier impresión, con la mano derecha abrió, mientras con la izquierda entre el bolsillo del pantalón sujetaba la navaja. Encontró los ojos verdes del Visitante. Sin titubear sostuvo por un infinito instante su mirada, sin experimentar temor alguno. El emocional impacto fue mayor que lo esperado por su débil corazón: ¡Un hombre!, comprobó antes de perder la conciencia y desplomarse sin vida junto a las enfangadas pezuñas del sonriente visitante.

jueves, 16 de febrero de 2012

LA CIUDAD DE LOS SAUCES





Están juntos en la ciudad y aunque comparten calles o alcobas, son desmesuradas las distancias entre ellos. Lejanías que no se recorren asistiendo a la misma iglesia. De vez en cuando un saludo, lo obvio de un saludo rutinario para acortar distancias entre seres semejantes pero distintos es la única opción.

Desde la madrugada hasta el anochecer caminan unos junto a otros, mirándose de soslayo, con un tratamiento igual al que sostenían los lugareños antes de ellos llegar. Soportan esas pequeñas diferencias que, con el transcurso de su estadía nunca anunciada, dan a la ciudad su atmósfera de melancolía insoportable. Aunque los foráneos imitan gestos y costumbres, nada de la ciudad les pertenece. Ni los árboles. Ni los perros callejeros. Nada, aunque lo utilicen todo con desespero. Arraigan en cualquier hogar. Corren tras los perros en imposibles movimientos de ballet clásico. Están sobre los árboles, quietos en las ramas y mimetizados entre las flores. O en el suelo revestidos con hojas secas y quebradizas como ellos.

¿Qué buscan en este lugar? Los niños son los únicos que no se mortifican con tales visitantes ni se escandalizan con sus extravagancias, en tácito acuerdo de tolerancia entre ambos. Cualquiera pensaría que aquellos no ven a los visitantes y estos tampoco sospechan la existencia de niños en la ciudad. Sucesos como el de esa mañana cuando las calles amanecieron con rayuelas. Centenares de rayuelas pintadas sobre el pavimento, en andenes y parques. Sólo respetaron predios aledaños al museo. Los niños se inculparon para encubrir a los autores del entramado. Se deduce que fueron los visitantes. ¿Quiénes más? Los niños protestaron mostrando sus manos pintadas de verde, rojo, azul y negro, colores de las rayuelas. Sus pantalones y camisas con manchas de pintura. Chisguetes en las mejillas. Argumentos válidos en apariencia si no hubieran estado los visitantes, sobre quienes recayó la culpa aunque ninguno dijo nada.

¿Usted los vio, Marcela? –preguntó la profesora a la niña.
Mi mamá también –dijo ella.
¿Muchos? –miró por la ventana.
Están por todas partes –aseguró la niña.
¿Cuántos, Marcela?
¿Cuántos alumnos hay en la escuela, profe?
Ochocientos seis con usted.
Entonces hay el triple –dedujo la niña.
¿Quién le rasgó el bolsillo de su camiseta?
Son inofensivos, llegan por el aire.
¿Por el aire?
Como caen las hojas.
¿Cómo caen las hojas?
Y caminan hacia donde olfatean gente.
¿Caminan? –se sorprendió la profesora.
Eso parece.
¿Como nosotros?
Parecido.
¿Así como yo? –saltó por el salón, derribando sillas.
Cuando se trasladan son viento suave y perfuman por donde pasan.
Si son inofensivos, ¿por qué entró corriendo al salón?
Para anunciar su visita. Así fue en la otra escuela.
¿En la otra?
En todas. Anunciaron su llegada. Cuando nos sentamos en silencio aparecieron por todos los lugares, como hormigas.

