martes, 24 de abril de 2012

ANORMALIDAD CON JAZZ INCLUÍDO





Ni crédulo ni mucho menos supersticioso. Lo ocurrido hace una semana, podría atribuírselo a Makemba, Bumba, Kalunga, Unkulunkulu o cualquier otra despreciable y oscura deidad africana, pero me gusta más adjudicárselo al azar. Siempre he dejado todo en manos del azar y es como si Dios hubiese hecho el universo para mí, a la medida de mis sentimientos y emociones, de mis miedos pero también de mis inocultables alegrías.

 El azar carece de color y esto me agrada. Por fortuna no es negro como la materia oscura. Concederle importancia al suceso de ayer, sería dársela a cada uno de aquellos inoportunos negros que contribuyeron a la anormalidad del viaje. No caeré en tal error. La discriminación racial hace parte del azar como encuentro accidental, uno de los cuatro tipos de azar conocidos. En otro viaje podría ocurrirme de nuevo con indígenas, judíos, gitanos o gays porque el azar es brutal y no tiene misericordia con nadie. Si uno viaja en un vehículo público, dispuesto a roces y saludos, a escuchar insípidos diálogos, a oler cuerpos, a encuentros indeseables con pasajeros de baja condición social, el azar también sube en la terminal a incomodar durante el trayecto.

Sucedió en mayo 5 de 2003 y en esa ocasión los protagonistas fueron cinco negros. Me gusta ser puntual cuando relato algo, para que la gente no desconfíe. En el periódico de Armenia dieron la noticia y publicaron una foto. Tampoco se le mezcle cábala ni magia al evento. Fueron coincidencias y nada más. Para que me entiendan mejor, debo confesar sin modestia, con orgullo de quien escucha a Wagner, a Haendel, Strauss y Schumann, que me mortifican, me disgustan y ensordecen el jazz, el soul, los blues y el góspel. No tolero ese ruido y menos cuando fastidia desde las voces de sus negros intérpretes.

Evito a la gente que me habla de jazz. Si son personas blancas, lo considero insulto mayor. Es curioso: en mi región quienes menos hablan de jazz son los negros. Les atrae otro tipo de música. Aunque quisieran, veo inaccesible la cultura del jazz para los negros de mi país. Nada quieren saber de jazz. Si tuviese algo de supersticioso, pensaría que los cinco negros subiendo al bus donde yo viajaba para Caicedonia, me los envió a propósito una retorcida deidad de las etnias thonga, barumbi, kissi o bateké. He acabado tres relaciones amorosas porque a mis compañeras les apasionaba el jazz. Puedo soportar otros defectos, tolerar otra clase de superficialidades, convivir con sus adicciones o escucharlas hablar de amor, pero no concibo una mujer dándome clases de teoría del jazz y mientras leo a Elytis en la intimidad de mi alcoba, aguantar negros ensordeciéndome con sus quejas y alaridos, con sus fraseos.

 No soy agresivo ni tengo parafilias pero, en una ocasión, a una de mis amantes, desde la boquilla hasta la vocal introduje en su vagina una parte del saxofón con el cual ella ensayaba. Fue fugaz el hecho, sin embargo lo gozó. La última mujer que convivió conmigo, dejó pegados en las paredes del apartamento numerosos afiches en blanco y negro, con imágenes de esos negros. Insólito: afiches en blanco y negro. Por las noches, con las habitaciones en penumbras, adquirían vida y se movían sin abandonar sus espacios. No se los llevó. Ahí sobrevivieron varios meses, prueba de mi perpetua tolerancia. Ha sido la única negra con quien he sostenido alguna intimidad sexual y sentimental… Me persiguen sus sombras, sus instrumentos, sus gestos característicos: Louis Armstrong,  Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Miles Davis y John Coltrane. Todavía me sorprendo repitiendo sus nombres en algunos momentos de mi vida.

Salí de la terminal de Armenia en uno de los buses blancos que hacen su recorrido hasta el municipio vallecaucano de Caicedonia. Solo cinco sillas desocupadas y nadie al lado mío. El viaje prometía ser plácido. Lo fue hasta aproximarnos al corregimiento de Barcelona, donde se subió un negro parecido a Louis Armstrong. Aunque no son frecuentes tales calamidades, lo miré sin perturbarme demasiado, considerándolo normal en el viaje.

 Kilómetros más adelante, en la entrada hacia el municipio de Buenavista, el vehículo se detuvo y subió otro negro. Vestía camiseta amarilla y se me pareció a Dizzy Gillespie. No saludó a Louis. A nadie. Su presencia desgarró la regularidad de mi viaje porque comencé a inquietarme. En el sitio llamado Barragán, la tensión llegó al límite cuando un negro más subió al bus. El mismo Charlie Parker. Era Charlie, quién más. Como si Kalunga los hubiese puesto de acuerdo para trastornar la lógica del tranquilo viaje que con frecuencia realizo. No se miraban entre ellos. Tal vez se despreciaban. O eran racistas. O ninguno quería reconocerse en el rostro de sus compañeros. El bus siguió su pavoroso recorrido hacia Caicedonia. De un camino veredal que conduce hacia Pijao, salió Miles Davis. Lo vi desde cuando corrió por el camino para no dejar pasar el vehículo. Ni Armstrong, ni Gillespie, ni Parker, lo determinaron. Davis correspondió con igual indiferencia. Cerca de un caserío llamado Ciudad del sol, subió al bus otro negro: John Coltrane. Lo reconocí: el mismo Coltrane del afiche que me dejó Jazzbelle. Coincidencias, nada más, juegos del azar.

