miércoles, 11 de enero de 2012

VIRUTAS LITERARIAS SOBRE EL ESCRITOR, SU OFICIO Y LOS LECTORES




Uno

Descubrí que cuando leo o escribo no voy para ningún lugar. No me dirijo hacia ningún sitio, con mis palabras o con las de otros, aunque parezca que voy para allá. Mi meta como escritor es el lugar donde estoy: la página, la frase, el libro. Por tal motivo no me apresuro cuando leo, escribo o corrijo. Cuando no tengo prisa, en la literatura todo sabe esperarme, si sé estar donde me encuentro. A la metáfora justa, siempre llego en el momento justo, en el instante preciso para mí, para el escritor que la concibió y para mi proceso de escritura interior y exterior.

Dos

En la literatura me experimento en el otro y experimento al otro a través de mí. La intensidad literaria de la experiencia recíproca, autor lector, lector autor, le da vigor y razón de ser a cualquier relación entre la persona que escribe y la persona que lee. Pero siempre es necesario ir más allá de la palabra, de la imagen, del contenido y de los temas. Cuanto importa de un libro y del texto en particular, es la vida que estos son capaces de manifestar a través de sí mismos. Su sentido humano crece con las expresiones de vida que irradian desde cada palabra y cada idea. De aquí que lo importante en el acto de escribir o planear lo escrito, no es el sentimiento sino la cantidad de energía que se manifieste mediante el texto.

Tres

Hay demonios creadores por todas partes, siempre esperando las palabras adecuadas que los evoquen o los invoquen. Demonios que esperan los conjuros y las metáforas, los hechizos y los mantras, los versos, imágenes y silencios que les abran las puertas del corazón, del entendimiento, del asombro y la irracionalidad en el hombre. Están a nuestro lado aunque no los veamos ni presintamos. Junto a nuestra respiración, ocultos en aquellas palabras que por un momento nos inquietan o estremecen, aunque los evitemos o neguemos. Hay seductores demonios en la flor y en la lluvia. En el libro de magia, en los ríos y las montañas, en los árboles, en el sexo. En los libros que menos pensamos. Invaden el ciberespacio y desean ser llamados por el hombre. Desean que el escritor los cite en un poema, los convoque a citas en el espacio de Internet o en lo más profundo de la meditación. Recorren todos los libros. Son la energía que mueve todo proceso de escritura. Están por las calles y las cavernas. Viven en la ternura o en el rencor. Gracias a la escritura, saltan de nuestro interior al mundo exterior y de este se precipitan, sin previo aviso, en nuestra mirada, nuestro corazón o en nuestra conciencia. Una buena noticia: en la literatura, cuando la escribimos, hay demonios que no nos llaman sino que están esperando siempre nuestras llamadas para personificarse en nuestros textos.

Cuatro

Escribir es igual que intentar atrapar un búfalo entre una estampida. Atrapas a uno solo, si tienes tal fortuna, y consideras entonces que atrapaste la turbulenta manada. Más grave aún: el lazo que empleas para atrapar al búfalo es de seda.

Cinco

Bien porque la use como microscopio o telescopio, gracias al instrumento natural de la palabra descubro dioses y demonios donde quieran ocultárseme. Contra la palabra no hay lugar donde pueda esconderse el escritor ni mucho menos el objeto de su escritura.

Seis

En última instancia, cuanto leí, leo o leeré, cuanto escribí, escribo o escribiré, es inútil e infructífero. Todo proceso literario se convierte en inducción para ayudarme a descubrir dicha inutilidad. Sin embargo, continúo escribiendo y leyendo… Tanto profundicé en mí con la lectura de libros, que tengo un vacío enorme.

Siete

Algo sospechoso y ambiguo debe haber en la literatura con tanto crítico intermediario, con tanto intérprete negociando en su nombre.

Ocho

En la literatura siempre habrá argumentos convincentes para llenar de dudas la afirmación o la negación, la duda misma de un lector. Esto no significa que dichos argumentos y quienes los exponen mediante sus libros, sean dignos de confianza.

Nueve

Ese individuo necesita adornarse de complejidad verbal para encubrir sus pensamientos banales. Aquel otro sólo requiere de su verbal sencillez para expresar ideas y pensamientos complejos. Para comunicar algo imperecedero en literatura, este último es el necesario.

Diez

Silencio mi voz para permitir a voces ajenas expresarse a través de la mía. ¿De qué les sirve? ¿Para qué me sirve? Ellas hablando por mí. Yo hablando por ellas. Yo, hablando por mí para que ellas escuchen. Ellas, hablando por ellas para que yo escuche. A nada conduce esta actividad. ¿En qué lugar del camino estamos, ellas allá y yo aquí, cada voz deseando alejarse del sitio donde se encuentra? Bien. Verifiqué que en la literatura todo esto que me agrada o desagrada es irreal. Sin embargo, ¿qué hago con los remanentes que se acumulan en mi imaginación? ¿Dónde arrojo los desperdicios? ¿Los convierto en poesía, en narrativa o en filosofía?

Once

En el espacio del asombro por las cosas y la reverencia hacia ellas, florece el acto literario. Este espacio es el campo de acción de lo intuitivo.

Doce

Como escritor, me importa cuanto sucede en la noche estrellada de un verso o en la constelación de un poema y me es indiferente cuanto sucede en la vida, en las emociones o en el destino del poeta que escribió ese verso o ese poema.

Trece

El tiempo en el cual vivo y el ritmo de la eternidad, se cruzan en la flor que observo y que como escritor intento describir. Aquí, en su forma y su color, nos juntamos para darle tiempo a la eternidad de manifestarse en mi conciencia. También, para darle tiempo a mi transitoriedad de percibir lo infinito. Para el poeta esa flor es la sencilla ecuación de belleza que lo resuelve todo.

Catorce

“Si activas tu mente con drogas sicodélicas, la única forma en que puedes describir lo que sientes es electrónicamente”, señala Timothy Leary. Por cuanto a mí se refiere, considero que si activo mi mente con poesía, la mejor forma en que puedo describir cuanto siento es con palabras o con silencios. Pero palabras y silencios se rechazan, ocupan otras dimensiones, resuenan en distintos campos de la conciencia aunque habiten el mismo cuerpo: el tuyo. Y corren por la misma mente y el mismo cerebro: los tuyos. Por consiguiente, cuando hacemos literatura, cuando percibimos la literatura mediante las palabras, negamos el silencio y nada bueno podemos esperar del ruido que hacen.

Quince

Cuando no soy quien escribe algún texto sobre el papel, son el clima, un atardecer o un amanecer por la carretera que conduce de Calarcá a Barcelona los que escriben sobre mis sentidos y mi espíritu con la neblina que cubre los árboles.

