miércoles, 14 de marzo de 2012

PRIMERA ANTOLOGÍA TEXTALE DEL CUENTO ATÓMICO





INTRODUCCIÓN


                                               A la memoria de David Lagmanovich.                                                                                                     
                                                                           Para Carlos Paldao, por su dedicación al microrrelato.


Dentro de la minificción y sus reconocidas características de longitud textual, se presentan múltiples extensiones, circunscritas todas a las conocidas exigencias formales del género. Algunas de ellas se arriesgan a experimentar con la máxima sinopsis del texto, las ideas y la estructura. Entre tales formas del relato hiperbreve destaca la que decido nombrar como Cuento atómico, de cero a 20 palabras para contar una historia.

El clásico modelo propuesto es el mítico El dinosaurio, del narrador guatemalteco-mejicano Augusto Monterroso, brevísimo cuento de siete palabras al cual solo aventaja, dentro de la literatura, en profundidad y en capacidad para generar cada día más interpretaciones poéticas y filosóficas por todos los lugares del mundo, El viejo estanque, haiku del poeta japonés Matsuo Basho. Si se escribe como prosa, dicho poema se convierte en el más vigoroso, extraño y trascendente cuento atómico escrito hasta la fecha en la historia de la minificción. Expresa el claro punto de intersección de lo momentáneo con lo eterno y constante.

La acertada definición de André Bellesort sobre el haiku, puede ser válida para aproximarnos a la de Cuento atómico: "Exactitud disfrazada de ensueño; poesía de resplandores y de escalofríos; pequeñas chispas que comunican a los sueños vibraciones infinitas; preciosos abanicos que, en el mismo instante en que se los despliega y se los cierra, hacen pasar ante nuestros ojos el milagro de un gran paisaje". Sobre la rana del viejo estanque circulan centenares de ensayos, interpretaciones y traducciones. Solo al español, he reunido hasta la fecha cerca de cien versiones traídas del japonés, del inglés y del francés.

Ese de Basho, un poema de 17 sílabas, sí, pero en esencia un notable texto literario de intensa y sugerente elipsis poética y metafísica. Un evento y un personaje: el salto a un pozo de agua serena y la rana. Tres versos centrífugos y centrípetos con tanta trascendencia como las siete palabras de El dinosaurio. En un cuento atómico nos encontramos sin rodeos con elementos irracionales jamás explicados por su autor, a quien le basta con anunciar o sugerir. Esto, nada lejos de la observación del matemático Herman Weyl: "No es de extrañar que cualquier pedacito de la naturaleza que elijamos (estas gafas o cualquier otra cosa) posea un factor irracional que no podemos ni podremos explicar jamás y que lo único que podemos hacer es describirlo, como en la física, proyectándolo sobre el telón de lo posible". El telón del cuento atómico es la página en blanco, la capacidad de asombro del lector, la parte inferenciadora de su cerebro. Defino el Cuento atómico como una minificción de 0 a 20 palabras, sin cuantificar las del título, capaces de evocar, enfocar, visualizar y describir una situación determinada con personajes directos o indirectos, identificables en espacios y tiempos definidos. En ocasiones, al cuento atómico se le puede encontrar introducción, nudo y desenlace sintéticos, sin que tales elementos sean necesariamente visibles para la estructura del mismo. Aquí está la esencia del principio dramático de "las tres unidades": un hecho, en un lugar limitado, con un número restringido de personajes".

Este supremo minimalismo es perceptible en los cuentos atómicos, siempre y cuando se lean con atención, sin condicionamientos por los criterios literarios, formales y estéticos del cuento clásico, extenso. El cuento atómico es siempre minificción y esta se caracteriza por su extrema "brevedad y la presencia de ironía literaria, todo lo cual propicia una estructura paradójica y una relectura cuidadosa" según señala el teórico mejicano Lauro Zavala, notable estudioso del minicuento en lengua española. En su ensayo El cuento ultracorto: hacia un nuevo canon literario, Zavala propone tres tipos de cuentos breves: el cuento corto, de 1.000 a 2.000 palabras; el cuento muy corto, de 200 a 1.000 palabras, y los cuentos ultracortos, de 1 a 200 palabras.