Faltaba poco para llegar a Caicedonia, cuando en una nueva parada del bus subió un joven rubio de ojos azules. Al no encontrar silla en el bus, miró a los negros, sacó un revólver y les disparó, uno tras otro, frente a la pacífica indiferencia y notoria alegría de los demás pasajeros. Yo, entre ellos, fingiendo dormir. La normalidad regresó al viaje. Cuando llegué a Caicedonia, narré la historia a mi amigo el poeta Carlos Alberto Agudelo. Este me invitó a comer y entramos en un restaurante nuevo, en el parque de Bolívar, donde nos atendió una abultada mujer negra, acompañada por sus dos hermanas, negras también. Un buen viaje, no se puede negar, a pesar de los inconvenientes.



miércoles, 4 de abril de 2012

MOTIVOS DE TRISTEZA LITERARIA




  1. Los bellos poemas, cuentos y novelas que siempre olvido.
  2. Los excelsos poemas, cuentos y novelas aún no escritos
  3. Los subrayados que tracé en mis libros y no volveré a ver ni a leer.
  4. Los subrayados que pude haber delineado en mis libros y no tracé, por falta de atención o escasez de sensibilidad al leer.
  5. Los deplorables textos escritos por otros y por mí.
  6. Los textos que críticos, editores y reseñistas pretenden hacerme pasar por excelentes textos.
  7. Los malos poemas recordados en los buenos momentos.
  8. Los buenos libros antiguos y modernos que nunca leeré y de los cuales nunca conoceré siquiera sus títulos. Ni sus autores.
  9. Los escritores afines con quienes nunca me conoceré. No habrá una sola palabra entre ellos y yo.
  10. Alguien a quien pudieran gustar mis textos pero jamás sabrá que existo y escribo.
  11. Los libros que nunca se escribirán.
  12. Los buenos libros escritos que jamás se publicarán.
  13. Los malos libros exaltados por la publicidad y los reseñistas mercenarios.
  14. Los poetas silenciosos, trabajando su obra por el gusto de escribirla sin esperar lectores. Ajenos a intrigas y codicias de editores.
  15. Los poetas que hablan demasiado.
  16. Los silencios de veredas quindianas sin poetas para escucharlos y cantarlos haciendo coro a las aves.
  17. Los millares de libros en bibliotecas públicas y privadas esperando lectores que nunca llegarán.
  18. Las lecturas siempre postergadas, cediéndole espacio a la rutina hogareña o laboral.
  19. Los libros desplazados por otros libros, sin causarnos remordimientos.
  20. Nuestros libros, al lado de la producción mundial de libros.
  21. Los escritores amigos leyéndonos siempre sus textos inéditos, sin preguntarnos jamás por los nuestros.
  22. Los versos leídos, inspirándonos otros versos que no somos capaces de escribir, pensados y nada más.
  23. Las páginas, párrafos y líneas no corregidas, siempre susceptibles de múltiples correcciones.
  24. Los libros malinterpretados y los poemas incomprendidos.
  25. Los buenos libros que pude leer si no hubiera tenido prejuicios contra sus autores.
  26. Los malos libros a los cuales dediqué tiempo sólo por solidaridad literaria con sus autores.
  27. Los libros en otros idiomas, sin traducir al español, y que moriré sin verlos traducidos.
  28. Los libros escritos solo para vivir vida de inéditos.
  29. El avance de los medios tecnológicos que sustituirán al libro.
  30. La limitación intelectual de quienes no ven más allá de sus condicionamientos literarios.
  31. Los poetas del Quindío.
  32. Los novelistas del Quindío.
  33. Los cuentistas del Quindío.
  34. Los minicuentistas del Quindío.
  35. Mis haikus floreciendo entre el realismo sucio.
  36. El realismo sucio llamándome a diario desde el fondo de mis textos.
  37. Los soberbios columnistas de periódicos y revistas capitalinos juzgando la literatura nacional.
  38. El pobre manejo que del lenguaje hablado y escrito hacen los periodistas.
  39. Los versos y poemas soñados que soy incapaz de traer hasta la vigilia.
  40. Los subrayados que otras personas hacen en mis libros.


RETRATOS URBANOS: LA MODELO






"Ella terminó bachillerato el año pasado, en el colegio de aquí. Es mi hermana mayor, Lorena. En mi casa somos siete y Lorena es la más bonita de todas.

Yo también soy bonita, me dice mi mamá cuando me ve triste porque no tengo champú para mi cabello. Soy la más pequeña pero ya casi cumplo los 11.

Siete sin contar a mi abuelita, que se la llevaron de la casa antes de morir y desde entonces mi abuelo toma mucha cerveza, mucha y a veces aguardiente, él vive con nosotros en un ranchito que se armó en el patio, con desechos.

