jueves, 17 de mayo de 2012

PEÑAS BLANCAS, LOCOMBOO Y NACUCO



            

A pesar de ser su principal riqueza topográfica, muchos calarqueños no valoran ese monumento natural espléndido, colmado de históricos matices y fecundado por la mítica ensoñación, que es Peñas Blancas, situado en el corregimiento de La Virginia, del nombrado municipio. Codiciando alegóricas riquezas ocultas en sus entrañas, los quindianos han perdido de vista la apreciación de sus auténticos e intasables tesoros, allí siempre visibles para personas que con espiritual sensibilidad peregrinen por estos parajes.

Siglos atrás, Peñas Blancas fue santuario de los indios Pijao. Centro ceremonial de ofrendas e inmolaciones en honor de dioses solares, donde por igual se veneraban altas figuras de su panteón religioso como Locomboo y Nacuco, o ídolos secundarios por el estilo de Lulomoy y Eliani. Su privilegiada ubicación y su estructura ideológica resaltada por las naturales pinceladas blancas, impresas con intensidad sobre las pulimentadas lajas verticales, se han vuelto tan comunes para los habitantes de la región, que se hace necesario redescubrirlas, insistiendo por todos los medios sobre el imponderable valor cultural, ecológico, turístico e histórico que dichas peñas poseen.

Es el único sitio de su género en el Quindío que, con leyenda e historia propia, atavía además su magnificencia paisajística con la literatura que a su alrededor han escrito autores como Rodolfo Jaramillo Ángel, Antonio Cardona, Jaime Lopera, Argelia Osorio y Héctor Ocampo Marín, elementos de los cuales carecen otros bellos ámbitos del departamento.

Lugar de ceremonias Pijao, Peñas Blancas era -y continúa siéndolo- irradiante centro de Poder chamánico desde donde los mohanes orientaban diversas actividades del citado pueblo aborigen. “El control de los poderes sobrenaturales, estaba en manos de los mohanes, verdaderos shamanes, que tenían como misiones fundamentales predecir el resultado de las futuras campañas y curar las enfermedades”, precisa Samuel Lucena Salmoral, el investigador que más se ha ocupado de los Pijao en la conquista, gracias a la oportunidad que tuvo de conocer numerosos documentos inéditos en el Archivo de Indias, en Sevilla, España.

En las grutas de Peñas Blancas se efectuaban prácticas mágico-religiosas en honor de las dos principales divinidades de la mencionada comunidad: Locomboo y Nacuco.El cacique Calarcá fue un influyente hechicero, iniciado en los milenarios secretos precolombinos de los mohanes, quienes “constituían una categoría social muy respetada por el Pijao”, según anota Lucena. Peñas Blancas, dentro del territorio dominado por estos, fue el santuario más célebre y reverenciado  no solo por las funciones religiosas que desempeñaba, sino porque también era centro de las actividades de resistencia de Calarcá contra los españoles. Fue oratorio ocasional de los Putimae, Quimbaya, Bulira, Maito, Cacataima  y los Otaime.

A Locomboo se le describe con rasgos propios de una deidad benévola y propicia. Tiene el significado , no se sabe si lingüístico o religioso, de “abuela del tiempo y abundancia del mismo”, creadora de todas las cosas menos del mundo, En su honra, los Pijao celebraban en las laderas de Peñas Blancas una fiesta anual donde, con paja menuda confeccionaban la figura de una persona, la cual se rellenaba con legumbres, frutas y masato. La subían hasta el sector más inclinado de las laderas circundando a Peñas Blancas, y luego de calcular y marcar en el suelo hasta dónde podría rodar, arrojaban el muñeco cuesta abajo  corriendo todos tras él. Quienes llegaran primero que el muñeco al sitio demarcado, tendrían buena suerte el año venidero. Los rezagados, sufrirían un año funesto.

Tal ceremonia mágica, lúdica y deportiva, tenía un director. Antagónico a Locomboo, era Nacuco, dios malévolo, principio personificador de lo  material, creador del mundo, preservador de la realidad concreta del río y la montaña, del árbol y el ave, el maíz y la batata, la piedra y la semilla. Lucena Salmoral escribe: “Este dios existió en la realidad yfue un indio de grandes poderes sobrenaturales, ya que predecía el futuro y hacía milagros”.

El cacique y mohán Calarcá, hacía parte de la cadena iniciática entroncada con Nacuco,  de aquí su encarnado amor por la tierra y la imposibilidad para aceptar la adversa presencia del invasor ibero. Previo un sencillo ritual chamánico que dispone para soportar la extrañeza de otra realidad, quienes acampen en determinado sector de Peñas Blancas acompañados de rectitud mental, limpios de corazón,  de cuerpo y de sentimientos, experimentarán en altas horas de la noche o comienzo de la madrugada, un particular susurro reverberando a lo largo y ancho de las Peñas. Se distingue con absoluta claridad de cualquier otro sonido. Son claras y peculiares voces de lenguaje incomprensible, pero cuyas modulaciones ejercen reconfortante alivio corporal. Gozoso sentimiento de unificación con el mundo cuyo efecto sedante puede durar hasta siete horas. Son los etéreos rumores del intemporal diálogo que en Peñas Blancas sostienen Locomboo y Nacuco. Conversación melodiosa, absorbente e impositiva.

EL TRINO DEL DIABLO



Si usted es apático a las célicas sonoridades del violín, no lea esta anécdota sobre el extraño origen de una de las más famosas sonatas para dicho instrumento, el preferido del diablo según relatan los demonólogos. Su protagonista fue Giuseppe Tartini (1692 – 1770) músico en cuya vasta obra resaltan más de 150 conciertos para violín. Autor de varios tratados de música. Su perfecta afinación y la destreza de su arco, alcanzaron cimas de inconocible magistralidad. Una de sus particularidades, era la destreza con que hacía los trinos y los dobles trinos.

Su más famosa obra se llama El trino del diablo. Hoy por hoy, cuando se  endilgan a este los desvaríos que comete el hombre, tal composición adquiere contemporaneidad al reconocérsele al oscuro condenado algunas de sus virtudes estéticas, compartidas por él con determinados artistas a lo largo de la historia, como lo sucedido al aventuroso músico italiano. Le prevengo: no se deje incitar por esta glosa ni por afectos hacia las implicaciones sicológicas y órficas del violín. Evite escuchar el cautivante contenido de tal sonata porque puede despertarle fuerzas dormidas que tal vez l convenga dejarlas así. Por suerte, no le encontrará fácil aunque por ahí circule, perturbadora, plena de místicas evocaciones, entre lo mejor de la música clásica, rememorando epopeyas religiosas a los solitarios del espíritu.