Llegan a casas y apartamentos porque sus moradores se obsesionan por vender cualquier cosa. No compran. Ninguno compra durante las interminables jornadas cuando los visitantes se sientan en la sala, contemplando un jarrón o cualquier objeto a su alcance. Su obsceno jadeo exalta al más indiferente. También se sientan en las camas a peinar sus largas cabelleras. Jadean y uno piensa: “Ya viene el rechazo”. “Van a revelar mis secretos”. “Me condenarán sin remedio”. “Lo saben todo y por eso nada dicen”. Uno lo piensa y se atemoriza pero nunca sucede nada. Son jueces en total silencio, excepto por su esporádico jadeo.

A la casa de Clodomiro llegaron varios porque salió a ofrecer la licuadora que heredó de su madre. No es fácil soportar a un amigo insistiendo durante un mes para que compremos su vieja licuadora. También a la casa de Mardoqueo. Hombre insensible, aparece en cualquier lugar con varios volúmenes de las obras completas de Gustav Meyrink, ofreciéndolos a precios irrisorios. Nadie compra. La obsesión, desde cuando llegaron los visitantes, es por vender.

Estaban en la biblioteca de Mardoqueo y eran tres. Al bailar cogidos por la cintura parecían seis.

En la Casa de la cultura, Griselda, recién llegada de Francia suplicó durante cuarenta días que compraran el sombrero que le regaló la novelista Amélie Nothomb. “Huele a Nothomb”, vociferaba Griselda con el sombrero en alto para resaltar las cualidades de tal prenda. Huele a Nothomb. Y entre el perfume de los visitantes se expandía el olor a manzana podrida, a cereza podrida, a guayaba agria en descomposición.

¿Qué sucedió con el sombrero?
Se lo quitaron.
¿Los de la ciudad?
No, ellos.
No han sido violentos, sólo curiosos.
Se lo arrebataron a Griselda cuando entró a la oficina.
Pobre Griselda, admira mucho a Nothomb.
Ese sombrero era su fetiche desde cuando llegó de Francia.
Uno de ellos lo lleva puesto.
¿Se lo viste?
Esta mañana, en el bus de La Colina.
Debe ser otro lector de Amélie. ¿Ellos leen?
Parece que sí. A varios les he visto El libro de Nod...
Griselda amenaza con suicidarse.27
No lo hará.
¿Estás seguro?
No hará el menor intento.
¿Por qué tan seguro?
Por la cantidad de sauces. Mientras ellos sigan aquí con nosotros y los sauces, Griselda no atentará contra su vida.
Además, a Griselda le encanta la neblina.
Sí, ellos son parte de la neblina durante las madrugadas.

De la casa de Eduvigis no se fueron durante toda la semana. Eduvigis es insegura. Se sonroja mirándola directo a los ojos. Salió a la puerta de su casa y ofreció el violín que le enviaron de Cremona. Un fino violín que reemplaza la presencia de cualquier hombre en su vida. Eduvigis cantó con voz parecida a la de Anjani Thomas. Danzó por el corredor amándose con el violín. Tampoco pudo venderlo.

El violín de Eduvigis y el sombrero de Griselda.  
La licuadora de Clodomiro. Mardoqueo y  Meyrink. En cada casa de la ciudad hay una  persona y un objeto que tal individuo desea  vender a cualquier precio. En toda la ciudad no hay una persona que quiera o pueda comprar algo. Y los visitantes observando en silencio esas transacciones imposibles. Tantas prendas y objetos en la historia de cada persona en esta    ciudad. En ocasiones los objetos son más   importantes que las personas.
Respecto a Griselda, quien se suicidó dejando una nota con un fragmento del libro de Amélie, por un tiempo creyeron que había logrado vender el sombrero pero luego se conoció la verdad.
Pertenece al libro Higiene del asesino:
“Si un escritor no goza, entonces debe detenerse al instante. Escribir sin gozar es inmoral. La escritura lleva en sí todos los gérmenes de la inmoralidad. La única excusa del escritor es su gozo. Un escritor que no goce, sería algo tan repugnante como si un hijo de puta violara a una niña sin ni siquiera gozar, que la violara por el simple hecho de violarla, para infringirle un daño gratuito. La escritura lo jode todo: piense en la cantidad de árboles que ha sido necesario cortar para el papel, en los sitios que ha habido que buscar para almacenar los libros, en el dinero que ha costado su impresión, en el dinero que le costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala conciencia de los miserables que los comprarán, pero no tendrán suficiente valor para leerlos, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero, sobre todo, en la fatuidad de las conversaciones que sucederán a su lectura o a su no lectura”.