Mi hermana Lorena fue la reina del colegio. Quería ser modelo desde la edad mía y cuando ganó para reina en la semana de la cultura del colegio, los profesores le dijeron que ese era el primer paso para realizar sus ideales. Varios profesores se lo dijeron y le ayudaron a comprar la corona  y el vestido para la coronación.

Lorena está ahora trabajando en una panadería, la de doña Rosario. Antes estuvo vendiendo lápices pero no le fue bien y le quedaron debiendo mucha plata. Está muy gordita de la barriga. Yo creo que ya no sirve para modelo. Lorena no quiere trabajar más en la panadería porque le toca madrugar a las cinco de la mañana.

Ahora está lavando el baño de mi tío. Yo también quiero ser modelo pero todos me molestan en la escuela porque dicen que soy gay".

sábado, 31 de marzo de 2012

ESCUCHANDO A MOTHER DE JOHN LENNON








Le cantaste a tu madre y a tu padre. Los fantasmas no retornan, amigo Lennon. Yo todavía tengo a mi madre pero un día no creí en lágrimas de mi padre y lo dejé solo, abatido sobre el largo sillón en la biblioteca. Te cantaste, cuando esas memorias de madre lejana y padre que no llegaba, no podían continuar en el silencio y suplicaban una guitarra, una voz.

 Solo queda la canción. Mother, producto de  un proceso sicoterapéutico  del citado músico con Janov, creador de la Terapia Primal, hoy por hoy desacreditada, mediante la cual  los pacientes encontraban sus auténticos sentimientos re-experimentando el dolor emocional.

Tienen que marcharse todos de nuestro lado para reconocer uno la inminencia de la soledad. Cuatro fúnebres campanadas iniciales tañen todavía, cuando tú y ellos siguen muertos. Cuatro campanadas llamando a réquiem de la ternura, del te- dije- madre; te- dije- padre; te- dije- hijo; no- te- dije madre;  no –te- dije- padre;  no- te- dije- hijo,   al cual solo acudo yo volviendo una y otra vez sobre el tema, con lágrimas donde mi padre tampoco estaba cuando le llamé, pero donde -ya adulto- tampoco estuve yo cuando él sollozó su último amor de senectud.

 Me descalabran esas campanadas.  Ni tú ni ellos estuvieron cuando debían estar. Por algún motivo, alguno se iba, despacio o corriendo, de frente o de espaldas, cuando los demás lo necesitaban. Allí cerca, fue difícil no dejarse impregnar por las distancias y cada uno, tu madre, tu padre, tú mismo siendo un niño, cargaron caminos por donde los otros no iban.

UN RELATO DE FILOSOFÍA ANALÓGICA







Este es uno de los  evocadores microrrelatos sufís que me agrada relatar a mis niños de escuela, aunque no los comprendan; a mis compañeros profesores, aunque afirmen entenderlos; a cuantos estén dispuestos a escucharlos o se nieguen a conocer tal tipo de literatura objetiva.
En particular a cuantos cargan cemento…plomo o excrementos en su alma, en su sensibilidad, fondeados en la sordidez de sus limitaciones del Conocer y del Ser.

Este tipo de ancestrales historias, hace parte de la monumental colección de formulaciones terrestres más importantes y secretas, pero a la vez transmitidas en su momento a la humanidad, donde se almacenan y trasmiten determinadas ideas para el desarrollo sicológico del ser humano.  “En nuestros días”, señala el neosufí Idries Sha, “no son muchos los individuos capaces de utilizar correctamente las historias”, y enfatiza, “es un  método muy antiguo, aún irremplazable, para dar forma y transmitir un conocimiento que no puede expresarse de ninguna otra manera”.

Filosofía analógica. Historias como la presente y otras para compartir con quienes florezcan por estos escondrijos, no de mi alma sino de la sabiduría sufí, me socorren para no dejarme absorber por la sociedad y la época donde sobrevivo. Se encuentra en una  breve antología titulada Losmejores relatos derviches, editorial Long Seller, Argentina (2001), Clásicos de bolsillo.

Un príncipe le dijo a un erudito: “La conversación de aquel sufí que está allá es tan frívola y general que no creo que pueda ser auténtico”. El erudito le contestó: “Oh, Emir de Jeques, debes saber que existen tres formas de Conocimiento Profundo: el conocimiento profundo conocido por todos; el conocimiento profundo que se da a través del habla compleja y el conocimiento profundo que se transmite por medios aparentemente frívolos. Las bromas de aquel sufí han hecho cien santos; mientras que otros hombres, de aspecto serio y palabras amenazantes, han hecho…cadáveres. Cierta vez se le dio a un hombre la oportunidad de beber del Agua de la Vida y se rehusó porque no le gustó la forma de la copa. Si eres hombre de “formas”, ¿por qué hablas de “profundidad?”.



martes, 27 de marzo de 2012

DECÁLOGO DEL ESCRITOR




1. Cuanto piensas escribir, tomará otros caminos al escribirlo. Síguelos sin titubear. No sometas tu escritura a nada ni a nadie. Circunscríbete a tu escritura.


2. Si aprendes a mirar, el vuelo del zancudo te revelará las intenciones de Dios contigo y con el mundo. Entonces, cualquier renglón escrito será significativo para ti, aunque lo ignoren críticos, lectores y editores.