Cuando tenía 21 años de edad, circunstancias amorosas obligaron a Tartini a huir de su hogar. Vestido de peregrino se dirigió hacia Roma. En el transcurso del viaje se alojó durante unas semanas en el monasterio de Francisco de Asís donde practicó austeridades con los monjes y mediante monacales rigores cristianos moderó su impetuoso carácter. Una noche, en la contemplativa paz de su celda, soñó que el diablo entraba a la austera habitación, tomaba su violín y con un estilo extravagante, incitador, desconcertante por la características de la ejecución, interpretaba hasta sus mínimos detalles una fantástica pieza musical que hechizó a Tartini, quien desde el sueño asistía embriagado de dicha al desarrollo del mágico concierto. Tan pronto finalizó, el diablo sonrió retador para que despertara y repitiera cuanto él había hecho.

Tartini despertó sobresaltado. Con las notas de la sonata repercutiendo en su mente y  su corazón, se precipitó hacia el violín, dispuesto a no dejar perder la más pequeña nota de su luciferina experiencia. Aunque reprodujo gran parte de la onírica vivencia, otro porcentaje fue imposible traerlo hasta la vigilia creadora. Compuso allí, en el sacro ámbito del monasterio, la Sonata del diablo o El trino del diablo, como se  conoce en la actualidad. Obra de innovaciones técnicas e inauditos recursos formales  marcando el principio de una época para el arte del violín. Los efectos encerraban habilidades desconocidas por los violinistas de aquel tiempo (1713).

Así narró Tartini, al astrónomo Lalande, su experiencia:

Una noche en 1713, soñé que había hecho un pacto con el diablo, sometiéndolo a mi servicio. Mis deseos eran satisfechos por tal criado a quien le di un violín para que interpretara algunas bellas melodías. Mi asombro no tuvo límites al escucharle una sonata singular y hermosa como jamás pudiera concebir. La ejecutó con superioridad e inteligencia. Experimenté tanta sorpresa y arrobo, que perdí la respiración. Esta sensación violenta me despertó. Tomé entonces mi violín con la esperanza de reproducir cuanto escuché pero fue en vano. La pieza que produje es la mejor que haya compuesto, pero es inferior a la soñada. Hubiese roto mi violín y abandonado para siempre la música, si no me hubiera sido posible experimentar los goces de que ella me procuraba.

Doscientos noventa y nueve años después de compuesto El trino del diablo, afloran indescriptibles emociones en quienes escuchamos tal pieza con ceremonial reverencia.


SUBRAYAR UN LIBRO






Abre un libro, Eurídice, y descubre en él que raras veces se confiesa una persona con tanta sinceridad, como cuando lo subraya. Solo al libro subrayado puede creérsele que el lector penetró su contenido. Subrayar es incorporar en tu ser la esencia del libro y la sustancia dramática del autor. Es averiguar cuanto este silenció o escribió en voz baja, llamándonos a diálogos secretos, mediante esos delatores tatuajes que le trazamos a determinadas frases. Subrayar es mirar de frente al autor contarle de nuestras personales identificaciones con su relato. Subrayar, Eurídice, no es solo resaltar determinadas confidencias del escritor, sino también sobresaltarnos con nosotros mismos al vernos reflejados en la frase ajena.

Subrayar un libro es demostrar que leemos con todos los sentidos; es reverenciar lo escrito en la página transformada en altar donde ofrendamos las potencialidades de nuestro pensamiento, tus pensamientos y tus emociones, Eurídice. Quien no subraya un libro pierde la dimensión transpersonal de la lectura. No va más allá de signos, palabras y conceptos impresos. Abstenerse de subrayar es eludir los fantasmas del autor. Me acongojan las personas que dicen haber leído un libro, y al observar el ejemplar lo veo limpio, sin la menor acotación al margen, como si aún sufriera la orfandad que demuestra cuando está en la librería.

Deduzco que tal lector emboza centenares de miedos, es incapaz de confesarse en público. Lee para esconderse de otros y de sí mismo. Un libro sin subrayar es una blasfemia bibliográfica. Quien sobrevoló aquellas páginas no se detuvo a explorar las potencialidades ontológicas y físicas del verbo. Son timoratos de la página impresa a quienes les interesa más conservar del libro su ofensiva pulcritud, que dialogar con su autor y con cuantos luego puedan mirar este subrayado.

Porque hacerlo, Eurídice, es demolerle muros al lenguaje para abrir nuevos caminos a la lectura, la interpretación y la intuición a través del texto. Subrayar un libro es decirle al escritor que estamos con él, que no camina solo en el laberinto de signos y frases que construyó.

Subrayar es darle calor al párrafo prendiéndole fuego a silencios que se manifiestan cuando te detienes en la lectura, para celebrar el ritmo íntimo y público del subrayado. Autor y lector reducen lejanías con el sutil puente de la línea, recta o torcida, leve o intensa que se le borda a la frase que nos impresionó induciéndonos a resaltarla. Subrayar un libro es hacerlo tuyo. Es vernos en cuanto clama el otro. Es encontrarnos con algo del otro que desconocíamos, allí en la visión en la visión individual del otro. Se ama un libro cuando se le acaricia y recorre con subrayados. Cuanto más se subraya mayor es el impacto emocional que ejerce sobre uno. El contacto fisiológico entre el ser del libro y el espíritu de la persona, se produce mediante el ceremonial del subrayado, puesto que es un rito no apto para todo lector. ¿Qué frases subrayaría Jesucristo del evangelio o de algunos libros que tratan sobre él?... ¿Dónde se detendría Sócrates a subrayar los diálogos de Platón?...

Subrayar es un acto de erotismo bibliográfico que desconocen aquellos con pánico a ensuciar el libro. ¡Pobrecitos los libros que no arrancan una caricia al lapicero de sus indiferentes lectores! Subrayar es concertar una cita para dentro de un día o diez años después. El acto de trazar la línea bajo la frase es una acción lúdica de encantamiento, con percusiones holísticas que no voy a revelarte, Eurídice, que tú misma debes experimentar subrayando decenas de páginas y de libros. Te lo aseguro: la línea que se traza en la página, también se está trazando en tu destino. Lo aconsejable es no subrayarlo si lo subrayas sin pasión, sin la convicción de identificarte allí con tus más íntimas verdades.



LA MÚSICA DE AYESHA RADH






Aunque parezca egoísta, hay un motivo obligándome  a no prestar a nadie la secreta música de la intérprete y compositora Ayesha Radh. Ni a mis mejores amigos. Durante un tiempo, fue necesario el silencio sobre su obra, su vida, su pensamiento místico y su desconcertante discografía circulando solo entre determinadas personas. Entre algunos grupos, desafortunadamente propietarios de los derechos y hasta de las enseñanzas Nada-yoga de  la angelical cantante. Sendero que conduce del sonido audible al sonido inaudible o más ultrasutil.  

Ahora, algo es permitido escribir para manifestar en público el asombro, puesto que la música de Ayesha está entre lo milagroso que ha ocurrido en mi vida. Su conciencia órfico-espiritual impregna las metáforas devocionales y mántricas de sus canciones, transformándolas en técnicas de meditación poco usuales en oriente y occidente. Ningún tipo de música que hasta la fecha he escuchado, se parece al Nada-yoga de Ayesha.