Explica Zavala: "Esta clase de microficciones tienden a estar más próximas al epigrama que a la narración genuina. El crítico alemán Rüdiger Imhoff señala en su estudio sobre las metaficciones mínimas que para su comprensión cabal es necesario desviar la atención de las consideraciones genéricas acerca de lo que es un cuento, y dirigirla hacia el asunto más fundamental, que es la escala, es decir, la extensión de estos textos".

Dentro de la escala señalada por Imhoff, ningún cuento más representativo que el atómico, identificable por su brevísima extensión, la cual le hace reconocible a simple vista aún dentro de los cuentos ultracortos, pues no ocupa en la página más de tres renglones. Su impacto visual sobre el lector es instantáneo. Induce a la lectura, la relectura y la reflexión. Un cuento atómico puede ser leido muchas veces, repensado múltiples ocasiones gracias a su extensión, lo cual no sucede con los relatos largos.

Luis Barrera Linares, ensayista venezolano y erudito investigador de la historia y teoría del microrrelato, nombra como TU (texto ultracorto) a la "categoría literaria de diversa fisonomía discursiva que puede abarcar narraciones, poemas, epígrafes, epitafios, grafiti, adivinanzas, retahílas entre otros, pero cuya organización textual es completa (no fragmentaria) y no supera las cuatro líneas o las treinta palabras autosemánticas". Para mí, según lo propongo en esta Primera antología TEXTALE del cuento atómico a la cual invito en particular a cuantos Textaleros escriban microrrelatos y se ajusten a las normas requeridas, a los escritores registrados en REMES (Red Mundial de Escritores en Español) y en general a otros lectores y escritores navegando por estos espacios, el cuento atómico para ser considerado como tal debe ser un texto con fisonomía discursiva de relato que no supere las 20 palabras en español.

Es posible que al traducirse a otras lenguas uno de estos momentos narrativos, aumente o disminuya dicha cantidad. Cuando aumentan las palabras, deja de ser un cuento atómico. Los signos gramaticales no se cuentan. En sus anotaciones sobre el cuento, Julio Cortázar afirmó que este es para el escritor una especie de sistema atómico con un núcleo en torno al cual giran los electrones. Estos relatos microscópicos son los electrones de la intuición, puestos a la vista por la palabra.

De manera sintética y exigiendo mucho del lector, quien puede leerlo con ligereza debido a la forma misma del microrrelato, restándole importancia literaria, sin ahondar en sus significados o considerándolo un simple chiste, una anotación ingeniosa, el cuento atómico es de notoria fluidez semiótica que transgrede y distiende las fronteras no solo del cuento sino de la microficción misma. En una o dos líneas y en veinte o menos palabras, muchas veces mediante el solo título y la página en blanco, producto del extremo liubanofismo, el cuento atómico posee una situación narrativa única, formulada entre los elementos de anotada triada acción-espacio-tiempo. Algunos de los nombres aplicados al minicuento, pueden ajustarse también al cuento atómico: brevicuento, cuento diminuto, microcuento, cuento en miniatura, nanocuento, cuento instantáneo, relato microscópico, texto ultrabrevísimo, cuento fractal, cuento bonsai o ficción de segundos, entre otros, todos con igual capacidad de evocación.

Así parezca, el cuento atómico no es frase desprendida de un texto mayor. Sus autores lo han escrito y lo escriben como unidad independiente, autónoma en su historia, con un propósito definido y relatando siempre un suceso al cual parece dejársele inconcluso al lector, aunque para el cuentista ya está revelado dentro de la ultracorta estructura del cuento atómico.