Dieciséis

Si eres un auténtico escritor, si dejas que las palabras te posean y por igual posees a las palabras, no te será ajena la circunstancia literaria de esta anécdota sobre el proceso de escritura de Joyce, que relatan sus biógrafos:

Dicen que fue a verlo un amigo y encontró al notable escritor medio caído sobre el escritorio, en una postura de desesperación total.
—¿Qué te pasa, James? —le preguntó el amigo— ¿Es por el trabajo?
Joyce hizo un gesto de aquiescencia sin levantar la cabeza para mirarlo. Claro que era el trabajo. ¿Podía haber otra razón?
—¿Cuántas palabras has escrito hoy? —prosiguió el amigo.
Joyce, desesperado, aún de bruces en el escritorio, dijo:
—¡Siete!
—¿Siete? Pero James… ¡Está muy bien, al menos para ti!
—Sí —dijo Joyce decidiéndose a levantar la cabeza—, supongo… ¡Pero es que no sé en qué orden van!

Diecisiete

Cuando abro mis sentidos a los misterios que me rodean, descubro las respuestas en la cotidiana presencia y manifestación sencilla de cuanto me rodea. Así mismo, cuando abro mis sentidos a la presencia inmediata y sencilla de lo cotidiano, descubro las respuestas que me dan el misterio y el milagro. Escribo para ausentarme cuando hay gente. Escribo para regresar cuando todos se han ido. Escribo para acompañarme o abandonarme. Todo es más sencillo cuando no escribo.

Dieciocho

Cuando me sumerjo en la escritura de determinados textos, sucede un tipo característico de despoblamiento en mis emociones de todo aquello que me rodea, pero en particular un despoblamiento de seres humanos, de las personas que me rodean. Así, en este despoblamiento de individuos y de todo cuanto los mueve; entre la soledad donde el ser humano no desempeña ningún papel para mi dicha ni dentro de mi proceso de creación literaria, se presenta para equilibrar este sentimiento una sobrepoblación de árboles, de flores, de elementos naturales que contribuyen al acrecentamiento de mi dicha. Desde el bullicio de la multitud no puedo escuchar el canto de las aves, pero desde el canto de las aves sí puedo soportar y comprender las razones por las cuales la multitud es ruidosa y despreciable.

Diecinueve

¿Como escritor eres capaz de escuchar el silencio que hay dentro del minuto? Entonces serás capaz de acceder a su explosión. A la tremenda luz que irradia para permitirte ver cuanto estaba en penumbras a tu lado. Todo aquello que se encontraba sumergido en la oscuridad. Cualquier proceso literario es luminoso aunque hable de oscuridad o se mueva en ella. La explosión concreta del minuto donde se origina el texto, no ensordece ni enceguece. Te revela la presencia no material de las cosas materiales a tu lado.

Veinte

No hay más opciones. Te aproximas a la literatura y te olvidas del escritor. O te acercas al escritor y te distancias de la literatura. También puedes quedarte con el silencio que sigue cuando desaparecen el escritor y su literatura. Esta última puede ser la mejor opción, la menos tóxica cuando te encuentras con el escritor que lee sus textos. Lo grave es el grado de contaminación en que el silencio queda. Por valiosa que sea, no encuentro aún la obra literaria que me induzca a creer en el valor humano de quien la produjo. Siempre escucho dos voces diferentes: la voz de la literatura y la voz de la persona. Esta se silencia y oculta cuando aquella se manifiesta. Casi siempre son opuestas. La belleza del texto literario contrasta con la mezquindad del escritor. Es atractiva la una y repugnante la otra.

Veintiuno

Sé, con certeza, que todas las cosas me observan con detenimiento, afectuosas, naturales y fraternas. Desconozco el lenguaje para descifrar y comprender cuanto me dicen. Por tal motivo las miro de frente, sin eludir sus miradas. Algunos textos que escribo a partir de constatar que me observan, son punto de partida para establecer algo en común. Para intentar encontrarnos en alguna dimensión del ser, del lenguaje, del conocer, de lo estético y lo irracional. Creo que si descifrara cuanto las cosas me hablan, sucedería la iluminación. Sobrevendría un satori desde lo cotidiano y con lo cotidiano, para lo cotidiano.

Veintidós

Mi alejamiento de los seres humanos es proporcional a mi cercanía con la naturaleza. Cuanto más lejos estoy de las personas, más próximo e íntimo siento un árbol, un solitario lugar con plantas, un bosque o un jardín. En la medida en que no escucho el palabrerío de la gente comprendo el movimiento de una hoja en su tallo. Es un lenguaje que nada tiene que ver con el lenguaje literario. Los animales también hacen parte de esta proximidad vital, física y emocional. Hay diálogos de personas que uno escucha sin poder escapar de ellos. Avergüenzan. Abochornan. Decepcionan hasta el punto de llevarnos a preguntar para qué tienen boca y lenguaje los seres humanos. Qué desperdicio del verbo y la energía que impulsa las palabras.

Veintitrés

Pesadilla del escritor cuando muere: todo aquello que dejó publicado. Cuanto queda inédito y puede ser publicado o nunca publicarse. Cuanto se quedó sin escribir y que estaba sólo en su imaginación o en sus proyectos.

Veinticuatro

Y pensar que en mi cabeza de escritor caben por igual las complejas teorías sobre el lenguaje, los abstractos discursos semióticos sobre la literatura y la flor que encuentro en la orilla del camino.

Veinticinco

Como si mi muerte también leyera los libros que estoy leyendo. De alguna forma, también debe estar leyéndolos junto conmigo. Leer para vivir, para entretener la muerte. Cada libro que leemos juntos posterga el momento final. Ninguno de los dos se adelanta en su lectura. Ese acto de comprar libros que nunca vamos a leer, que esperan ser leídos mientras leemos otros, Canetti lo consideraba un acto de rebeldía contra la muerte.

Veintiséis

La tarea del escritor es abrir su espíritu al mundo. Este y la gente, poco a poco se encargarán de llenárselo de podredumbre o de luz. El resto, es trabajo literario.

Veintisiete

Todos los secretos de la existencia se revelan con la sola presencia de las cosas. En particular, con los árboles y los pequeños e inadvertidos brotes de flores y yerbas. La dificultad para comunicarnos con ellos proviene de su lenguaje y del nuestro. La distancia entre el vegetal y el ser humano se puede salvar cuando el poeta, el filósofo, el místico o el artista, imaginan o intuyen. De esta manera se descubren letras, sonidos, símbolos y contenidos en el árbol y en la naturaleza, que aproximan ambos lenguajes. La literatura es el puente. Cada palabra es un elemento con el cual se construye dicho puente.