Con ninguna he logrado experimentar los momentos de lucidez y beatitud, la percepción alerta que con ella vivencio. Dejo constancia: no soy su discípulo. No pertenezco a ninguna secta oriental ni mucho menos tengo maestros de ningún tipo. En materia de búsquedas interiores, soy un irredento lobo estepario. Ningún gurú está interesado en mí y yo no soportaría a ninguno entrometiéndose en mi solitario sendero. Ni Ayesha, aunque su adolescente hija perturbe mi poesía, mi sexo, mi filosofía...

Es heterogénea la música devocional que poseo. De India. China. Tibet. Japón. Bhajans, mantras, ragas de múltiples comunidades religiosas orientales. La música sufí de Alí Khan Nusrat Fateh. Los ghazales de Nashenas. Los cantos místicos de Shahjahan. Música islámica del ritual Zikr. La hechizante obra musical de Zul-Funun (Bada-i guya). Los cantos devocionales de Krishna Das. Todos me acompañan de día o de noche. En momentos de racional intelecto ocupando mi obra. O en momentos de vacío, donde el escritor desaparece por completo.

Sin embargo, ¿cómo no asombrarme, a partir del conocimiento de dicha música y sus funciones sicológicas y emocionales, sus cualidades místicas y sus efectos fisiológicos, con la voz y las composiciones musicales de Ayesha? ¿Cómo no asombrarse uno con las mágicas tonalidades  de instrumentos raizales de India acompañándola, en particular con el embriagador e hipnotizante  sonido de las tablas, el sitar y la tambura, en insólitas combinaciones que no habíamos escuchado ni siquiera en Ravi Shankar?

Luego de escucharla, no son los mismos el sonido del viento ni el alma de la flauta. En ocasiones, se acompaña con la voz de su hija. La mirada de su hija. El movimiento de manos y brazos y vientre de su hija... Los gestos lúbricos de la boca de su hija, Aishwarya Devdas, iguales que cuando en la soledad de una finca quindiana, me ruega incitante y voluptuosa que continúe leyéndole y releyéndole varias rubaiyyat de Omar Jayyam.

Ayesha es el viento suave o tempestuoso de la música. Y es la música del viento de las montañas del Quindío o del Himalaya, cuando esta cantante decide revelar los secretos propios del Nada-yoga, ese tántrico y sacro conocimiento ancestral con elementos incorporados del mantra-yoga y del kundalini-yoga. ¿Cómo no asombrarse uno con su magistralidad interpretativa, si luego de escucharla no son los mismos los sonidos de la lluvia, ni el murmullo del río, ni el llanto del niño campesino en horas de la noche? Es la lluvia haciendo música con la lluvia  que no alcanzó a caer. Es la música haciendo lluvia con la música que  Ayesha y su hija no alcanzaron a interpretar.

Al escuchar a Ayesha, practicante de Nada-yoga, otras son la neblina de Salento o de Génova, otras las cigarras y los amaneceres cuando viajo hacia Barcelona, mi sitio de trabajo.. Otros son los salmos de las hojas desprendiéndose de los árboles. Otro es el concierto del tulipán africano que encuentro por las veredas de Calarcá y con cuyas flores adorné la cabellera larga de Aishwarya.

No vuelven a ser los mismos Bach, Mozart o Vivaldi. Tampoco vuelve a ser el mismo Paganini, cuando escucho la sublime voz de la nad yogini Ayesha Radh. Si algunas de las múltiples técnicas de meditación que me han otorgado tienen validez en la medida que las practico, la relacionada con la música de Ayesha y el ritual de Maithuna con su hija, sin ninguna duda,  ha sido la más efectiva en mis búsquedas y realizaciones.

Cuanto es melodioso en la naturaleza, tras escuchar cualquiera de las composiciones de Ayesha, adquiere ritmos que no habíamos escuchado, cual si de la escala conocida surgieran otras, de carácter intramolecular. Con Radh no sucede lo afirmado por Gandhi: "La música de la vida corre el riesgo de perderse en la música de la voz".  En esta, la música de la vida se encuentra en  su voz. Es su voz. Su música es de vibraciones en espacios donde solo debía existir el silencio, la respiración de Dios o el vuelo del pequeño insecto multicolor.

¿Cuáles metáforas emplear para dar una mínima idea del efecto de su música? Ella es el suspiro de los quartz. Es la oración de los leptones. Es la luz declarándole su amor a la especie humana mediante ecuaciones religiosas. Es un computador de décima generación canalizando los cantos de Orfeo. Ayesha...¡eres un coro de ruiseñores vocalizando cantos gregorianos! Hari Om. Hari Om. Hari Om.



RASGOS DE PERSONAS AUTORREALIZADAS


                           




Sidney M. Jourard y Ted Landsman, sicólogos humanísticos, son autores del libro La personalidad saludable (Editorial Trillas, Méjico,1997), minucioso y documentado estudio sobre el tema del desarrollo de la personalidad y los factores responsables del desarrollo personal saludable. Está escrito en lenguaje accesible para el profano en sicología, sin detrimento conceptual para los especialistas en tal ciencia.

Su estructura didáctica, cada capítulo con una introducción, un desarrollo y un resumen, hace de la obra una acertada guía para el análisis y observación del desarrollo de la personalidad, introduciéndonos en los modelos teóricos de quienes dedicaron su vida al tratamiento de los problemas emocionales.

Un importante planteamiento de la personalidad saludable, es el de Abraham Maslow, quien explica que la clave para adquirirla es satisfacer necesidades básicas. La realización del yo, no es meta en sí misma, sino producto del propio talento en la búsqueda de la verdad, el amor, la belleza y la justicia. Sin misión concreta en su vida, la persona se frustra al desconocer sus virtudes y capacidades recónditas, asegura Maslow.

El trabajo significativo y productivo, puntualiza este, contribuye al desarrollo de la personalidad saludable. Mediante el estudio de personas a quienes Maslow consideró en proceso de autorrealización, verificó los 15 rasgos esenciales de conducta, propios de individuos capaces de afrontar con inteligencia, comprensión y voluntad, todo tipo de situaciones en su vida cotidiana.

1. Percepción más eficaz de la realidad: El individuo capta fácil los engaños y la carencia de honestidad en quienes lo rodean.

2. Alto grado de aceptación de sí mismo y de los demás: La persona no se siente avergonzada de ser aquello que es, ni se desanima con los defectos ajenos.

3. Espontaneidad, sencillez y naturalidad: El individuo es menos complejo en sus pensamientos, emociones, sentimientos y conducta. Evita involucrarse en conflictos y opta por compañeros que no restrinjan su libertad.

4. Concentración en los problemas: La persona no es problema para sí misma ni para los otros, actitud que le permite dedicarse a cualquier actividad sin interferencias interiores.