Este, cuando es una historia precisa, sucinta, sugerente desde una imagen reveladora donde algo sucede a alguien en un ámbito específico, real o irreal, determinado o indeterminado, objetivo o subjetivo se convierte en la narratológica intuición de una realidad más profunda, más amplia, allende a los límites del lenguaje y la cultura.

John Barth, al referirse en un ensayo a la vieja y nueva ficción, afirma que esta puede ser minimalista en uno o varios aspectos, válidos aquí para la justificación teórica del cuento atómico. Declara Barth: "Hay minimalistas de unidad, forma y escala: palabras cortas, frases cortas, párrafos cortos e historias supercortas... Hay minimalistas de estilo: un vocabulario despojado, una sintaxis desnuda que evita el período y la cadencia, los predicados múltiples y las construcciones subordinadas complejas; una retórica desnuda que elimina por completo el lenguaje figurativo; un tono desnudo, sin emoción. Hay minimalismo de material: personajes mínimos, exposición mínima, mises en scéne mínimas, acción mínima". 

Aquí se retrata al cuento atómico -semejante ciento por ciento al haiku- hermano en prosa del fulgurante poema nipón. Los cuentos atómicos tienen como unidad básica, enmarcadora del texto, el renglón o máximo los dos renglones, donde la vista abarque en su mínima expresión posible todo el cuento. Los ojos perciben de manera instantánea el principio, el desarrollo y el final de la historia.

Los cuentos atómicos escogidos, y cuantos serán seleccionados entre los envíos que se nos hagan para el fortalecimiento cualitativo y cuantitativo de esta Primera Antología Textale del cuento atómico, integrarán un extenso corpus sobre tal subgénero de la minificción, configurándose desde el año 2000 con el propósito de mostrar la existencia de relatos microscópicos semejantes a El dinosaurio, los cuales, sin gozar de la suerte y reputación literarias acompañando por más de medio siglo a dicho texto, poseen igual o mayor fuerza narrativa, igual capacidad de sugerencias y similar intensidad alusiva; conmovedores por su realismo, inabordables algunos por su ambigüedad, gran parte de ellos inmersos en la fantasía y todos con innegables desafíos culturales para el lector.

Los cuentos atómicos tienen lugar concreto dentro de la literatura, a lo largo del desarrollo postmoderno del cuento y la historia de la minificción en lengua española, con sus múltiples propuestas y experimentaciones minimalistas. Este subgénero del microrrelato, es símbolo y producto de la visión intuitiva de la realidad. Es una práctica, cuando se escribe con conciencia tanto de la escritura por ella misma como del contenido expresado por esta, estética y espiritual por excelencia, donde el narrador se libera de los límites del lenguaje.

Experiencia del estado presimbólico donde importa no cuanto se dice, sino aquello no dicho pero esbozado en 20 o menos palabras estructuradoras del cuento. Son fundamentales para su efecto narrativo, para la sensación literaria y el impacto argumentativo, tanto la intensa y desconceptualizada relación entre lo dicho y lo no dicho, como lo expresado con lo no expresado, lo visible y lo invisible, lo metafórico y lo concreto.

Una sincera revelación para quienes deseen escribir cuentos atómicos: se puede hacer luego de la minuciosa, profusa, lúcida y desprejuiciada lectura de cuentos atómicos de incontables autores -profesionales o legos-, como también a partir de indagar en teoría y crítica del minicuento. En ambos casos, hay complementariedad y retroalimentación. El efecto de este tipo de refinado relato, para valorar su condición estética y su validez narrativa, lo describe con acierto el filólogo español José Luis González, al referirse al microrrelato especificando que su autenticidad estriba "en que aguante el pulso de dos lecturas al menos. En una primera lectura una obra de estas comprimidas dimensiones puede apabullar la vista con el relumbrón de su final, de su concepción, de su extraña e inapresable coherencia y su segunda lectura, cuando está descubierta la magia, el truco, la parte de atrás del escenario, puede añadir luces que no habían destacado en la primera elección".