3. Si no sabes mirar, cambia de oficio. La escritura no es para ti. La poesía no es para ti. Ninguna letra te pertenece, en realidad. Es fácil: mira hacia afuera cuando no soportes mirar hacia adentro. Y observa hacia adentro cuando descubras que todo lo de afuera ya está escrito: lo narró el Creador.


4. Escribe siempre, aunque no tengas a la mano un lápiz, una hoja o un computador. Escribe con la mente, escribe sin palabras, pero escribe. En sueños o despierto. Muerto o vivo, escribe.


5. Habla solo. Escúchate en medio del ruido de los demás. Debes desarrollar la habilidad de abstraerte entre la multitud o de mimetizarte con ella.


6. Unos antes y otros después… todos los escritores pasarán al olvido. Escribe sin esperar reconocimientos. Esos escritores que te parecen inmortales, pronto caerán en el olvido. Sus obras, nadie las leerá. Hay millares detrás en iguales condiciones. Mira la historia de la literatura para no envanecerte.


7. No te preocupes en preguntarte por qué escribes. Toda respuesta es verdadera, por contradictoria que parezca si escribes con amor y pasión y no lo haces por dinero  ni por cuestiones sociales. No te preocupes en responderte por qué escribes. Toda respuesta es falsa.


8. No te importe dejar textos inconclusos. No fuerces nunca el texto, pero corrígelo para alcanzar un poco más de belleza.


9. Escribe, corrige, vuelve a escribir y torna a corregir. Estarás aproximándote a tu estilo.


10. Cuanto dije en este decálogo no es válido para ti. Improvisa  el tuyo y síguelo o infríngelo. De todas maneras, hay decenas de decálogos del escritor y a nadie le importa uno más o uno menos.


miércoles, 21 de marzo de 2012

DE PERROS Y DE LIBROS





¿De dónde surgen determinados temas invitando  a escribir, a consultar y compartir con hipotéticos lectores a quienes tal vez el asunto mencionado los deje indiferentes? Se materializan en todo lugar y conversación porque los temas convocan siempre al escritor. Se presentan por sí mismos. Viajan desde diferentes lugares de la realidad o la imaginación. Desde un libro, o desde un lugar específico en ámbitos por donde transita el escritor. Sólo se requiere su interés por cuanto le asombra, sin menospreciar objetos ni ideas, sin subvalorar personas o circunstancias por distantes que parezcan de su sensibilidad.

El escritor debe emocionarse con el tema y valorarlo desde disímiles puntos de vista. El escritor en su oficio, debe repensarlo y recrearlo a partir de la idea original. De la imagen generada en su habitación o por la calle o desde el libro en sus manos. La búsqueda de información al respecto, debe ser placentera y amplia, profunda, sin convertírsele  en tarea forzosa e ingrata. Cuando un tema no se abandona mentalmente y se integra a los sentimientos del autor y a su cotidianidad, por frívolo que parezca atrae elementos enriquecedores de lo indagado. Interesantes asociaciones no tardan en presentársele.

De  esa trama para compartir, emergen temas afines convirtiendo el acto literario, el hecho de la escritura, en evento mágico, de incalculables variables sicológicas y  lingüísticas, henchido de posibilidades  poéticas y narrativas. Tales semejanzas reduplican las perspectivas del tema, maneras de enfocarlo, sus relaciones con los géneros literarios pero, en particular, nos sensibilizan con emociones, sentimientos e ideas no previstos.

La anterior  reflexión sobre algunos elementos del proceso literario, vale como exordio para relatar mi encuentro temático con los perros en Caicedonia, Valle del Cauca. Con el escritor neodadaista Carlos Alberto Agudelo Arcila, dialogábamos discurriendo sobre posibles títulos para uno de sus tantos libros de poemas inéditos. Al cabo de algún tiempo y después de varios títulos, entre juegos de retozonas palabras, vocablos canoros y chirriadores, conceptos vagos, frases ostentosas y nombres improcedentes, saltó, batiendo su larga cola, el de Perros metafóricos, a raiz de la obsesiva aparición de estos en la rutilante poesía de Agudelo Arcila. Perros como perros y perros como metáforas.

Perros como símbolos y perros para personificar variadas condiciones del ser humano. A ambos nos atrajo el título. En ejercicio de memorización y a partir de recordar en aquel momento el libro de poesía Los perros románticos, del chileno Roberto Bolaño, escudriñamos obras literarias en cuyos títulos se utilizara la palabra perro. La atención recayó en dicho ejercicio. La idea de perros bibliográficos en poesía, cuento y novela, mutó en fantasmal perro literario deambulando por la sala, el corredor y la cocina, mirándonos directo a los ojos, olisqueándonos los zapatos y retando nuestra memoria. En ese momento, no recordamos más allá de seis títulos, entre ellos: Los perros hambrientos, de Ciro Alegría; Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez; La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; El coloquio de los perros, de Cervantes y Los perros de la guerra, de Frederick Forsyth. Bajo los sillones se echaba Luna, perrita de la familia Agudelo atenta al palabrerío del par de escritores ladrando para sus adentros. Subsistió el título: Perros metafóricos. Breve como el de Bolaño y reflejando intenciones filosóficas y estéticas de Carlos Alberto en su libro.