5. Necesidad de intimidad: La soledad interior o exterior nunca es dolorosa para la persona. Por el contrario, disfruta de ambientes  que la propicien paraacrecentar en ellos sus virtudes y disciplinas.
6. Alto grado de autonomía: El individuo posee la capacidad de ser leal consigo mismo, con sus ideas, sus sueños y proyectos, sin temor a la crítica ni al rechazo.

7. Frescura continua de apreciación: Es el asombro del individuo ante el mundo. Su amor y reverencia ante cuanto lo rodea. Percibe los detalles singulares en lo común.

8. Experiencias pico: Así denomina Maslow los estados místicos u oceánicos. Es la capacidad de trascender el yo y experimentar otros estados de conciencia.

9. Sentimiento de hermandad: Sensaciones de identificación con lo total. Unificación religiosa con la naturaleza y los seres humanos.

10. Relaciones íntimas con unos cuantos amigos íntimos o personas amadas: Es la capacidad de entrega que la persona tiene, aunque se muestre selectiva con sus relaciones.

11. Estructuras democráticas del carácter : Comprensión de los demás y su aceptación como individuos, no por su raza, posición social, jerarquías o dinero-

12. Fuerte sentido ético: Este se desarrolla al máximo y permite que haya discriminación ecuánime entre el bien y el mal.

13. Sentido del humor: No confunde el alborozo, lo tragicómico, con la burla, con lo grotesco, lo obsceno o ridículo.

14. Creatividad: Rompe con esquemas y goza al crear y abrir nuevos caminos a la imaginación.

15. Resistencia a la presión cultural: El individuo no se somete a los dictados de la moda, a los caprichos sociales ni mucho menos a los patrones culturales vigentes o que los medios de comunicación quieran imponerle.

Estos quince rasgos son característicos de una personalidad saludable, sin importar la edad. Poseer buen número de los mismos, es aproximarse al tipo de ser humano que Maslow considera autorrealizado. Si usted, luego de severo autoanálisis descubre que no reúne por lo menos la mitad, su personalidad es letal y puede tener la certeza de estar perdiéndose el maravilloso espectáculo de la vida. Le recuerdo lo sincero que fue John Donne cuando afirmó: “Yo olvido a Dios y sus ángeles por el ruido de una mosca, por el paso de un por el rechinar de una coche, puerta”. Que la vida nos llene de tales olvidos y nos facilite percepciones semejantes de lo cotidiano. 


martes, 24 de abril de 2012

ANORMALIDAD CON JAZZ INCLUÍDO





Ni crédulo ni mucho menos supersticioso. Lo ocurrido hace una semana, podría atribuírselo a Makemba, Bumba, Kalunga, Unkulunkulu o cualquier otra despreciable y oscura deidad africana, pero me gusta más adjudicárselo al azar. Siempre he dejado todo en manos del azar y es como si Dios hubiese hecho el universo para mí, a la medida de mis sentimientos y emociones, de mis miedos pero también de mis inocultables alegrías.

 El azar carece de color y esto me agrada. Por fortuna no es negro como la materia oscura. Concederle importancia al suceso de ayer, sería dársela a cada uno de aquellos inoportunos negros que contribuyeron a la anormalidad del viaje. No caeré en tal error. La discriminación racial hace parte del azar como encuentro accidental, uno de los cuatro tipos de azar conocidos. En otro viaje podría ocurrirme de nuevo con indígenas, judíos, gitanos o gays porque el azar es brutal y no tiene misericordia con nadie. Si uno viaja en un vehículo público, dispuesto a roces y saludos, a escuchar insípidos diálogos, a oler cuerpos, a encuentros indeseables con pasajeros de baja condición social, el azar también sube en la terminal a incomodar durante el trayecto.

Sucedió en mayo 5 de 2003 y en esa ocasión los protagonistas fueron cinco negros. Me gusta ser puntual cuando relato algo, para que la gente no desconfíe. En el periódico de Armenia dieron la noticia y publicaron una foto. Tampoco se le mezcle cábala ni magia al evento. Fueron coincidencias y nada más. Para que me entiendan mejor, debo confesar sin modestia, con orgullo de quien escucha a Wagner, a Haendel, Strauss y Schumann, que me mortifican, me disgustan y ensordecen el jazz, el soul, los blues y el góspel. No tolero ese ruido y menos cuando fastidia desde las voces de sus negros intérpretes.

Evito a la gente que me habla de jazz. Si son personas blancas, lo considero insulto mayor. Es curioso: en mi región quienes menos hablan de jazz son los negros. Les atrae otro tipo de música. Aunque quisieran, veo inaccesible la cultura del jazz para los negros de mi país. Nada quieren saber de jazz. Si tuviese algo de supersticioso, pensaría que los cinco negros subiendo al bus donde yo viajaba para Caicedonia, me los envió a propósito una retorcida deidad de las etnias thonga, barumbi, kissi o bateké. He acabado tres relaciones amorosas porque a mis compañeras les apasionaba el jazz. Puedo soportar otros defectos, tolerar otra clase de superficialidades, convivir con sus adicciones o escucharlas hablar de amor, pero no concibo una mujer dándome clases de teoría del jazz y mientras leo a Elytis en la intimidad de mi alcoba, aguantar negros ensordeciéndome con sus quejas y alaridos, con sus fraseos.

 No soy agresivo ni tengo parafilias pero, en una ocasión, a una de mis amantes, desde la boquilla hasta la vocal introduje en su vagina una parte del saxofón con el cual ella ensayaba. Fue fugaz el hecho, sin embargo lo gozó. La última mujer que convivió conmigo, dejó pegados en las paredes del apartamento numerosos afiches en blanco y negro, con imágenes de esos negros. Insólito: afiches en blanco y negro. Por las noches, con las habitaciones en penumbras, adquirían vida y se movían sin abandonar sus espacios. No se los llevó. Ahí sobrevivieron varios meses, prueba de mi perpetua tolerancia. Ha sido la única negra con quien he sostenido alguna intimidad sexual y sentimental… Me persiguen sus sombras, sus instrumentos, sus gestos característicos: Louis Armstrong,  Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Miles Davis y John Coltrane. Todavía me sorprendo repitiendo sus nombres en algunos momentos de mi vida.

Salí de la terminal de Armenia en uno de los buses blancos que hacen su recorrido hasta el municipio vallecaucano de Caicedonia. Solo cinco sillas desocupadas y nadie al lado mío. El viaje prometía ser plácido. Lo fue hasta aproximarnos al corregimiento de Barcelona, donde se subió un negro parecido a Louis Armstrong. Aunque no son frecuentes tales calamidades, lo miré sin perturbarme demasiado, considerándolo normal en el viaje.