El libro estaba al lado de su cadáver, ambos húmedos de vino. Más importante el libro que el cadáver de Griselda. En ocasiones los objetos se vuelven más importantes que las personas, por ejemplo ese sombrero y esa licuadora. Los objetos primero aunque nadie los adquiera y después las personas. Los visitantes sacaron millares de fotocopias de este fragmento y las regaron por toda la ciudad.
Desteñidas alfombras. Rastrillos de cobre. Máquinas de escribir. Relojes de arena. Animales disecados. Colecciones de estampillas. Monedas. Centenares de discos. Libros. Cada objeto ofrecido denuncia la presencia de los visitantes. Encontraron a Eduvigis ahorcada. Al lado de su violín lleno de hojas de sauce. Ellos no estaban en su casa. Huyeron porque los cadáveres no les agradan. Tanatofobia que también es común entre los habitantes de la ciudad.
¿Quién mencionó los cadáveres?
En la escuela.
¿Pero quién?
Niños, profesores, las señoras del aseo.
¿No crees que eso quieren ellos?
Que nos suicidemos todos hasta dejar muerta la ciudad.
Muerta no, con ellos. Sólo la ciudad con ellos por las calles.
Es la misma.
Por eso no han debido venir.
Pero vinieron y tratan de vivir como nosotros.
Así no podemos convivir.
Tienes razón. Alguien sobra.
Todos sobramos: tú, ellos, yo...
Nadie es imprescindible.
Cada día sobramos más. Es insoportable.
¡Nadie es importante para ninguno!
Entonces... que se vayan.
¿Crees que podríamos vivir sin ellos?
No sé, estamos tan acostumbrados.
Tampoco ellos pueden vivir sin nosotros.
Están acostumbrándose.
En tu casa hay cinco.
Dos nada más pero los siento como multitud.
¿Compraste algo?
Si hubiera vendido mi flauta...
Eduvigis tenía razón.
Anoche, alguien interpretó en su violín...
¡El Trino del diablo!
Si, El Trino durante toda la noche.
Las calles estaban llenas de sonámbulos.
Ninguno escuchó El Trino, por fortuna.


Lo absurdo es la normalidad en la ciudad. 

Aparente normalidad. Lo cotidiano de los eventos. Pocas veces se les encuentra en una calle, en un bus o un ascensor. 

No están por los parques a pesar de su constante presencia repugnante y densa. Se desconoce de dónde salió el cuento de su ingravidez. ¿Su aroma? Apestan. Un tren de carga habría sido el apropiado para transportarlos. La gente finge ignorarlos y cuando se habla de ellos actúa como si ocurriera en otra ciudad. Vinieron en el tren del amanecer. La estación queda cerca del matadero municipal. Solicitaron tiquetes hasta la ciudad cercana y ahí no se bajó ninguno. Tampoco regresó nadie, aunque el tren retornó dos horas después de llegar.

Viajaban disfrazados. De otra manera, no los habrían admitido. Llenaron los vagones.

Centenares de cabezas blancas tras las ventanillas y el tren a máxima velocidad. Viajaron durante la noche cuando el tren no se detiene en ningún lugar. Tampoco habría podido detenerse con ellos allí sentados, indiferentes a las oscuras siluetas de las montañas. El conductor sabía cuál era el destino de su inusual carga: Nuestra ciudad. Parecía un tren automático, por eso creen que llegaron en este y no por el aire. Pudieron haber elegido otro medio, pero ese tren llega en la madrugada. Podían caminar, aunque no los imaginamos dando saltos ni arrojándose de los vagones en movimiento. Si alguien no les habló de los sauces, pudieron verlos desde cuando el tren cruzó el túnel cerca del río. Desde ahí, los sauces son notorios.