De regreso a Calarcá, como perro propio, la idea de estos animales en títulos de obras literarias jadeó tras de mí, melosa e insistente, invitando a buscar más libros en los citados campos cuyos títulos incluyeran la palabra perro, en singular, plural, femenino o masculino. No excluí tal obsesión. Todo tema es sugestivo si se circunscribe en un marco determinado, enriqueciéndolo con información clara. Para el juego de la literatura, no hay temas trascendentes o vanales. La intensidad del texto depende de la pasión puesta por el escritor. No puedo dejar de recordar, al escribir sobre perros, tres chistecitos cándidos aprendidos en mi infancia.

 El primero. Un perro aconseja a otro: “Te ves muy desganado, debías ir donde el veterinario”. “Ya fui y me dijo que orgánicamente estoy bien”. “Entonces visita al siquiatra”. “No, porque mi amo me tiene prohibido subirme a los sofás”.

El segundo, un poco trágico. Un señor entró a una cantina y en voz alta dijo: “¿Quién es el dueño del gran danés que está afuera? Mi chihuahua lo mató… ¡Se le quedó atrancado en la garganta!”.

Y el tercero… Un perro está en venta. Un cliente se acerca y el animal le advierte : “Mi amo me pega y no me da de comer. Me tiene envidia porque he ganado varios premios y medallas. No me deja dormir ni me lleva a pasear. Hoy cumplo cinco meses sin aparearme”. El cliente, estupefacto, se dirige al dueño diciéndole: “Oiga, este perro es una maravilla. ¿Por qué quiere venderlo?”. “Es muy mentiroso y manipulador”, responde aquel.

Tan pronto llegué de Caicedonia  -por aquellos días no tenía internet en mi hogar- revisé el índice de autores de la célebre Colección Austral, Espasa-Calpe de Madrid, entre cuyos 1.298 títulos del libro consultado solo encontré dos con la exigencia requerida: La señora del perro, de Anton Chéjov y El perro del hortelano, de Lope de Vega. Nada más, entre  tan copiosa bibliografía. Encontré, sí, cabras, toros, esfinges, leones, bueyes, sirenas, tigres, ciervos y ruiseñores. Nuevos temas. Otras ideas solicitando atención y párrafos. Buscando aterrizar en las páginas en blanco. Entre todos, el perro es el animal frecuente en títulos de obras literarias. Prevalece sobre los demás animales. Conservo entre mis notas de agenda y tareas para realizar, un fabuloso zoológico de títulos con tales características.

En otros catálogos revisados, no encontré uno solo. Esto aumentó mi interés por la indagación propuesta. Luego apareció internet, con sorprendentes resultados y sitios semejantes a los del propósito en mente. Por allí trajinaban jaurías  protagonistas de obras literarias antiguas y modernas. El mejor amigo del hombre no descansaba en el hogar nada más. También hacía parte de su existencia en la literatura. El placer literario de la consulta da intensidad al hecho de la escritura. Revitaliza textos incrementando sus posibilidades de expresión. Un elemento básico para el escritor en su oficio, debe ser la tenacidad con cuanto pretende decir, con las palabras próximas a nacer o con aquellas en desarrollo.

No contemplo la posibilidad remota de un periodista, un columnista, un poeta, cualquier trabajador de la palabra, afirmando carecer de temas para escribir.  Algo inaudito. Además de internet, otras fuentes nutrieron  mi obsecación en jubiloso recorrido por libros y autores de varios siglos, experiencia que no quedó solo  dentro del ámbito literario. En la calle, cuando observo perros y los relaciono con fastuosos  títulos encontrados, hay en tal percepción otros niveles de fraternidad para con estos. Dejan de estar distantes de mi conocimiento. Surge con ellos una familiar proximidad donde el afecto nos hermana.

Mi imaginación los engalana con cualidades resaltadas por títulos de los libros. En perros reales cercanos a mi rutina de profesor y escritor, encarnan metáforas del afecto y la lealtad. Para mí es una fiesta cotidiana de sensaciones, sentimientos e imágenes transformándome a cada perro en una revelación de la vida. Este ejercicio, dándoselo a conocer a estudiantes de escuelas, colegios y universidades, sensibles frente a tales compañeros del hombre, podría convertirse en factor de inducción para la lectura y el respeto hacia los perros parias. No recopilé títulos en otros idiomas. Solo en español.

Los perros llevan junto al hombre 14.000 años acompañándole y justificándole su sentido de la amistad. ¿Cuál amante de los perros y la literatura, extravagante y cariñoso, coleccionaría libros de cuentos, poesía, novela, teatro y ensayo, donde los títulos tengan la palabra perro? Conozco centenares de manías y decenas de maniáticos y colecciono coleccionistas de todo tipo de objetos, pero tal vez el único capaz de hacerlo es Gog, personaje excéntrico  de dos satíricos libros del escritor italiano Giovanni Papini. Entre las reglas de mi búsqueda,  me propuse no incluir títulos de libros ajenos a lo literario.Estos son algunos:

El perro rabioso, de Horacio Quiroga. Cuentos.
Corazón de perro, de Mijaiel Bulgakov. Novela.
Oscar, un perro entre los hielos, de Nils Lied. Novela.
La balada de la playa de los perros, de Cardoso Pires. Novela.
Los perros de Riga, de Henning Nankell. Novela.
La dama de los perros, de María Eugenia Leefmans. Novela.
Perros héroes, de Mario Alfredo Bellatin. Novela.
Suerte de perros y otras historias. José Fernández de la Sota. Cuentos.
El perro y la calentura, de Pedro  de Espinoza.
El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon. Novela.
Los perros del paraíso, de Abel Posse. Novela.
La paseadora de perros, de Schnur Leslie. Novela.
Volveré con mis perros, de Ednodio Quintero. Cuentos.
La isla de los perros, de Patricia Cornwell. Novela.
La perromaquia, de Pisón y Vargas.
Perromaquia, de Nieto y Molina.
El perro de Baskerville, de Arthur Conan Doyle. Novela.
Los perros mudos, de Miguel Barnet. Fábulas.
Dos perros y una abuela, de Olga Morkman. Novela.
El perro acomplejado, de Altair Tejada. Cuentos.
Un perro amarillo, de Walter Mosley. Novela.
Perro blanco, de Romain Gari. Novela.
El perro canelo, de George Simenon. Novela.
El perro de Arturo, de Ginnete Anfousse. Novela.
El perro de colores, la oveja negra y la liebre miedosa, de Irina Korschnow. Novela.
El perro de Dostoiewski, de Luis Martínez de Mingo. Novela.
El perro de Isabel,  de Jesús Ballaz Zabalza. Cuentos. El perro de Pablo y Ana. Cuentos.
Perro de mar Williams y el norte congelado, este es el cuarto terrible cuento del espectro espeluznante, de Vivian French. Cuentos.
El perro de terracota, de Andrea Camilleri. Novela.
El perro del capitán, de Ricardo de la Vega y Oreiro. Teatro.
El perro del cerro y la rana de la sabana, de Ana María Machado. Cuentos.
El perro diabólico, de Frederick Marryat. Novela.
El perro Dín-Dón, de Blanca de los Ríos. Novela.
Harry es un perro con las mujeres, de Jules Feiffer. Novela.
El perro, el chivo y los tigres, de Aquiles Nazoa. Cuentos.
El perro, el coyote y otros cuentos mejicanos, de varios autores. Cuentos.
Un perro en la casa del amor, de Alex Fleites. Poesía.
El perro loco, de José Luis Castillo. Novela.
El perro malo, de Enid Blyton. Cuentos.
Perro negro en Manila, de Alex Garland. Novela.

Relataré una anécdota de perros para hacer menos abrumador este canino desfile de títulos, autores y géneros literarios donde predomina la novela. La encontré en el Diccionario de rarezas, inverosimilitudes y curiosidades, de Vicente Vegs, Barcelona, 1972, Editorial Gustavo Gili. En la sección dedicada a la palabra perro, se cuenta la historia  “del fiel perrito alemán llamado Schwarz. Su amo, un profesor de la Universidad de Heidelberg, le había enseñado a ir al estanco y traerle una bolsita de tabaco. 

Posteriormente, el profesor se trasladó a otra ciudad, separada 128 kilómetros de la primera. Una mañana, le ordenó al perro: “¡Ve por tabaco!”. El animalito se tiró al suelo aullando y gimiendo, pero el profesor lo arrastró hasta la puerta abierta y el perro partió. Pasaron tres semanas sin que regresara, apareciendo al cabo de ellas, tembloroso y enflaquecido, llevando en la boca una bolsa de tabaco cubierta de polvo, que dejó a los pies de su amo, muriendo después. Más tarde comprendió el profesor que mientras él trató de que el perro fuera por el tabaco al estanco más cercano a su nueva casa, el pobre animal creyó que debía ir al de Heidelberg”.

Sigo con mi parcial lista:

Un perro negro, grande y…peludo, de Andrés Guerrero. Novela.
Perro: o los bocados de la calandria, de María Ángeles Mueso. Poesía.
Perro, perrito, de Daniel Penac. Cuentos.
El perro prodigio, de Richard Arthur Warren Hughes. Cuentos.
Pánico en la Scala: el perro que ha visto a Dios, de Dino Buzzati . Novela.
Perro que no conozcas no le pises el rabo, de Luis Martínez Alean. Proverbios y refranes.
El perro que no sabía ladrar, de Gloria Fuertes. Cuentos.
El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco, de Francisco Candel. Novela.
El perro rastrero, de Francoise Sagan. Novela.
El perro sin terminar, de María Granata. Cuentos.
El perro tatuado, de Paul Maar. Cuentos.
Perro tiene sed, de Satoshi Kitamura. Cuentos.
Un perro tocando la lira y otros poemas, de Euler Granda. Poesía.
El perro Viernes, de Hilary Mckay. Cuentos.
Perro y gato, de Ricardo Alcántara. Cuentos.
El perro y la golondrina, de Richard Creus. Cuentos.
Los perros de la risa amarilla, de Fernando Pinzón Pérez. Novela.
Perros de paja, de Rigoberto Gil Montoya. Novela.
Perros de paja: reflexiones  sobre los humanos y otros animales, de John Gray. Filosofía.
Perros de presa, de Juan Ramón Mercado. Cuentos.
Los perros del cortejo, de Rodolfo Relman.Poesía.
Los perros, el deseo y la muerte, de Boris Vian. Cuentos.
Los perros guardianes, de Paul Nizan. Filosofía.
Los perros ladran, de Truman Capote. Biografías.
El perro y la pulga, de Dimitr Inkiow. Cuentos.
El perro y las liebres, de Antonio Rodríguez Almodovar. Cuentos.
El perro ylosdemás, de Amelia Rodríguez.
Perromundo, deCarlos Alberto Montaner. Novela.
Los perros, de RobertCalder. Novela.
Perros ahorcados, de César Simón. Diario.
Los perros de Acteón, de Avel Artis-Gener. Novela.