Como ninguno otro, un cuento atómico puede leerse muchas veces sin fatiga, con creciente interés. En cada nueva lectura se puede entender mejor al acrecentarse sus sentidos e interpretaciones, sus alternativas de nuevos significados. Al lector atento, podrá inspirarle otras ideas estimulándole el deseo de escribir algo semejante. Como pocos géneros literarios lo hacen, el cuento atómico abre puertas del subconsciente para que el lector penetre con sus propias consideraciones, su bagaje cultural, su talento, sus cualidades de expresión escrita, en el territorio narratológico de tal forma minimalista literaria.

No es mi intención desarrollar aquí la historia del cuento atómico, citando autores y obras con textos que no transgredan el límite de las 20 palabras. Es vasta la bibliografía. Llamo la atención, por ser padre del cuento atómico, hacia el escritor francomejicano Max Aub y su libro Crímenes ejemplares (1956) obra donde el polifacético narrador incluye cerca de un centenar de microrrelatos con características propias del cuento atómico. A su vez, pionera también del subgénero, la narradora argentina Ana María Shua en su libro La sueñera (1984) tiene indiscutibles muestras de este. El dramaturgo, narrador, cineasta y místico chileno Alejandro Jodorowsky, en su obra El tesoro de la sombra (2005) incluye medio centenar de dichos relatos microscópicos con alto contenido filosófico y sicológico. En Falsificaciones (1966) del escritor argentino Marco Denevi, clásico del minicuento latinoamericano, hay varios atómicos. El venezolano Rigoberto Rodríguez, en Antifábulas y otras brevedades (2004), reúne microficciones inscritas dentro de la más auténtica expresión del cuento atómico. En otro libro, clásico y referente obligatorio del minicuento en lengua española, El gato de Cheshire (1965) del argentino Enrique Ánderson Imbert, hay varios cuentos atómicos.

Ánderson se refiere a sus microrrelatos así: “También mis cuentecillos son mónadas , átomos psíquicos en los que se refleja, desde diferentes perspectivas, la totalidad de una visión de la vida”. Si al vocablo “atómico” quisiéramos conferirle marco referencial en el tiempo y la literatura, tal fundamento descansaría en el prólogo de Enrique Ánderson Imbert a su citado volumen de puras intuiciones, donde la técnica le constriñó a darles  cuerpo dibujado en dos tintas, una deleble y otra indeleble. Los cuentos atómicos se escriben con tinta deleble. El argentino menciona, de manera metafórica, los átomos psíquicos. Para mí, cada cuento es un átomo físico concreto fuerza literaria comprimida pronta al estallido narrativo cuando se escribe y cuando se lee.

El cuentista y matemático mejicano Luis Felipe Hernández, con su libro Circo de tres pistas y otros mundos mínimos (2002) se sumó al agudo coro de los escritores de cuentos atómicos. Acopia una de las más significativas muestras de tales textos. Para Guillermo Samperio, Hernández es “un pulcro orfebre de la miniatura literaria”. En Colombia, donde la denominación de cuento atómico nace en Calarcá, Quindío, cultivan dicha forma narrativa el poeta y cuentista quindiano Alfonso Osorio Carvajal, el cronista calarqueño Hugo Aparicio y, de manera continua, rigurosa y metódica, el autor de este ensayo y compilador de esta antología, Umberto Senegal.

Es conocida por algunos la aseveración de Barthes sosteniendo que el texto literario no adquiere su sentido total, no llega a su expresión máxima sino cuando el lector, aportando sus experiencias, dejando de ser elemento receptivo, lo convierte en objeto de significado que necesariamente será pluralista. Sin poner límite a las propuestas interpretativas que pueda inspirar a sus lectores, el cuento atómico está más abierto que otras expresiones narrativas a la imaginación del lector.