Veintiocho

El escritor. ¿El escritor? Durante la noche despertar cuantas veces sea necesario y prender la luz. Encender un fósforo. Prender una vela. Accionar el interruptor de la energía. Todo esto puede convertirse en argumento filosófico, en el principio o final de un cuento, un poema o una novela. Es la manera que el escritor tiene para verificar que continúa vivo. Sigue con su mirada la cucaracha ágil que corre por la pared: esta es una prueba de supervivencia más sólida que cualquier disquisición metafísica, biológica o antropológica. Leer con esa luz los títulos de los libros que hay en la biblioteca y comprobar lo vana que puede ser la vida del lector. Lo inútil de sus lecturas frente al paso del tiempo. Palabras en el olvido. Libros que nadie lee, con los cuales el escritor no volverá a intimar, donde quedan sólo los subrayados que con tanto gusto y emoción hizo. Un fósforo que se enciende y la vida adquiere importancia por un momento. Cuando el escritor regresa a su cama, comienza a amanecer. La alcoba se llena de luz.

Veintinueve

Filosofía del narrador contemporáneo: “Cuerpo hijueputa, ¿por qué quieres hacerme descender?”, preguntó el espíritu. “El hijueputa eres tú, que quieres hacerme subir”, respondió en cuerpo.

Treinta

¿Hay un lector para estas virutas en algún lugar?

Me interesa el lector que se lea a sí mismo. Confieso, con Idries Shah, que: “Si no le interesa lo que digo, hay un final para esto. Si le gusta lo que digo, por favor, trate de entender qué influencias han hecho que le agrade. Si le agradan algunas de las cosas que digo, y le desagradan otras, podría tratar de entender por qué. Si le desagrada todo lo que digo, ¿por qué no trata de averiguar qué formó su actitud?”

Es con este espíritu que intento aproximarme a cualquier hipotético lector con dichas cualidades. Son los únicos lectores que me importan.

Del libro inédito Hojas de diario.


sábado, 31 de diciembre de 2011

ESE CUADRO QUE AHORA OBSERVAN…


Museo Hermitage.





Dos  sucesos reales, relacionados el primero con el mundo literario y el segundo con el entorno de la pintura, me conmueven desde cuando los conocí. Al discurrir sobre ellos, germinan imágenes, pensamientos y emociones contrapuestos sobre los protagonistas de ambos eventos y sobre mí.  Del primero, Kafka es el personaje. Más preciso: la figura central es una niña llorando inconsolable en el lugar por donde al atardecer caminan el tuberculoso escritor y su última compañera, la joven socialista y actriz Dora Diamant. Sucedió en el parque Steglitz, de Berlín, un año antes de fallecer aquel.

El protagonista del segundo, es un solitario e imaginativo anciano durante el asedio del ejército alemán a Stalingrado, quien trabaja como guía en el museo del Hermitage. Un suceso ocurre en 1923 y el otro en 1941. Independientes entre sí, ambos incidentes me provocan recóndita melancolía.  Me acongojo al visualizar a yerba amarga caminando en frágil estado de salud por el parque Steglitz. Quien estrujó su alma con el género epistolar al escribir decenas de cartas a Felice, a Milena y a Ottla, se conmueve ahora con una niña llorando la pérdida de su muñeca y durante 21 días decide escribirle y entregarle diariamente cartas enviadas por esta, quien en realidad se fue de viaje, la conforta el novelista. El autor de Contemplación, cumpliendo cabal el último oficio de su vida, cartero de la muñeca andarina, consuma su tierna tarea antes de morir. 

De igual manera, me entristece imaginar también al anciano ruso Pavel Filipovich, caminando  y hablando solo. Gesticulando. Discurriendo por salones desocupados del Hermitage. Yendo y viniendo sin horario por sus interminables pasillos junto al río Neva. Algo metafísico e irracional, de índole poética, me conmueve. Algo emerge de fondos sentimentales propios y ajenos. Nace en el drama íntimo de ambas historias. Tampoco deseo racionalizarlas. No me interesan justificaciones literarias respecto a sus significados y evocaciones, llenándome el alma de presentimientos sobre la vida humana y el destino del hombre en el mundo.

Franz Kafka, en 1923 mientras reside breve temporada en Berlín con la judío-polaca Dora Diamand, desde septiembre hasta finales de noviembre, durante un recorrido por el citado parque se sobrecoge con una niña llorando porque perdió su muñeca. Con la tuberculosis en fase terminal, le conmueve el infantil drama. Consuela entonces a la niña anunciándole lo ocurrido con su muñeca, no se te perdió, se fue de viaje y soy el encargado de traer las cartas que va a enviarte durante su vagabundeo, garantiza el enfermo mientras la niña cesa el llanto, observándole perpleja.

En la biografía Dora Diamant, el último amor de Franz Kafka, (Barcelona, 2005) escrita por Khati Diamant (sin vínculos con aquella), se narra tan emotiva historia. Treinta años después de fallecer el escritor, con el título de Notes inédites de Dora Dymant sur Kafka en 1922, en la revista parisiense Evidences (1952, No. 28, págs 38-42) Marthe Robert, traductora del escritor checo, comenta dicho suceso. Y es en la significativa obra de Kathi donde la encuentra el novelista Paul Auster, realzándola en su novela  Brooklyn Follies. Franz asumió con seriedad su novedosa función de cartero. Escribió, constante y febril durante tres semanas, una carta diaria para apaciguar a la niña, con quien estableció firmes vínculos de afecto.

 ¿Se las entregaba en el parque? Tal vez caminaba por aquel sector de Berlín, consciente de la gravedad de su salud, hasta la residencia de aquella y ejercía allí sus funciones de cartero de la errabunda muñeca. El resto de historia se pierde, para martirio de investigadores de la obra extraviada de Kafka y para complacencia de cuantos quieran especular a partir de tal suceso. 

No fue contada. Dora nada expone sobre el contenido de aquellos insólitos textos del narrador checo.  Hoy por hoy, varios expertos buscan pistas de la niña, quien tendría cerca de 95 años si estuviese viva en algún lugar de Alemania o Europa. Si hubiera tenido algún hijo, este rondaría los 80 años. Filólogos alemanes reconocen la veracidad de tal correspondencia. Klaus Wagenbach ha hecho indescriptibles pesquisas para encontrar las entrañables cartas de Kafka, escritor de literatura infantil, describiendo cuanto la muñeca narraba a la niña sobre sus viajes.