En mi agenda perrera gruñen  decenas de títulos más. Uno de ellos, Quién patea un perro muerto, mi libro de cuentos publicado en 2010 por la Biblioteca de autores quindianos. Solo en castellano, el catálogo es voluminoso y muchos de tales encabezamientos inducen a buscar y leer aquellos libros a los cuales se refieren. Escuchemos al comediante Groucho Marx cuando asegura: “Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, quizá esté muy oscuro para leer”.





  

viernes, 16 de marzo de 2012

ESCENAS EN EL VIEJO ESTANQUE (2)


                                                    

                                            
Eran dos las ranas, saltando hacia el sereno estanque en la ermita del poeta Bashoo. Nacieron y crecieron juntas. Croaban cuando era necesario croar, silenciándose justo en el tiempo para silencios y cantos apagados entre la yerba o las albercas.

Croaban en cualquiera de las estaciones. Y al amanecer croaban y croaban al anochecer. Con luna llena, menguante o creciente, croaban. No sé las otras, pero este par de ranas en mi historia croaban sin saber nada del haiku. Ignoraban la presencia de poetas asombrados, escribiendo breves estrofas para plasmar la transitoriedad del mundo, la excelsitud del instante, la simplicidad de la vida y el decaimiento de las cosas.

Uno de ellos se llamaba Issa. Con Issa o sin él, croaban las ranas cuando era tiempo para croar aunque nadie escuchara sus melancólicas cantilenas. Issa escribió más de 200 haikus sobre ranas. Quince le dedicó al sapo, a las pulgas más de cien y sobrepasó los dos centenares sobre insectos de luz. La vida trató con dureza a Issa, a quien Blyth, teórico e historiador del haiku japonés, consideró “el más japonés de los poetas de haiku, o quizá de todos los poetas japoneses”. A pesar de su destino siempre en manos del sufrimiento y la agonía, consideró la vida más importante que el arte y fue en la existencia cotidiana donde buscó y descubrió la belleza.

Cuando las dos ranas resolvieron salir de su escondite para vivir en un sitio más fresco, tampoco sabían que en la ermita del poeta estaba, de paso hacia el templo Chookeiji, el maestro zen Bucchoo, sosteniendo inexplicable diálogo con aquel. Bucchoo preguntó a Bashoo: “¿Cuál es la ley de Buda, antes de que el musgo verde brotara?”…

Saltando sobre el blando musgo verde, sin preocuparse por la ley de Buda, solo una de las dos amedrentadas ranas peregrinas llegó al viejo estanque. Buscando un sitio para protegerse , se zambulló rápida mientras su compañera sucumbía entre las afiladas garras de un raudo y hambreado buitre, elevándose con ella  hacia las cercanas colinas, mientras el poeta respondía a su maestro: “Al zambullirse una rana, ruido de agua”.
   
                       El mundo es un efímero rocío
                       y en cada gota,
                       ¡qué violentas quimeras!
                                                            Issa



ESCENAS EN EL VIEJO ESTANQUE (1)






La rana saltó al viejo estanque.

Tras de ella saltó uno de los monjes, sin despojarse de su hábito.

"No eres el iluminado", dijo el Roshi, secándose con el dorso de su mano el agua que chispeó   sobre su rostro.

Otro de los monjes, se arrodilló en la orilla del estanque, introdujo sus manos en el agua y bebió un poco.

"Ofrécele a las ranas que no han saltado ni saltarán jamás", ordenó el Roshi, "y tal vez comprendas qué no es la iluminación".

El más joven de los discípulos, quien  detrás del Maestro escuchaba alerta sus palabras, observando  sus gestos y traduciendo sus silencios de imprevisto le dio un empujón, arrojándolo al estanque.

Desde allí, el sabio maestro vociferó: "Si te quedas ahí, la pierdes. Si te lanzas, también la pierdes. ¡Pronto, haz algo!".

El discípulo cantó: "¡Croac, croac, croac!".
                                      
                   Desmayadamente,
                   después que el agua se apacigua,
                   de nuevo se yergue el crisantemo.
                                                             Basho
  

EL CUENTO QUE NUNCA ESCRIBÍ




Iniciaré el cuento con esta imagen: Decenas de gallinazos hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia.

Trece palabras. Al releerlas, resuelvo hacer el primer cambio: Decenas de gallinazos hambreados vuelan alrededor del campanario de la iglesia.

La oración se redujo a 11 palabras y la torre se transformó en campanario. El verbo lo conjugo en presente.