Escogí el máximo de 20 vocablos solo para contrastarlos con aquella tradicional medida del cuento clásico donde algunos estudiosos y críticos cuantifican a la narración breve 20.000 palabras para ser leídas en un lapso de una a dos horas. Restamos 19.980 con el fin de llegar a un campo narrativo desde el cual pueda contarse una historia sin recurrir a tales excesos literarios. Novalis lo explica de manera racional cuando señala que “las diferenciales de lo infinitamente grande se comportan como las integrales de lo infinitamente pequeño, porque son una misma cosa”. Un cuento atómico es la integral visible de algo más pequeño. Es la dimensión narrativa escrita de lo intuitivo, soñado e imaginado.

El cuento atómico, como podrán verificarlo quienes desde hoy sigan la serie de textos seleccionados que con periodicidad aparecerán en TEXTALE, en conjuntos de veinte autores o veinte atómicos de un solo narrador cuando sea necesario presentarlos, lleva al extremo esa tendencia general del arte moderno donde se evitan las redundancias, es imperativo el rechazo de la ornamentación innecesaria, se eluden los desarrollos extensos y se rechaza lo ampuloso para destacar las líneas puras, el concepto transparente y la idea directa dentro del relato.

No está de más traer acá la opinión de W. Benjamin, quien amplía la afirmación de Valéry: “El hombre contemporáneo ya no trabaja en lo que no es abreviable”. Escribe Benjamin: “De hecho, el hombre contemporáneo ha logrado incluso abreviar la narración. Hemos asistido al nacimiento del short story que, apartado de la tradición oral, ya no permite la superposición de las capas finísimas y translúcidas, constituyentes de la imagen más acertada del modo y manera en que la narración perfecta emerge de la estratificación de múltiples versiones sucesivas”. Para no extender esta introducción, invito a aplicarle al cuento atómico cuanto Juan Armando Epple escribe sobre el cuento brevísimo: “En todo caso, el criterio fundamental para reconocerlos como relatos no es su brevedad sino su estatuto ficticio, atendiendo específicamente al estrato del mundo narrado. Creemos que lo que distingue a estos textos como relatos es la existencia de una situación narrativa única formulada en espacio imaginario y en su decurso natural”.

El objetivo de todo cuento atómico es el despojamiento de lo superfluo para revelar lo necesario, lo esencial en el relato. Un cuento atómico es holístico y fractal. Debe permitir una lectura satisfactoria como cuento o relato, permitiéndole al lector imaginar o recrear sentimientos, emociones, ensueños e ideas a partir de un evento sugerido.

MAX AUB (1)
(1903-1972)
(Francia- España-Méjico)

No tituló sus textos. La numeración acá incluida corresponde a mi selección, siguiendo el orden como aparecen en una de las ediciones de Crímenes ejemplares. No atañe a la obra.

l. Lo maté porque era de Vinaroz. 
(6 palabras).

2. -¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto! 
(13 palabras).

3. La hendí de abajo arriba, como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor. (19 palabras).

4. Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio. 
(18 palabras).

5. Lo maté porque estaba seguro de que nadie me veía.
(10 palabras). 

6. Lo maté porque, en vez de comer, rumiaba. 
(8 palabras).

7. Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite. 
(19 palabras).

8. ¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido. 
(16 palabras).

9. ¡Que se declare en huelga ahora! 
(6 palabras).

10. Lo maté porque me dieron veinte pesos para que lo hiciera. 
(11 palabras)-

11. Mató a su hermanita la noche de Reyes para que todos los juguetes fuesen para ella. 
(16 palabras).

12. Lo maté porque tenía una pistola. ¡Y da tanto gusto tenerla en la mano! 
(14 palabras).

13. ERRATA.
Donde dice:
La maté porque era mía.
Debe decir:
La maté porque no era mía. (15 palabras).

14. Lo maté porque no pensaba como yo. 
(7 palabras).

15. Lo maté porque era más fuerte que yo. 
(8 palabras).

16. Lo maté porque era más fuerte que él. 
(8 palabras).

17. Lo maté porque me dolía el estómago. 
(7 palabras).

18. Lo maté porque le dolía el estómago. 
(7 palabras).

19. ¿Por qué había de emperrarse así en negar la evidencia? 
(10 palabras). 