Les emociona caminar por entre sauces y esa pudo haber sido nuestra mala suerte. Tantos sauces en la ciudad. Tantos sauces. En la ciudad. Ellos llegaron una semana antes de los árboles comenzar a florecer. ¿Estaciones? En esta región las estaciones suceden en un día. Dispóngalas en cualquier orden y aquí suceden a la vez: verano, primavera, otoño, invierno. En una semana o en un mes. Toda la región es así, en particular esta ciudad. Cuando los visitantes llegaron era cualquier estación. Una semana antes de entrar los visitantes no sólo florecieron los guayacanes amarillos. También los sauces que parecían esperarlos cuando bajaron del tren. Las plantas que podían florecer, florecieron. Las otras, de igual manera. Extraño espectáculo que inquietó a los habitantes de la ciudad.

Abundaron explicaciones de expertos en el tema. Con los visitantes aquí lo mejor es no salir demasiado a la calle. No saludar vecinos porque cualquiera puede ser uno de ellos. Tendríamos que pensar, entonces, que los árboles ahora marchitos están así por su culpa. Súbita primavera donde las flores decidieron adelantarse y sostener, por más tiempo del acostumbrado, su floración. Flores melancólicas. Bastaba con que ellos las miraran con detenimiento y las flores adquirían esa tristeza que usted les descubrió al llegar.
¿Va a salir tan oscuro, abuela?
¿Le parece? Son las diez.
Se maquilla demasiado.
¡Se entromete con mi rostro, niña!
La invitaron a la reunión quincenal, ¿verdad?
¿Tengo ajustada la peluca?
¿Irá sola, abuela?
Nada me pasará, son tan amables...
Se dejó convencer.
Ni su abuelo me miraba como ellos lo hacen.
A la abuela de Lucrecia también la invitaron.
¡Son tan galantes!
Invitaron a la abuela de Godofredo y a la de Helmo.
¡Tan descomplicados con sus trajes de Arlequín!
Invitaron a cuantas tienen su misma edad. ¿No le parece sospechoso, abuela?
No olvidamos los pasos del vals: aquí, allá, dejándonos llevar por sus largos brazos. Sus largas cabelleras en el aire. El perfume.
¿Está decidida a ir, abuela?
¡La camándula, por Dios, niña! Casi olvido la camándula. Búsquela en el nochero y me la trae. Ellos la solicitan en la entrada.
¿Le presto mi brillo labial?
Lo usaré toda la noche.
¿Se irá a pie hasta el estadio?
Llegaré a tiempo.
Sí, abuela, a tiempo. Lleve el abrigo.
¿El rojo?
A ellos les gusta mucho el rojo. Pintaron de rojo las estatuas, las torres de la iglesia y la mayoría de rayuelas.

Para no mirarlos la gente lee el periódico en la calle. Centenares de personas por las calles ocultándose tras los periódicos. Lápiz en mano fingen resolver el crucigrama o subrayar alguna frase. Pero no leemos. Es una premeditada simulación. Si es necesario chocamos entre nosotros o nos golpeamos con los postes del alumbrado público para no mirarlos de frente. Podrían marchitarnos igual que lo hacen con algunos árboles florecidos. Los tulipanes africanos no han vuelto a florecer. Amparados por los periódicos, ignoran el lento paso de los visitantes y su manera singular de inmovilizarse en cualquier esquina. ¿Mujeres entre ellos? No, ninguna mujer, la única es la de Fulgencio y él anda buscándola porque se obsesionó con su música, pero puede ser invento suyo. Quién sabe. ¿Quién se atreve a confesar la verdad? Ellos mismos son los visitantes. Nadie ha venido al pueblo y el tren no existe en esta región.


Descenderé sobre el techo y revelaré la realidad. Alguien debe terminar con tantos miedos e hipocresías antes que la gente se vaya de la ciudad y nos deje solos.  Alguien debe. Alguien.