Nueva lectura del texto. Titubeo sobre la cantidad de gallinazos. Podría escribir 50 o 90, por ejemplo, para no recargar el conjunto. Un lugar donde hay muchos gallinazos. El deseo de escribir un dato verídico, ajustado a la realidad de dicha especie en un sitio específico. ¿Busco una referencia concreta, relacionada con los gallinazos, donde se mencione la cantidad de dichas aves  volando en grupo por un espacio preciso?

En mi imaginación, para el efecto narrativo pretendido dentro del cuento, en realidad veo más de un centenar de gallinazos y así quisiera escribirlo, pero pienso en lo ilógico dentro de la naturalidad  para imprimirle a la introducción del cuento. No escribo: Un centenar de gallinazos. Reduzco la imagen a unas decenas nada más y con este hecho infrinjo algo del proceso personal de escritura. Comienzo a pensar en el lector. Hipotéticos lectores sin importancia en este momento. Nunca tendré esos lectores. No viven, en este momento donde la existencia es la del cuento en proceso de escritura.

Me contradigo. Sólo comenzándolo y el cuento  presenta dificultades en el aspecto cuantitativo de los gallinazos. ¿Entonces qué sucederá más adelante, con el desarrollo del mismo? Cada palabra es un inconveniente. Cada frase puede transformarse de manera múltiple, prodigiosa, sin dejar avanzar el cuento. En la primera frase, se detuvo el flujo de los eventos. Y aún no afronto problemas y exigencias de la puntuación. Todavía no contrapongo las palabras con su orden sintáctico y su musicalidad, tan importantes para mí.

He aquí dos posibles maneras de puntuar la frase inicial: Decenas de gallinazos, hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia. Con  tal forma de puntuar, destaco el aspecto del hambre. Enfatizo el adjetivo hambreados e imprimo un ritmo lento a la oración.  Segunda forma de puntuar: Decenas de gallinazos hambreados, volando en torno a la torre de la iglesia. Predominio del verbo volar. La releo y su ritmo me atrae más que el anterior. Es más ágil. El movimiento de las aves se apropia del espacio narrativo. La acción de los gallinazos,  resaltando su vuelo, se describe con mayor dinamismo. El vuelo puede incluir el hambre. Si escribo hambreados, en la mente y los ojos del lector surgen otras ideas diferentes a mi visión del cuento.

¿Cuál puntuación selecciono? Con sólo 13 palabras escritas son varios los problemas de escritura y desarrollo del cuento encarados:
a. Puntuación
b. Uso de los verbos y su tiempo
c. Cantidad lógica de gallinazos en vuelo
d. Elección arquitectónica, torre o campanario
e. Ritmo que debo imprimirle al texto

Resuelvo dejar, sin limitarla, la cantidad indefinida de gallinazos. ¿Algún lector podrá imaginar más de cien o, por el contrario, limito al lector cuando le establezco una cantidad determinada de tales aves?
Algo nuevo me inquieta, dentro de la frase inicial:  la altura de la torre de la iglesia debe estar de acuerdo con el vuelo de decenas de gallinazos en torno a esta. Habrá gallinazos que sobrevuelen tal lugar a mayor altura que otros, para no chocar entre ellos.

Tal vez lo mejor es no escribir el cuento. Pensaba en un microrrelato, pero los problemas se multiplican porque al minicuento lo pienso muy refinado en su expresión. Entonces, ¿cuando es una novela qué sucede? La irresponsabilidad del escritor no tiene términos. Para la realidad, es imposible escribir una novela porque en cada frase que  se va a relatar, las posibilidades de otras situaciones y eventos  suman millares.

O el escritor se decide a contarlo de manera vasta, por limpio que parezca el estilo, por claro que parezca el desarrollo de la novela. Y entonces hay entre líneas otras novelas,  nuevos personajes, otras posibilidades de acontecimientos no relatados, esperando allí una leve corrección para darle otro sentido a cuanto iba a expresar el narrador.

He tomado una decisión: primero leeré cuentos donde los personajes sean gallinazos. Indagaré sobre estos animalitos semidomésticos. Los observaré volar y acaso sueñe alguna vez con ellos. Solo después escribiré mi cuento.

-Una sugerencia, amigo escritor, comience leyendo El misterio de las catedrales, de Fulcanelli. Debe replantear en serio la figura de una humilde iglesia en el relato. Es más inquietante  la catedral. ¿O usted no es autor merecedor de catedrales en sus cuentos? Sea menos provinciano, señor Senegal, despréndase de sus iglesias municipales, de sus modestas parroquias y escriba en torno a una magnífica catedral. Están llenas de símbolos. Lea a Fulcanelli y después hablamos.

Decenas de gallinazos hambreados volando en torno a la catedral de Notre Dame…

¿O en torno a la Catedral de San Juan Divino, en Nueva York?
¿O en torno a la Abadía de Westminster?
¿O en torno a la Catedral de Colonia, en Alemania?
¿O El Duomo, de Milán?
¿O la Catedral de San Basilio, en Moscú?
¿O Sant Patrick ´s?
¿O Hallgrimskirkja, en Islandia?

Si elijo una de estas fastuosas catedrales, tendré que cambiar los gallinazos por ángeles o demonios.