¿Qué imaginó este para su infantil lectora en el Berlín de aquellos años, donde la exagerada inflación elevó el costo de una libra de manteca a 6 millones de marcos? ¿Cuáles fueron sus temas  y el estilo para consolarla? ¿Por cuáles pueblos, ciudades y paisajes deambuló la muñeca?  Concisas o extensas las cartas, nunca se sabrá. Tal vez conservaban la misma extensión de cuantas escribió a sus enamoradas y a su hermana. O acaso se extendió hablando sobre la vida y la muerte, la necesidad de los desapegos para no sufrir. O tal vez sobre las partidas sin regreso… En algún momento, para el moribundo escritor, la muñeca pudo haber sido más real que la niña. O tal vez ambas fueron desvaneciéndosele carta tras carta… Dora Diamand aseguró al filósofo Félix Weltsch: “Haber vivido con Franz un solo día significa más que toda su obra, que todos sus escritos”.

¿Parece irreal? También yo pensaba igual hasta verificar su autenticidad. Dio origen a una tierna novela breve escrita por el narrador español Jordi Sierra i Fabra, Kafka y la muñeca viajera. En una isla colombiana escribí el borrador, confirma Sierra, igualmente sobrecogido con las connotaciones del drama. Esas cartas, pudieron tener más fuerza emotiva que la Carta al padre. Cuando llega la taciturna anécdota a mi memoria, transcurro algún tiempo imaginando cuáles razones y consejos, cuáles argumentos puso Kafka en labios de la muñeca para devolver su alegría a la niña y crearle una sólida base de esperanza. ¿Esperó alguna respuesta de la niña? Si hubo cualquier nota por el estilo, Dora debió quemarla cuando desde su lecho de enfermo el escritor ordenó y supervisó la destrucción de varios cuadernos, por parte de la enamorada mujer.

Con dicha correspondencia, Kafka posiblemente llenaba vacíos de su niñez, de su adolescencia o su madurez. Cada carta pudo insinuar, de alguna manera, el éxodo del cuentista hacia la muerte. ¿Sabría la niña ya mujer, quién fue el autor de esos manuscritos que recibía a diario? ¿En cuál dimensión dialogan ahora esa niña desconocida, su muñeca y Kafka, implicados para el tiempo y la historia, para la literatura, en un drama tan poético y desgarrador?  De algo estoy seguro: si la muñeca regresó, no buscó a la niña en su casa. Ni volvió a su juguetero, sola o casada. Se dedicó a recorrer durante algún tiempo los barrios de Berlín, preguntando por el cartero.

Circulan rumores  de una anciana con aspecto de muñeca a quien ven llorar solitaria en una banca del parque Steglitz. Siempre a mediados de octubre, dicen los rumores. ¿Qué le sucede, señora? Se me perdió un escritor, responde.

Esta es una de mis fuentes literarias de tristeza, capaz de ocasionarme desconocida alegría.

La otra, se relaciona con un guía en el museo del Hermitage, en San Petersburgo. Una de las mayores pinacotecas de arte y cultura universal en el mundo. Es también una historia triste. ¿Desea escucharla? Plena de poesía. Y también parece ficción. El anciano guía del museo, laborando allí desde cuando la revolución de 1917 consintió a personal no aristocrático trabajar en tal lugar, se llamaba Pavel Filipovich.

A Pavel lo habríamos confundido con el personaje de algún cuento de Giovanni Papini. Aún más, estoy seguro que Gog acompañó al imaginativo Filipovich durante alguno de sus recorridos por las solitarias habitaciones del museo, interpretándole sus silencios y respondiéndole con mutismos semejantes entre la ausente presencia de Tiziano, Rafael, Zurbarán o el Greco. A Montserrat Roig, escritora española, una editorial soviética la invitó a Rusia para hacer un libro recreando el brutal asedio nazi a Stalingrado, durante la segunda guerra mundial.

Mujer de izquierda y feminista, aceptó complacida pensando en formalizar un trabajo diferente a los publicados sobre el cerco a dicha ciudad. Entrevistó numerosos supervivientes de aquel infierno y conoció, de primera o segunda versión, conmovedores  casos de individuos relegados por los historiadores. Anónimos protagonistas de sucesos desvanecidos en el tiempo, excluídos de los grandes ensayos oficiales, quienes sobrevivieron mientras a su lado morían cuatro millones de personas en la más sangrienta batalla de la humanidad. Individuos con dramas aislados de la epopeya histórica reflejada por los textos que testifican aquel confrontamiento.  Historias tan poéticas y ficcionales como la del longevo Pavel. Comentando el libro de Roig, José M. Martínez anota: “Cada historia individual se convierte en una especie de símbolo universal de lo que pueden llegar a ser virtudes o situaciones como la compasión, la caridad, la angustia, el sufrimiento o la solidaridad”. La historia de Pavel es símbolo de la sensibilidad puesta al servicio de la imaginación. El arte fecundando la soledad para conservar sus huellas entre el horror de la guerra.

El oficio de Filipovich como guía -quien amaba hasta el delirio su trabajo- era  orientar sobre las obras de arte expuestas. Convirtió el museo del Hermitage en su hogar. Personaje emergido de alguna de esas pinturas con cuyas explicaciones deslumbraba, buscando tal vez senderos para reintegrarse al lienzo, en cada recorrido con foráneos o rusos incrementaba sus sentimientos  e identidad con las obras exhibidas. La aguja dorada se llama el libro de Roig donde despunta la historia de Pavel.

En 1941,  igual que a millares de rusos y miles de habitantes de Stalingrado, a Pavel Filipovich la vida  le da un giro total  cuando el sexto ejército  alemán, comandado por el general  Friedrich Paulus, intenta entrar a Stalingrado. En el museo del Hermitage, de esta ciudad, centenares de voluntarios empaquetaron más de un millón de obras de arte para preservarlas de los invasores nazis, enviándolas por tren hacia Sverdlosk, en los Urales. Dos alcanzaron su destino. Cuando se preparaba el tercero, comenzó el asedio alemán mantenido durante 900 días. Doce mil personas, por diversos motivos conviviendo en el museo, se encargaron durante algún tiempo de resguardarlo del frío, la nieve y los ataques aéreos, hasta cuando se hicieron inevitables las primeras evacuaciones en 1942.

Las inmensas y despobladas instalaciones del Hermitage fueron quedando más solas aún cuando  desde los frentes de guerra solicitaban todas las personas utilizables, preparadas o no para la muerte,  prontas a inmolarse por la patria. A Pavel no lo engancharon por su avanzada edad, permitiéndole seguir allí durante aquellos meses de pavores, heroismos anónimos y acciones individuales nunca mencionadas. Rehusó desatender el museo y con mayor coraje siguió desempeñando la rutina de su oficio: guía del Hermitage, fiel a algún tipo de convenio con sus sentimientos y sensibilidad.