 Kilómetros más adelante, en la entrada hacia el municipio de Buenavista, el vehículo se detuvo y subió otro negro. Vestía camiseta amarilla y se me pareció a Dizzy Gillespie. No saludó a Louis. A nadie. Su presencia desgarró la regularidad de mi viaje porque comencé a inquietarme. En el sitio llamado Barragán, la tensión llegó al límite cuando un negro más subió al bus. El mismo Charlie Parker. Era Charlie, quién más. Como si Kalunga los hubiese puesto de acuerdo para trastornar la lógica del tranquilo viaje que con frecuencia realizo. No se miraban entre ellos. Tal vez se despreciaban. O eran racistas. O ninguno quería reconocerse en el rostro de sus compañeros. El bus siguió su pavoroso recorrido hacia Caicedonia. De un camino veredal que conduce hacia Pijao, salió Miles Davis. Lo vi desde cuando corrió por el camino para no dejar pasar el vehículo. Ni Armstrong, ni Gillespie, ni Parker, lo determinaron. Davis correspondió con igual indiferencia. Cerca de un caserío llamado Ciudad del sol, subió al bus otro negro: John Coltrane. Lo reconocí: el mismo Coltrane del afiche que me dejó Jazzbelle. Coincidencias, nada más, juegos del azar.

Faltaba poco para llegar a Caicedonia, cuando en una nueva parada del bus subió un joven rubio de ojos azules. Al no encontrar silla en el bus, miró a los negros, sacó un revólver y les disparó, uno tras otro, frente a la pacífica indiferencia y notoria alegría de los demás pasajeros. Yo, entre ellos, fingiendo dormir. La normalidad regresó al viaje. Cuando llegué a Caicedonia, narré la historia a mi amigo el poeta Carlos Alberto Agudelo. Este me invitó a comer y entramos en un restaurante nuevo, en el parque de Bolívar, donde nos atendió una abultada mujer negra, acompañada por sus dos hermanas, negras también. Un buen viaje, no se puede negar, a pesar de los inconvenientes.



miércoles, 4 de abril de 2012

MOTIVOS DE TRISTEZA LITERARIA




  1. Los bellos poemas, cuentos y novelas que siempre olvido.
  2. Los excelsos poemas, cuentos y novelas aún no escritos
  3. Los subrayados que tracé en mis libros y no volveré a ver ni a leer.
  4. Los subrayados que pude haber delineado en mis libros y no tracé, por falta de atención o escasez de sensibilidad al leer.
  5. Los deplorables textos escritos por otros y por mí.
  6. Los textos que críticos, editores y reseñistas pretenden hacerme pasar por excelentes textos.
  7. Los malos poemas recordados en los buenos momentos.
  8. Los buenos libros antiguos y modernos que nunca leeré y de los cuales nunca conoceré siquiera sus títulos. Ni sus autores.
  9. Los escritores afines con quienes nunca me conoceré. No habrá una sola palabra entre ellos y yo.
  10. Alguien a quien pudieran gustar mis textos pero jamás sabrá que existo y escribo.
  11. Los libros que nunca se escribirán.
  12. Los buenos libros escritos que jamás se publicarán.
  13. Los malos libros exaltados por la publicidad y los reseñistas mercenarios.
  14. Los poetas silenciosos, trabajando su obra por el gusto de escribirla sin esperar lectores. Ajenos a intrigas y codicias de editores.
  15. Los poetas que hablan demasiado.
  16. Los silencios de veredas quindianas sin poetas para escucharlos y cantarlos haciendo coro a las aves.
  17. Los millares de libros en bibliotecas públicas y privadas esperando lectores que nunca llegarán.
  18. Las lecturas siempre postergadas, cediéndole espacio a la rutina hogareña o laboral.
  19. Los libros desplazados por otros libros, sin causarnos remordimientos.
  20. Nuestros libros, al lado de la producción mundial de libros.
  21. Los escritores amigos leyéndonos siempre sus textos inéditos, sin preguntarnos jamás por los nuestros.
  22. Los versos leídos, inspirándonos otros versos que no somos capaces de escribir, pensados y nada más.
  23. Las páginas, párrafos y líneas no corregidas, siempre susceptibles de múltiples correcciones.
  24. Los libros malinterpretados y los poemas incomprendidos.
  25. Los buenos libros que pude leer si no hubiera tenido prejuicios contra sus autores.
  26. Los malos libros a los cuales dediqué tiempo sólo por solidaridad literaria con sus autores.
  27. Los libros en otros idiomas, sin traducir al español, y que moriré sin verlos traducidos.
  28. Los libros escritos solo para vivir vida de inéditos.
  29. El avance de los medios tecnológicos que sustituirán al libro.
  30. La limitación intelectual de quienes no ven más allá de sus condicionamientos literarios.
  31. Los poetas del Quindío.
  32. Los novelistas del Quindío.
  33. Los cuentistas del Quindío.
  34. Los minicuentistas del Quindío.
  35. Mis haikus floreciendo entre el realismo sucio.
  36. El realismo sucio llamándome a diario desde el fondo de mis textos.
  37. Los soberbios columnistas de periódicos y revistas capitalinos juzgando la literatura nacional.
  38. El pobre manejo que del lenguaje hablado y escrito hacen los periodistas.
  39. Los versos y poemas soñados que soy incapaz de traer hasta la vigilia.
  40. Los subrayados que otras personas hacen en mis libros.


RETRATOS URBANOS: LA MODELO






"Ella terminó bachillerato el año pasado, en el colegio de aquí. Es mi hermana mayor, Lorena. En mi casa somos siete y Lorena es la más bonita de todas.

Yo también soy bonita, me dice mi mamá cuando me ve triste porque no tengo champú para mi cabello. Soy la más pequeña pero ya casi cumplo los 11.

Siete sin contar a mi abuelita, que se la llevaron de la casa antes de morir y desde entonces mi abuelo toma mucha cerveza, mucha y a veces aguardiente, él vive con nosotros en un ranchito que se armó en el patio, con desechos.

Mi hermana Lorena fue la reina del colegio. Quería ser modelo desde la edad mía y cuando ganó para reina en la semana de la cultura del colegio, los profesores le dijeron que ese era el primer paso para realizar sus ideales. Varios profesores se lo dijeron y le ayudaron a comprar la corona  y el vestido para la coronación.

Lorena está ahora trabajando en una panadería, la de doña Rosario. Antes estuvo vendiendo lápices pero no le fue bien y le quedaron debiendo mucha plata. Está muy gordita de la barriga. Yo creo que ya no sirve para modelo. Lorena no quiere trabajar más en la panadería porque le toca madrugar a las cinco de la mañana.

Ahora está lavando el baño de mi tío. Yo también quiero ser modelo pero todos me molestan en la escuela porque dicen que soy gay".

sábado, 31 de marzo de 2012

ESCUCHANDO A MOTHER DE JOHN LENNON








Le cantaste a tu madre y a tu padre. Los fantasmas no retornan, amigo Lennon. Yo todavía tengo a mi madre pero un día no creí en lágrimas de mi padre y lo dejé solo, abatido sobre el largo sillón en la biblioteca. Te cantaste, cuando esas memorias de madre lejana y padre que no llegaba, no podían continuar en el silencio y suplicaban una guitarra, una voz.