20. Había jurado hacerlo con el próximo que volviera a pasarme un billete de lotería por la joroba. 
(17 palabras).



viernes, 9 de marzo de 2012

AQUELLAS NOCHES EN EL MONASTERIO


                   
                                                                       
Obligados a elegir entre volver al monasterio donde violaron veinte Misioneras Esclavas del Inmaculado Corazón de la Purísima y Amantísima Virgen María, o desmoronar los días en góndola por canales de Venecia, aquellos lúbricos sátiros, –satyrisci y silenos–, resolvieron bautizarse en la primera iglesia de barriada que señalaran abriendo un directorio telefónico al azar.

   – ¿Y lo hicieron? ¿De verdad consultaron un directorio telefónico?

Un manoseado directorio hediendo a cerveza Krombacher y sin las hojas correspondientes a la z. Una de las monjas, con semblante de instruida teóloga y culo igual de suculento al de Talía en Las Tres Gracias, de Rubens, fue quien  mayor placer arrancó  a la violación. Su manera de gruñir el Padrenuestro mientras los sátiros la taladraban por dos lugares a la vez, era arrebatadora no solo para estos sino para las monjas estupradas en la habitación contigua, en particular cuando demandaba: “…hágase tu voluntad, hágase tu voluntad…”.

Admitir un encabritado rebaño de sátiros idénticos a  cuantos se encuentran en los libros de mitología grecorromana; o durante atardeceres de junio se ven por laderas de Peñas Blancas en Calarcá, Quindío, recostados en musgosas piedras de los potreros; aceptarlos en una iglesia pueblerina cerca de la masoquista iconografía católica; sátiros sensuales de falos tiesos y amenazantes cuestionando tabúes religiosos y resquebrajados principios éticos, no es fácil para usted.

   – Dios me libre de encontrarme alguno cuando recorro caminos de Salento, por Cocora. O cuando rezo el rosario.

Habría que lamentar las violaciones de las castas religiosas– Aunque dentro de esta historia, auténtica en toda la extensión de la mentira, ninguna de ellas se sintió violada. Plegarias y orgasmos, se combinaron en dosis desproporcionadas en lo concerniente a estos y no en lo tocante a las oraciones. El monasterio, enclavado sobre un cerro  en inmediaciones del pueblo, lo encierran jardines de geranios aromáticos, once guayacanes amarillos y  tres árboles de pomarrosa. En algunos recovecos del monasterio, las piadosas mujeres colgaron campanillas metálicas cuya función desconozco.

   – Y yo, menos. Desde niño, miraba esa construcción como algo misterioso.

Cuando se festejó la violación  uno de los satyrisci interpretó, en la campanilla mayor, un tema de Paganini: La Campanella. Durante la masiva violación, este suceso merecería relatarse en historia separada. Monasterios así, territorio ideal para pensar en todo, menos en sexo, invitan no solo a sátiros sino a todo tipo de lisoviks y azzab–al–akabas. En este momento, me arrulla la idílica imagen de una horda de parafílicos de todas las tendencias sitiando un monasterio y arremetiendo solo con su presencia, sus miradas y gestos, mientras giran en torno a los muros del recinto.