Filipovich llevaba trabajando allí varias décadas, cumpliendo su función de conducir a los visitantes detallando e interpretando el patrimonio expuesto, del mundo y de Rusia. En cada circuito con gente de su país o extranjeros, año tras año ampliaba sus sentimientos y familiaridad  con las obras de arte exhibidas al revelar intimidades de cada una, dándoles vida para el interesado o displicente público frente a ellas. Ahora solo quedaban las despojadas paredes, muchas de ellas estropeadas por las explosiones. No había nadie a quien brindar la característica bienvenida. Al principio, Pavel guiaba por los aposentos a pocas personas. Fisgones ansiosos más por constatar la salud mental del elocuente anciano, que por escucharle relatar detalles sobre las obras inexistentes, protegidas de la voracidad nazi en algún lugar de los Urales, en torno a las cuales se explayaba y embebía el anciano guía.

Frente a su reducido público, se emocionaba con las obras como si continuaran expuestas. Nunca fue mejor guía que en esos momentos de guerra y muerte, cuando el arte cedió su lugar a las más despiadadas expresiones de violencia. Entonces las formas, colores, contrastes, temas y contenidos, autores y  anécdotas, fulguraban, agigantándose en las palabras del guía. Cualquier rincón de una pared se reavivaba con las palabras de Pavel. Reaparecían las lejanas pinturas y por momentos eran cuadros más reales que los auténticos, porque la imaginación y el verbo apasionados de Pavel los materializaban sobre los muros vacíos. Continuaban en los pasillos, a pesar de la soledad. Sin verlas, la gente sentía la presencia física de obras de Tiziano con sus luminosos y realistas colores. Allí donde no colgaba ningún cuadro suyo, Pavel fascinado explicaba respecto al insaciable perfeccionismo de Tiziano, induciéndole a retocar de manera continua sus obras, añadiéndoles expresiones siempre más tenues. Cada dificultad le inspiraba nuevas soluciones.

Día tras día, mientras el asedio se volvía más sangriento, eran menos las personas recorriendo los salones, viéndole y escuchándole hablar ante las paredes solitarias. Sin embargo, el viejo guía continuaba caminando entre columnas y arcos del Veronés. Describía detalles de los trajes fastuosos y llamaba la atención, a su escaso público, sobre los tonos fríos y claros del pintor. Observen esos grises, esos azules y tan resplandecientes amarillos, enfatizaba ante un cuadro inexistente y, una mañana, frente a espectadores que ya no existían. Pavel Filipovich se quedó solo en sus recorridos. Y solo continuó haciendo de guía por el museo, en una fantástica proxemia de la soledad y su cuerpo, de los cuadros atestados en algún lugar de Sverdlosk y la evocación de estos a su lado, en distancias íntimas, más próximos que nunca, como si no se los hubieran llevado. Detallen este Rubens, por favor, es un boceto de La adoración de los pastores, suplicaba Pavel a  nadie. Ahora nos encontramos frente a una obra de Rembrandt. No nos aproximemos mucho a  ella, como lo aconsejó el mismo  pintor. Miren la mirada humilde y sincera de su autorretrato, fusión magistral entre lo corpóreo y lo espiritual…

Y el viejo guía del Hermitage, siguió hablando solo. Discurriendo frente a cuadros inexistentes. Dirigiéndose a gente imaginaria. Señalando a nadie la belleza de un cuadro de Giorgione, uno de Tintoretto, uno del Greco  o uno de Da Vinci que no estaban allí físicamente, pero continuaban impresos en sus ojos y en su alma.

Esta es la otra fuente literaria de tristeza, capaz de ocasionarme desconocida alegría. Hace pocos días, para celebrar de manera íntima el final de su construcción, todavía en medio de aguaceros decembrinos convidé al espectro de Filipovich a caminar juntos por los salones de CECULPA, Centro Cultural Patafísico, del pintor colombiano Guillermo Vélez, recién construído a orillas de la carretera que entre verdes potreros conduce al municipio de Filandia, Quindío. Mostrándole la fecunda obra pictórica y escultórica del patafísico artista quindiano, y hablándole sobre la vida privada de algunos protagonistas de sus pinturas, serví de guía a Pavel. En el salón principal, cuando Memo Vélez me escuchó hablar solo, comprendió con quién estábamos allí: “Senegal, dígale a Pavel que esta es su casa y cuando lo desee, Pessoa y sus heterónimos pueden servirle de guías por el paisaje quindiano”. Este segundo vaso de Vodka es para nuestro invitado, le respondí al artista cuando me ofreció de nuevo el licor que sostenía en su mano. Creo que con la presencia del guía del Hermitage,  completamos el ritual iniciado por Jarry la semana pasada, le recordé a Memo Vélez. La cabeza de este se parece a la mía, fue lo único que dijo Pavel Filipovich en CECULPA, señalándonos uno de los cuadros de Memo, no lo cambien de lugar.
   

BESTIARIO QUINDIANO



Hábitat del mermudio.
Gallinazo azul.


EL MERMUDIO

El mermudio quindiano habita lugares fríos del departamento. Adora la neblina, con la cual se viste y acicala. Vuela cuando nadie lo observa, aunque no resiste la tentación de caminar tras las personas que recorren sin prisa caminos rurales de la región. En particular, por los municipios de Génova, Salento, Pijao y Buenavista.

Duerme sobre ramas de balso, cuando este descansa de sus leves desplazamientos por la montaña.

Lo atemorizan las luciérnagas, el arcoiris, las libélulas y en particular las ancianas campesinas que rezan en voz alta el rosario o le gritan coplas a La llorona. Varios folclorólogos de la región mencionan la amistosa proximidad que hay entre el Mohán de La Sonadora y el mermudio. Quienes tienen la fortuna de ver un mermudio, dicen que en realidad no vuela por sí mismo sino que conoce el secreto de las corrientes de aire para dejarse elevar por el viento.

Algunos parapentistas lo han encontrado por el sector de Navarco, en Calarcá. Un mermudio volador puede pasar a gran velocidad por nuestro lado, como ráfaga de color o vibración musical O si la persona ha sembrado un guayacán, pasar lento por su lado, desplazándose como arriba se dijo, a paso de balso. El principal alimento del mermudio es el rocío congelado sobre palmas de cera en Cocora. Los calarqueños que han encontrado algún mermudio en los cafetales, o en platanales por fincas de Barcelona, precisan que tienen rostro de bebé. Segundo Henao, fundador de Calarcá, en su libro La miscelánea (Imprenta Calarcá, 1921) relata su encuentro con un mermudio, cuando se extravió buscando la laguna de Maravélez.