 Solo queda la canción. Mother, producto de  un proceso sicoterapéutico  del citado músico con Janov, creador de la Terapia Primal, hoy por hoy desacreditada, mediante la cual  los pacientes encontraban sus auténticos sentimientos re-experimentando el dolor emocional.

Tienen que marcharse todos de nuestro lado para reconocer uno la inminencia de la soledad. Cuatro fúnebres campanadas iniciales tañen todavía, cuando tú y ellos siguen muertos. Cuatro campanadas llamando a réquiem de la ternura, del te- dije- madre; te- dije- padre; te- dije- hijo; no- te- dije madre;  no –te- dije- padre;  no- te- dije- hijo,   al cual solo acudo yo volviendo una y otra vez sobre el tema, con lágrimas donde mi padre tampoco estaba cuando le llamé, pero donde -ya adulto- tampoco estuve yo cuando él sollozó su último amor de senectud.

 Me descalabran esas campanadas.  Ni tú ni ellos estuvieron cuando debían estar. Por algún motivo, alguno se iba, despacio o corriendo, de frente o de espaldas, cuando los demás lo necesitaban. Allí cerca, fue difícil no dejarse impregnar por las distancias y cada uno, tu madre, tu padre, tú mismo siendo un niño, cargaron caminos por donde los otros no iban.

UN RELATO DE FILOSOFÍA ANALÓGICA







Este es uno de los  evocadores microrrelatos sufís que me agrada relatar a mis niños de escuela, aunque no los comprendan; a mis compañeros profesores, aunque afirmen entenderlos; a cuantos estén dispuestos a escucharlos o se nieguen a conocer tal tipo de literatura objetiva.
En particular a cuantos cargan cemento…plomo o excrementos en su alma, en su sensibilidad, fondeados en la sordidez de sus limitaciones del Conocer y del Ser.

Este tipo de ancestrales historias, hace parte de la monumental colección de formulaciones terrestres más importantes y secretas, pero a la vez transmitidas en su momento a la humanidad, donde se almacenan y trasmiten determinadas ideas para el desarrollo sicológico del ser humano.  “En nuestros días”, señala el neosufí Idries Sha, “no son muchos los individuos capaces de utilizar correctamente las historias”, y enfatiza, “es un  método muy antiguo, aún irremplazable, para dar forma y transmitir un conocimiento que no puede expresarse de ninguna otra manera”.

Filosofía analógica. Historias como la presente y otras para compartir con quienes florezcan por estos escondrijos, no de mi alma sino de la sabiduría sufí, me socorren para no dejarme absorber por la sociedad y la época donde sobrevivo. Se encuentra en una  breve antología titulada Losmejores relatos derviches, editorial Long Seller, Argentina (2001), Clásicos de bolsillo.

Un príncipe le dijo a un erudito: “La conversación de aquel sufí que está allá es tan frívola y general que no creo que pueda ser auténtico”. El erudito le contestó: “Oh, Emir de Jeques, debes saber que existen tres formas de Conocimiento Profundo: el conocimiento profundo conocido por todos; el conocimiento profundo que se da a través del habla compleja y el conocimiento profundo que se transmite por medios aparentemente frívolos. Las bromas de aquel sufí han hecho cien santos; mientras que otros hombres, de aspecto serio y palabras amenazantes, han hecho…cadáveres. Cierta vez se le dio a un hombre la oportunidad de beber del Agua de la Vida y se rehusó porque no le gustó la forma de la copa. Si eres hombre de “formas”, ¿por qué hablas de “profundidad?”.



martes, 27 de marzo de 2012

DECÁLOGO DEL ESCRITOR




1. Cuanto piensas escribir, tomará otros caminos al escribirlo. Síguelos sin titubear. No sometas tu escritura a nada ni a nadie. Circunscríbete a tu escritura.


2. Si aprendes a mirar, el vuelo del zancudo te revelará las intenciones de Dios contigo y con el mundo. Entonces, cualquier renglón escrito será significativo para ti, aunque lo ignoren críticos, lectores y editores.


3. Si no sabes mirar, cambia de oficio. La escritura no es para ti. La poesía no es para ti. Ninguna letra te pertenece, en realidad. Es fácil: mira hacia afuera cuando no soportes mirar hacia adentro. Y observa hacia adentro cuando descubras que todo lo de afuera ya está escrito: lo narró el Creador.


4. Escribe siempre, aunque no tengas a la mano un lápiz, una hoja o un computador. Escribe con la mente, escribe sin palabras, pero escribe. En sueños o despierto. Muerto o vivo, escribe.


5. Habla solo. Escúchate en medio del ruido de los demás. Debes desarrollar la habilidad de abstraerte entre la multitud o de mimetizarte con ella.


6. Unos antes y otros después… todos los escritores pasarán al olvido. Escribe sin esperar reconocimientos. Esos escritores que te parecen inmortales, pronto caerán en el olvido. Sus obras, nadie las leerá. Hay millares detrás en iguales condiciones. Mira la historia de la literatura para no envanecerte.


7. No te preocupes en preguntarte por qué escribes. Toda respuesta es verdadera, por contradictoria que parezca si escribes con amor y pasión y no lo haces por dinero  ni por cuestiones sociales. No te preocupes en responderte por qué escribes. Toda respuesta es falsa.


8. No te importe dejar textos inconclusos. No fuerces nunca el texto, pero corrígelo para alcanzar un poco más de belleza.


9. Escribe, corrige, vuelve a escribir y torna a corregir. Estarás aproximándote a tu estilo.


10. Cuanto dije en este decálogo no es válido para ti. Improvisa  el tuyo y síguelo o infríngelo. De todas maneras, hay decenas de decálogos del escritor y a nadie le importa uno más o uno menos.


miércoles, 21 de marzo de 2012

DE PERROS Y DE LIBROS





¿De dónde surgen determinados temas invitando  a escribir, a consultar y compartir con hipotéticos lectores a quienes tal vez el asunto mencionado los deje indiferentes? Se materializan en todo lugar y conversación porque los temas convocan siempre al escritor. Se presentan por sí mismos. Viajan desde diferentes lugares de la realidad o la imaginación. Desde un libro, o desde un lugar específico en ámbitos por donde transita el escritor. Sólo se requiere su interés por cuanto le asombra, sin menospreciar objetos ni ideas, sin subvalorar personas o circunstancias por distantes que parezcan de su sensibilidad.

El escritor debe emocionarse con el tema y valorarlo desde disímiles puntos de vista. El escritor en su oficio, debe repensarlo y recrearlo a partir de la idea original. De la imagen generada en su habitación o por la calle o desde el libro en sus manos. La búsqueda de información al respecto, debe ser placentera y amplia, profunda, sin convertírsele  en tarea forzosa e ingrata. Cuando un tema no se abandona mentalmente y se integra a los sentimientos del autor y a su cotidianidad, por frívolo que parezca atrae elementos enriquecedores de lo indagado. Interesantes asociaciones no tardan en presentársele.

De  esa trama para compartir, emergen temas afines convirtiendo el acto literario, el hecho de la escritura, en evento mágico, de incalculables variables sicológicas y  lingüísticas, henchido de posibilidades  poéticas y narrativas. Tales semejanzas reduplican las perspectivas del tema, maneras de enfocarlo, sus relaciones con los géneros literarios pero, en particular, nos sensibilizan con emociones, sentimientos e ideas no previstos.

La anterior  reflexión sobre algunos elementos del proceso literario, vale como exordio para relatar mi encuentro temático con los perros en Caicedonia, Valle del Cauca. Con el escritor neodadaista Carlos Alberto Agudelo Arcila, dialogábamos discurriendo sobre posibles títulos para uno de sus tantos libros de poemas inéditos. Al cabo de algún tiempo y después de varios títulos, entre juegos de retozonas palabras, vocablos canoros y chirriadores, conceptos vagos, frases ostentosas y nombres improcedentes, saltó, batiendo su larga cola, el de Perros metafóricos, a raiz de la obsesiva aparición de estos en la rutilante poesía de Agudelo Arcila. Perros como perros y perros como metáforas.

Perros como símbolos y perros para personificar variadas condiciones del ser humano. A ambos nos atrajo el título. En ejercicio de memorización y a partir de recordar en aquel momento el libro de poesía Los perros románticos, del chileno Roberto Bolaño, escudriñamos obras literarias en cuyos títulos se utilizara la palabra perro. La atención recayó en dicho ejercicio. La idea de perros bibliográficos en poesía, cuento y novela, mutó en fantasmal perro literario deambulando por la sala, el corredor y la cocina, mirándonos directo a los ojos, olisqueándonos los zapatos y retando nuestra memoria. En ese momento, no recordamos más allá de seis títulos, entre ellos: Los perros hambrientos, de Ciro Alegría; Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez; La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; El coloquio de los perros, de Cervantes y Los perros de la guerra, de Frederick Forsyth. Bajo los sillones se echaba Luna, perrita de la familia Agudelo atenta al palabrerío del par de escritores ladrando para sus adentros. Subsistió el título: Perros metafóricos. Breve como el de Bolaño y reflejando intenciones filosóficas y estéticas de Carlos Alberto en su libro.

De regreso a Calarcá, como perro propio, la idea de estos animales en títulos de obras literarias jadeó tras de mí, melosa e insistente, invitando a buscar más libros en los citados campos cuyos títulos incluyeran la palabra perro, en singular, plural, femenino o masculino. No excluí tal obsesión. Todo tema es sugestivo si se circunscribe en un marco determinado, enriqueciéndolo con información clara. Para el juego de la literatura, no hay temas trascendentes o vanales. La intensidad del texto depende de la pasión puesta por el escritor. No puedo dejar de recordar, al escribir sobre perros, tres chistecitos cándidos aprendidos en mi infancia.

 El primero. Un perro aconseja a otro: “Te ves muy desganado, debías ir donde el veterinario”. “Ya fui y me dijo que orgánicamente estoy bien”. “Entonces visita al siquiatra”. “No, porque mi amo me tiene prohibido subirme a los sofás”.

El segundo, un poco trágico. Un señor entró a una cantina y en voz alta dijo: “¿Quién es el dueño del gran danés que está afuera? Mi chihuahua lo mató… ¡Se le quedó atrancado en la garganta!”.

Y el tercero… Un perro está en venta. Un cliente se acerca y el animal le advierte : “Mi amo me pega y no me da de comer. Me tiene envidia porque he ganado varios premios y medallas. No me deja dormir ni me lleva a pasear. Hoy cumplo cinco meses sin aparearme”. El cliente, estupefacto, se dirige al dueño diciéndole: “Oiga, este perro es una maravilla. ¿Por qué quiere venderlo?”. “Es muy mentiroso y manipulador”, responde aquel.

Tan pronto llegué de Caicedonia  -por aquellos días no tenía internet en mi hogar- revisé el índice de autores de la célebre Colección Austral, Espasa-Calpe de Madrid, entre cuyos 1.298 títulos del libro consultado solo encontré dos con la exigencia requerida: La señora del perro, de Anton Chéjov y El perro del hortelano, de Lope de Vega. Nada más, entre  tan copiosa bibliografía. Encontré, sí, cabras, toros, esfinges, leones, bueyes, sirenas, tigres, ciervos y ruiseñores. Nuevos temas. Otras ideas solicitando atención y párrafos. Buscando aterrizar en las páginas en blanco. Entre todos, el perro es el animal frecuente en títulos de obras literarias. Prevalece sobre los demás animales. Conservo entre mis notas de agenda y tareas para realizar, un fabuloso zoológico de títulos con tales características.

En otros catálogos revisados, no encontré uno solo. Esto aumentó mi interés por la indagación propuesta. Luego apareció internet, con sorprendentes resultados y sitios semejantes a los del propósito en mente. Por allí trajinaban jaurías  protagonistas de obras literarias antiguas y modernas. El mejor amigo del hombre no descansaba en el hogar nada más. También hacía parte de su existencia en la literatura. El placer literario de la consulta da intensidad al hecho de la escritura. Revitaliza textos incrementando sus posibilidades de expresión. Un elemento básico para el escritor en su oficio, debe ser la tenacidad con cuanto pretende decir, con las palabras próximas a nacer o con aquellas en desarrollo.

No contemplo la posibilidad remota de un periodista, un columnista, un poeta, cualquier trabajador de la palabra, afirmando carecer de temas para escribir.  Algo inaudito. Además de internet, otras fuentes nutrieron  mi obsecación en jubiloso recorrido por libros y autores de varios siglos, experiencia que no quedó solo  dentro del ámbito literario. En la calle, cuando observo perros y los relaciono con fastuosos  títulos encontrados, hay en tal percepción otros niveles de fraternidad para con estos. Dejan de estar distantes de mi conocimiento. Surge con ellos una familiar proximidad donde el afecto nos hermana.

Mi imaginación los engalana con cualidades resaltadas por títulos de los libros. En perros reales cercanos a mi rutina de profesor y escritor, encarnan metáforas del afecto y la lealtad. Para mí es una fiesta cotidiana de sensaciones, sentimientos e imágenes transformándome a cada perro en una revelación de la vida. Este ejercicio, dándoselo a conocer a estudiantes de escuelas, colegios y universidades, sensibles frente a tales compañeros del hombre, podría convertirse en factor de inducción para la lectura y el respeto hacia los perros parias. No recopilé títulos en otros idiomas. Solo en español.