Una cualidad del mermudio es hablar siempre con frases palindrómicas. Algunas teorías sobre el origen de los palíndromos atribuyen a los mermudios europeos la invención del palíndromo. El poeta griego Sotades se refiere a un mermudio anciano, oriundo de Creta, del cual aprendió normas básicas para construir un palíndromo. La joven escritora y editora de Cuadernos Negros, Leidy Bibiana Bernal, en su investigación sobre los mermudios colombianos compila varios palíndromos atribuidos a mermudios del Quindío: Amo la pacífica paloma. Roza las alas al azor. Aroma, robas ese sabor a mora. Aire sólo sería. Oirás orar a Rosario.
 
El mermudio quindiano construye nidos transparentes con la bruma del atardecer. Matsuura Yasuco, turista japonés y poeta de haikú, quien visitó al Quindío en 2004, filmó una breve secuencia de un mermudio construyendo su nido. Algunos campesinos de Salento, Calarcá, Génova y Filandia, relatan que sus abuelos para entablar diálogo con algún mermudio que se dejaba ver, repetían nueve veces: “¡Mermudio!”, con los ojos cerrados y los dedos índice y pulgar, de ambos manos, juntos. El cronista Fray Andrés Ferrer de Valdecebro, en su libro Gobierno general, moral y político hallado en fieras y animales silvestres, sacado de sus naturales propiedades y virtudes, se refiere con asombro al mermudio. En Quimbaya, en el monte de los monos aulladores, el grupo de caminantes que dirige Néstor Jaime Ocampo de la Fundación Cosmos, constató la presencia de una pareja de mermudios sobre los cuales se tenía indicios de su establecimiento en tal lugar.


GALLINAZO AZUL

Esplendorosa ave de largas alas (1.90 de envergadura) variedad de la especie Cathartes aura, de la cual sólo hay ejemplares en Arica y en el departamento del Quindío. Específicamente en Calarcá.  De pico blanco con fina línea rosada. De tan extraño zamuro, sobreviven varios en este municipio. En su serie de aves, el fallecido pintor calarqueño Gabriel González Molina representó una hembra de 80 años de edad, verificables por el número de estrías de sus patas donde se observa la silueta del mapa del Quindío. Este gallinazo puede verse durante la madrugada o el atardecer. Vuela por el territorio quindiano hasta límites con Tolima.

La Unión Internacional para la protección de la naturaleza (UIPN) lo considera  en peligro crítico. En el libro Ojos de perro azul, García Márquez pone en boca de uno de sus personajes la descripción de dicho gallinazo ubicándolo en el departamento de Bolívar, por cierto uno de los mayores gazapos en que incurre el novelista colombiano. El crítico belga Alexander Wouters, de quien cito el dato, ha encontrado 1.378 gazapos en las obras del octogenario Nobel. Las descripciones de González, según nos lo aclaró este diez años antes de fallecer, las obtuvo de campesinos de la vereda El Pencil, de Calarcá. Lisandro Antonio Gutiérrez Osorno (75 años de edad), copropietario de la finca Los Costales, le refirió haber visto varios en los guásimos de su finca.

El gallinazo azul no requiere hábitat determinado. Cambia fácil de lugar como ocurrió, en noviembre de 2007, en un sector del túnel que se construye en La Línea donde varios de sus nidos fueron destruidos. Por fortuna, ningún ejemplar sufrió daños  y varias hembras alcanzaron a trasladar sus huevos. Ni trabajadores ni ingenieros distinguieron los nidos. Con certeza, nunca han visto gallinazos azules que sobrevuelen tal lugar entre seis de la tarde y siete de la noche. Los nidos los construyen con hojas secas de café, mota de balso y telaraña. El gallinazo azul descansa siempre sobre árboles florecidos donde reposa la mayor parte del día, camuflado entre sus flores o entre sus frutos, cuando los tienen.

Observando con paciencia, puede descubrirse alguno en un guayacán lila florecido, por lo regular en el centro del árbol. Semejante físicamente al zopilote negro, tiene melódica voz con acordes de violín que emite largo rato cuando la neblina cubre el lugar donde se encuentra. En su Historial General y Natural de Las indias, Gonzalo Fernández de Oviedo le dedica varias páginas, aunque fantasea un poco con su insólita  forma de aparearse. Ernesto Restrepo Tirado puntualiza, en sus estudios sobre los indios Pijao, que estos aborígenes hacían el amor “imitando la postura del casi-mítico gallinazo azul que abunda en territorios del cacique Calarcá”.

Nace con refulgente plumaje azul oscuro que durante su ciclo vital de 108 años pierde intensidad. Se alimenta de frutos en descomposición y semillas de girasol. Es indiferente a la carroña. De audición más aguda que su visión, escucha caer frutos maduros de árboles a 500 metros de distancia.  Sólo beben agua de lluvia. En sectores de tierra fría, succionan las ubres de vacas recién paridas. La tradición oral del Quindío asegura que quien encuentre uno de sus huevos y lo conserve en una bolsa de seda azul, recordará con detalle sus pesadillas desde niño. Se relacionan fácil con las demás aves a las cuales ayudan a construir sus nidos y a calentar sus huevos.  En grupos de tres, desprenden un intenso aroma semejante al de la yerbabuena. Los jueves, cada 15 días, llega al parque de Barcelona, corregimiento de Calarcá, un imponente ejemplar de gallinazo azul que reposa  durante cinco minutos en la torre de la iglesia y luego emprende vuelo hacia Córdoba.

Fernando Ángel, director de teatro, secretario de la Institución Educativa San Bernardo y habitante por más de 40 años en este fértil territorio, es la única persona del Quindío que posee una pluma de gallinazo azul, obtenida cuando sucedió el terremoto en dicho departamento: esa mañana llegó a uno de los árboles del parque un gallinazo azul… La prestigiosa fotógrafa calarqueña Olgalucía Jordán, conserva como reliquia varias fotos del gallinazo azul, tomadas cerca del Campanario,  en 1988. Nunca las ha expuesto.



lunes, 26 de diciembre de 2011

DAEHAENG Y PRECIADO: DOS MUJERES


Daehaeng Kun Sunim
Beatriz Preciado


Diciembre 14. Armenia. Fría mañana de lluvia menuda. Me gustan los días fríos. Me gustan las mañanas lluviosas. Y la lluvia fina en cualquier mañana. Me gustan  las mañanas. Y la lluvia a cualquier hora del día, pero esta fría mañana decembrina me gusta mucho más, porque bebo sin prisa  un exquisito té chai.