Los perros llevan junto al hombre 14.000 años acompañándole y justificándole su sentido de la amistad. ¿Cuál amante de los perros y la literatura, extravagante y cariñoso, coleccionaría libros de cuentos, poesía, novela, teatro y ensayo, donde los títulos tengan la palabra perro? Conozco centenares de manías y decenas de maniáticos y colecciono coleccionistas de todo tipo de objetos, pero tal vez el único capaz de hacerlo es Gog, personaje excéntrico  de dos satíricos libros del escritor italiano Giovanni Papini. Entre las reglas de mi búsqueda,  me propuse no incluir títulos de libros ajenos a lo literario.Estos son algunos:

El perro rabioso, de Horacio Quiroga. Cuentos.
Corazón de perro, de Mijaiel Bulgakov. Novela.
Oscar, un perro entre los hielos, de Nils Lied. Novela.
La balada de la playa de los perros, de Cardoso Pires. Novela.
Los perros de Riga, de Henning Nankell. Novela.
La dama de los perros, de María Eugenia Leefmans. Novela.
Perros héroes, de Mario Alfredo Bellatin. Novela.
Suerte de perros y otras historias. José Fernández de la Sota. Cuentos.
El perro y la calentura, de Pedro  de Espinoza.
El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon. Novela.
Los perros del paraíso, de Abel Posse. Novela.
La paseadora de perros, de Schnur Leslie. Novela.
Volveré con mis perros, de Ednodio Quintero. Cuentos.
La isla de los perros, de Patricia Cornwell. Novela.
La perromaquia, de Pisón y Vargas.
Perromaquia, de Nieto y Molina.
El perro de Baskerville, de Arthur Conan Doyle. Novela.
Los perros mudos, de Miguel Barnet. Fábulas.
Dos perros y una abuela, de Olga Morkman. Novela.
El perro acomplejado, de Altair Tejada. Cuentos.
Un perro amarillo, de Walter Mosley. Novela.
Perro blanco, de Romain Gari. Novela.
El perro canelo, de George Simenon. Novela.
El perro de Arturo, de Ginnete Anfousse. Novela.
El perro de colores, la oveja negra y la liebre miedosa, de Irina Korschnow. Novela.
El perro de Dostoiewski, de Luis Martínez de Mingo. Novela.
El perro de Isabel,  de Jesús Ballaz Zabalza. Cuentos. El perro de Pablo y Ana. Cuentos.
Perro de mar Williams y el norte congelado, este es el cuarto terrible cuento del espectro espeluznante, de Vivian French. Cuentos.
El perro de terracota, de Andrea Camilleri. Novela.
El perro del capitán, de Ricardo de la Vega y Oreiro. Teatro.
El perro del cerro y la rana de la sabana, de Ana María Machado. Cuentos.
El perro diabólico, de Frederick Marryat. Novela.
El perro Dín-Dón, de Blanca de los Ríos. Novela.
Harry es un perro con las mujeres, de Jules Feiffer. Novela.
El perro, el chivo y los tigres, de Aquiles Nazoa. Cuentos.
El perro, el coyote y otros cuentos mejicanos, de varios autores. Cuentos.
Un perro en la casa del amor, de Alex Fleites. Poesía.
El perro loco, de José Luis Castillo. Novela.
El perro malo, de Enid Blyton. Cuentos.
Perro negro en Manila, de Alex Garland. Novela.

Relataré una anécdota de perros para hacer menos abrumador este canino desfile de títulos, autores y géneros literarios donde predomina la novela. La encontré en el Diccionario de rarezas, inverosimilitudes y curiosidades, de Vicente Vegs, Barcelona, 1972, Editorial Gustavo Gili. En la sección dedicada a la palabra perro, se cuenta la historia  “del fiel perrito alemán llamado Schwarz. Su amo, un profesor de la Universidad de Heidelberg, le había enseñado a ir al estanco y traerle una bolsita de tabaco. 

Posteriormente, el profesor se trasladó a otra ciudad, separada 128 kilómetros de la primera. Una mañana, le ordenó al perro: “¡Ve por tabaco!”. El animalito se tiró al suelo aullando y gimiendo, pero el profesor lo arrastró hasta la puerta abierta y el perro partió. Pasaron tres semanas sin que regresara, apareciendo al cabo de ellas, tembloroso y enflaquecido, llevando en la boca una bolsa de tabaco cubierta de polvo, que dejó a los pies de su amo, muriendo después. Más tarde comprendió el profesor que mientras él trató de que el perro fuera por el tabaco al estanco más cercano a su nueva casa, el pobre animal creyó que debía ir al de Heidelberg”.

Sigo con mi parcial lista:

Un perro negro, grande y…peludo, de Andrés Guerrero. Novela.
Perro: o los bocados de la calandria, de María Ángeles Mueso. Poesía.
Perro, perrito, de Daniel Penac. Cuentos.
El perro prodigio, de Richard Arthur Warren Hughes. Cuentos.
Pánico en la Scala: el perro que ha visto a Dios, de Dino Buzzati . Novela.
Perro que no conozcas no le pises el rabo, de Luis Martínez Alean. Proverbios y refranes.
El perro que no sabía ladrar, de Gloria Fuertes. Cuentos.
El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco, de Francisco Candel. Novela.
El perro rastrero, de Francoise Sagan. Novela.
El perro sin terminar, de María Granata. Cuentos.
El perro tatuado, de Paul Maar. Cuentos.
Perro tiene sed, de Satoshi Kitamura. Cuentos.
Un perro tocando la lira y otros poemas, de Euler Granda. Poesía.
El perro Viernes, de Hilary Mckay. Cuentos.
Perro y gato, de Ricardo Alcántara. Cuentos.
El perro y la golondrina, de Richard Creus. Cuentos.
Los perros de la risa amarilla, de Fernando Pinzón Pérez. Novela.
Perros de paja, de Rigoberto Gil Montoya. Novela.
Perros de paja: reflexiones  sobre los humanos y otros animales, de John Gray. Filosofía.
Perros de presa, de Juan Ramón Mercado. Cuentos.
Los perros del cortejo, de Rodolfo Relman.Poesía.
Los perros, el deseo y la muerte, de Boris Vian. Cuentos.
Los perros guardianes, de Paul Nizan. Filosofía.
Los perros ladran, de Truman Capote. Biografías.
El perro y la pulga, de Dimitr Inkiow. Cuentos.
El perro y las liebres, de Antonio Rodríguez Almodovar. Cuentos.
El perro ylosdemás, de Amelia Rodríguez.
Perromundo, deCarlos Alberto Montaner. Novela.
Los perros, de RobertCalder. Novela.
Perros ahorcados, de César Simón. Diario.
Los perros de Acteón, de Avel Artis-Gener. Novela.

En mi agenda perrera gruñen  decenas de títulos más. Uno de ellos, Quién patea un perro muerto, mi libro de cuentos publicado en 2010 por la Biblioteca de autores quindianos. Solo en castellano, el catálogo es voluminoso y muchos de tales encabezamientos inducen a buscar y leer aquellos libros a los cuales se refieren. Escuchemos al comediante Groucho Marx cuando asegura: “Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, quizá esté muy oscuro para leer”.