Té yogui, llaman también a esta preparación de origen indio porque era usual recibirla durante pláticas del gurú tántrico Yogi Bhajan. Esta fría mañana de lluvia menuda, recogí en el Museo Quimbaya un envío de libros hecho desde Bogotá. Soy socio de la Red Nacional de Bibliotecas del Banco de la República. Libros de dos mujeres incompatibles entre sí. No sé cómo caben juntas en mis intereses literarios, en mis expectativas existenciales. En mis momentos de lectura, una junto a la otra, cualquiera de ellas antes y la otra después. Una puede ser el dulce sabor del té chai, y la otra es cantinela del agua sobre el pavimento de la calle. Más bien, el pavimento de la avenida.

Diciembre 14 en una tienda Juan Valdez.Toco los libros. Me tocan. Acaricio sus lomos y sus hojas. Leo párrafos de unos y otros, según mi costumbre, para familiarizarme con estos. Busco fragmentos al azar:
“En el marco del contrato contra-sexual, los cuerpos se reconocen a sí mismos no como hombres o mujeres, sino como cuerpos parlantes, y reconocen a los otros como cuerpos parlantes”.

Lo determina una de ellas. Su libro se llama Manifiesto contra-sexual.
Voy a cualquier página del libro de la otra mujer y encuentro:
“Vida tras vida, a medida que hemos ido evolucionando, el yo verdadero ha estado siempre con nosotros. Sin embargo, no lo sabremos a menos que intentemos averiguarlo. Date cuenta de que todo proviene del yo verdadero. El cuerpo físico es como las hojas o las ramas que salen de la raíz”.

Su libro se llama Ningún río que cruzar.
 Las leo sin monomanías religiosas o filosóficas. Me seducen sus lenguajes, teorías y realizaciones, aunque no pertenecería a ninguno de los rebaños agrupados al lado de una y otra. Me impresionan sus vidas y los elementos elegidos por ellas para concretar sus propósitos con la sociedad. Cada una de estas dos mujeres desempeña, a conciencia, una tarea específica. Viven para cumplirla. La llevan a cabo por encima de todo, seguras de sí mismas. Los hombres, de manera desigual, son telones de fondo en sus vidas y obras. Una de ellas es casta. La otra, lesbiana activa, casada hace poco con una novelista francesa.

Persiste el frío de la mañana y ahora no hay lluvia. Irrumpen confiados dos niños indígenas,  descalzos pordioseros de cinco y seis años de edad. Entran al local y sin tardanza salen risueños con un vaso de café con leche que les regala el administrador de la tienda.  La belleza de la calle húmeda refresca mis ojos. Del té chai, resta un fondo meloso.
Otro fragmento fortuito, mientras observo al par de infantes entregarle el café con leche a su madre, afuera en el andén:

“¿Dónde se encuentra el sexo de un cuerpo que lleva un dildo? En sí, el dildo: ¿es un atributo femenino o masculino? ¿Dónde transcurre el goce cuando se folla con un dildo? ¿Quién goza? ¿Cuántos penes tiene un hombre que lleva un dildo? Si el dildo no es más que un sustituto artificial del pene, ¿cómo explicar que los hombres que ya tienen un pene empleen cinturones-pollas?”.

Pertenece al citado libro de la filósofa española Beatriz Preciado, experta en teoría Queer.
Ambas obras y ambas mujeres se tranforman en parte de mi oficio literario. Me enriquecen con sus perspectivas de vida. Juegos de párrafos para introducirme después en la lectura, cuando fotocopie los respectivos volúmenes, este fragmento corresponde al libro de la maestra zen coreana Daehaeng Sunim, una iluminada, considerada entre las mujeres contemporánes más sabias de dicha nación:

“Soñar es estar despierto, y estar despierto es un sueño. No consideres que tus sueños se encuentran separados de tus horas de vigilia. Si crees que el sueño y la vigilia son diferentes, no podrás conocer el lugar más profundo”.

Cada una es fiel a sus enseñanzas, por sobre cuestionamientos patriarcales. Y esto lo admiro en ambas. Por tal razón viajo a sus libros. A su manera, cada cual  va más allá de ideologías diseñadas por la actual sociedad contra la mujer, desfiguradoras del auténtico espíritu femenino. Y a cada una la concibo en su universo, invitadora, seductora, sincera. Me emociono al escucharlas explicar y transmitir sus visiones del mundo, de la sociedad, del amor. Del sexo, en Preciado. De la naturaleza búdica, en Sunim. No suprimo de mis búsquedas, creencias o dudas a ninguna, aunque una sola rebosa mis ideales. Son dos mujeres a distancias enormes entre ellas y en sus estilos, en  sus palabras, en  las metáforas elegidas para revelar y cuestionar el mundo desde sus vivencias y aprendizajes.

 La española Beatriz Preciado fue discípula de Jacques Derrida y se doctoró en teoría de la arquitectura en la Universidad de Princeton. Daehaeng Kun Sunim, coreana, logró su despertar en las montañas Ode-san del citado país y luego recibió orientación e iniciación del maestro Hanam Sunim. En oriente y occidente, este par de mujeres son significativas para millares de personas en nuestro mundo actual, buscando respuestas en los torbellinos de la naturaleza externa o en ignotos remansos del mundo interior. Son modelos de vida y acción para centenares de mujeres escuchándolas, con acceso a sus libros y enseñanzas, en universidades o monasterios, hechizadas por sus lenguajes. El lúcido discurso de Kun Sunim es el silencio, la realización de la mente esencial e intangible, más allá del tiempo y del espacio. En Beatriz Preciado, el discurso adopta el tono propio de los señalamientos postfeministas. La crítica deconstructivista demoliendo palabras y conceptos.

Entre otros, hojeo los bien encuadernados libros de estas admirables mujeres, en el apasible rincón de una tienda Juan Valdez. Escribo en una hoja de cuaderno notas a mano, para luego en el ritual tecnológico del computador lidiar con la forma del texto y la disposición de las palabras. Eslabono mi pensamiento con el de ellas. No las niego. Cada una explica algo que comprendo y de alguna manera enriquece mi vida intelectual, sin necesidad de confrontar sus pensamientos. Mi interrogante es siempre, en estos casos, ¿cómo es posible que aniden en mi cerebro ideas tan antagónicas? ¿Cuál es el proceso para asimilarlas sin crear contradicciones en mis puntos de vista? Lo ignoro.

Personajes tan heterogéneos departen sus crencias conmigo sin perturbar mi equilibrio interior. No hay dudas: es la fruición del conocimiento. La información  llevándome a franjas de mi cerebro y mi alma a las cuales, de otra manera, no puedo acceder. Sunim y Preciado. De la primera, no es su nombre de pila, es el de iniciación. A la segunda, lesbiana y paradigma intelectual de la cultura Queer, le gusta ser llamada Beto. La iluminada maestra de zen y la ideóloga del postfeminismo. Serena aquella, caótica esta. Comprensiva la primera, sabia heredera de la tradición budista Hanmaum, en Corea. Devastadora la segunda y con discursos transgresores de lo moral.

Daehaeng, es mujer de palabra diáfana y profunda, sin tecnicismos ni rodeos literarios. Preciado, es prototipo de cuanto está próximo al discurso vacío. Ese desarrollo de ideas y argumentos, sustentaciones y críticas con un lenguaje ininteligible y de rebuscadas complejidades seudocientíficas, propio de aquellos ideólogos postmodernistas desenmascarados  por el físico Alan Sokal en su libro Imposturas intelectuales. Permítame azotarlo con una breve muestra de tal discurso, desplegado por la española en su ensayo Con terror anal:

“Encontraremos en Hocquenghem, por ejemplo, lecturas que hoy llamaríamos queer de la crítica de la reducción de la economía libidinal a mecanismos psicofamiliares esbozada en El anti-Edipo pero también de la noción de interpelación tal y como Althusser la elabora en La ideología y los aparatos ideológicos del estado o de la teoría de la des-sublimación represiva, de Marcuse. Pero esta relación no es unidireccional: la filosofía postestructural es, a su vez, la inflexión que produjeron  las disciplinas tradicionales (filosofía, antropología, sociología, historia) las retóricas de la diferencia, el análisis de la opresión y la resistencia a la norma que introducen los movimientos micropolíticos”.

Si usted entendió este puto párrafo, lo felicito. Yo-no-comprendo-nada. Al leerlo, escucho palabras en apariencia inteligentes que nada me explican. Me embrollan cuanto tengo enredado, empequeñeciéndome, menguándome, mermándome, aminorándome, achicándome, rebajándome, encogiéndome, comprimiéndome, reduciéndome frente a la elevada erudición y capacidad intelectual de Beatriz Preciado. Yo solo veo a una escritora luciéndose frente a su ignorante público: yo, por ejemplo. Típico discurso vacío el de Preciado.

 Kun Sunim dice, a su vez: “La sabiduría y la energía mecesarias para encargarte de todo a lo que te enfrentes están ya dentro de ti. Si vas de un lado a otro buscando algo externo, no podrás aprovechar las soluciones ilimitadas que se hallan en tu interior”. Guardo los libros y salgo de la tienda, aprovechando que ya no llueve. El té chai me gustó. La fría mañana me  gusta.


SIETE LOCOS DE LA NARRATIVA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA




Juan Manuel Acevedo Carvajal es una de las nuevas y promisorias voces del ensayo en Colombia. Sus resolutos pasos están aquí, fehacientes al conocer sus acercamientos a siete novelistas argentinos que si no hemos disfrutado en algunas de estas obras, concluido el encuentro con su libro (Universidad Tecnológica de Pereira. Colección Literatura, Pensamiento y Sociedad. No.8 Armenia, Colombia, 2010) viajaremos hacia ellos con miradas cavilosas y nuevas certidumbres literarias.

 Guiados por el juicio preciso de Acevedo Carvajal, la relativización de paradigmas médicos y sicológicos, su argumentación validable en los contextos elegidos y la relación dialógica entre  locura del personaje y lucidez del narrador, aprendemos a valorar en otros espacios -de manera total o fragmentaria cuando es el caso- novelistas como Roberto Arlt, en Los siete locos; Ernesto Sabato, en Sobre Héroes y Tumbas ; Julio Cortázar, en Rayuela; Lázaro Covadlo, en La casa de Patrick Childers; Juan José Saer, en Las nubes; Mempo Giardinelli, en El décimo infierno y Ricardo Piglia,  con Plata quemada.

 La bien cimentada propuesta del ensayista, fluye coherente y persuasiva a lo largo del libro, aproximándonos a “la construcción de siete perfiles de personajes que pasan por la paranoia, el desdoblamiento, el éxtasis religioso y la violencia esquizoide”, según señala Juan Manuel. Los excursos de la locura como persecución, fragmentación, delirio y agresión, se convierten en puertas de entrada a las íntimas sinuosidades cerebrales y sicológicas de El astrólogo, de Fernando Vidal Olmos, de Horacio Oliveira, de Raúl Ramírez Collado, de sor Teresita, de Alfredo Romero y de El gaucho Dorda, personajes novelescos con quienes estableceremos contactos poco frecuentes  en el ámbito de la lectura, gracias a puntos de vista desde los cuales Juan Manuel observa y analiza, facilitándonos elementos para también nosotros lanzar miradas semejantes a tales universos de locura y transgresión social. “El problemático vínculo entre literatura y locura, por ende, posibilita la necesidad de posteriores investigaciones sobre la escisión esquizofrénica tal y como está reflejada en la literatura latinoamericana contemporánea, lo que permitiría plantear el futuro esquizoanálisis de infinidad de obras contemporáneas desde esta óptica”, concluye Juan Manuel, reconociendo como entrada al mundo íntimo  de  los protagonistas la teoría sociocrítica y varios postulados del esquizoanálisis  planteados por el posestructuralismo.

 Cuando Acevedo acomete la lectura de un autor y una novela donde percibe sus propios demonios literarios, junto con el citado análisis del personaje a cuyo mundo nos convida sin tabúes para intimar en sus patologías, lo hace desde parámetros novedosos capaces de conferirle a la novela analizada, pero en particular a los personajes diseccionados, otras cualidades del proceso lector. Otras gozosas sensaciones, sentimientos contradictorios y emociones con la angustia por las parafilias o enfermedades mentales de los protagonistas, a veces no visibles a simple vista.  Por eso lo reconoce cuando afirma: “La literatura está teñida de delirio y de esta manera la profundidad de los textos literarios se da a partir de las obsesiones de algunos personajes, que en la mayoría de los casos presentan la obsesión como el ropaje del excurso paranoide”. Libros como este, señalan al lector, con un lenguaje especializado pero claro, sin rebuscadas complejidades literarias, múltiples caminos para arribar en la novela al infierno sicológico de los protagonistas y, por ende, a la verificación de la vesánica sociedad donde habitan y los valores condicionados del protagonista, del lector y el autor.