   – He visitado algunos de ellos, tanto de hombres como de mujeres: Cartujos de Santa María, Claretianos, Comunidad Misionera de Cristo Resucitado, Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, Congregación Hijos de la Inmaculada Concepción, Hermandad de Sacerdotes Operarios, Mínimos, Misioneros Combonianos, Orden Cistercience de la Estrecha Observancia, Padres Rogacionistas, Siervos Misioneros, Agostinas Recoletas, Marinistas, Teresianas, Congregación de Damas del Corazón de Jesús, Congregación Religiosa de los Santos Ángeles Custodios, Congregación Siervas del Divino Rostro, Hermanas Mercedarias de la Caridad, Hijas de San Pablo, Misioneras Cordimarianas, Monjas Trinitarias, Siervas del Plan de Dios…

 Claustros silenciosos edificados para excluir la sexualidad. Jardines particulares para suponer mítico el encuentro del pene y la vagina. Estatuas de ángeles y santos dispersas por pasillos y sótanos, vigilan  el ingreso de cualquier pensamiento lujurioso. Para ser francos, todos estos iconos participaron de alguna forma en el ritual de violación, compinches agitándose en sus podios ante las lúbricas escenas de sátiros y monjas desnudos.  Se conoce un vetusto método medieval para aprender a violar estatuas virginales, expuesto por el monje franciscano del siglo XVII, Antonino de la Vatistina, en su libro Debilidades de la casta imagen, donde se describen escenas semejantes a las ocurridas en el monasterio esa noche de oración y lujuria.

   – Lo tengo en mi biblioteca, fotocopiado, pero no lo presto  ni comparto con nadie.

Para todas las monjas lectoras de La Biblia, erigiendo sus fantasías sexuales desde la interpretación personal de El Cantar de los cantares, tal enardecido ceremonial de vaginas irredentas y falos liberadores fue trance de auténtica fe cristiana, prueba puesta por Dios a la recoleta agrupación para verificar su capacidad de arrepentimiento. Cuanto más infrinjan los mandatos religiosos, mayor será  su capacidad de arrepentimiento si florece la contrición y, por consiguiente, más efectivo será el perdón. Más lleno de gracia el pecador.

   – Amén.

Si la verdad se dijera, mas no tengo interés en expresarla ni usted en escucharla, sería necesario reconocer  a los  satyrisci y silenos como los verdaderos violados aquellas noches. Cada uno de ellos, hasta la postración física. Nada más represivo que la abstinencia sexual de personas creyentes convirtiendo la castidad forzada en cualidad básica para  acceder a la salvación eterna. Exigua señal de pureza, porque desde sus mentes y por su carne braman, rujen, ladran y maúllan los deseos. Tal creencia la consideran los devotos una marcha directa de las excrecencias vaginales a la diestra de la divinidad.

Para no confundirlo, vuelvo al principio: fue por tal motivo que a los sátiros les obligaron a escoger entre regresar al monasterio o viajar a Venecia, a recorrer sus 150 canales. Extraña penitencia, esta de navegar en góndolas, vaporetos o traghettis.  A esta altura del relato, usted se habrá olvidado de los canales venecianos. Pocos saldrían en defensa de un grupo de sátiros de la antigua Hélade. No pueden existir en nuestra época, dirán los escépticos. Fantasías de narrador con mente enfermiza, señalarán muchos.

   – Lo suyo es una antirreligiosa metáfora contra las congregaciones religiosas femeninas.

Nadie admitirá su presencia durante varios días en un convento, con mujeres agarrotadas sexualmente, ofreciéndole a Jesús o a María, a cualquier santo de martirologio su atrofiado himen, la maceración de  sus cuerpos inútiles, anos yermos que nunca fueron más allá de la deyección, bocas inexpertas para el beso o la felación, tetas en entusiasta marchitamiento. Nadie querrá aceptarlo, si con anterioridad no lo anuncia alguno de los manipuladores noticieros nacionales. Mucho menos reconocerán la sensatez de las discusiones teológicas surgidas a partir de jornadas sexuales entre monjas y sátiros. No creerán que allí hubo orgías a partir de las violaciones. En este bello mundo de Dios (¿o me equivoco sobre lo lindo y su propietario original?) son periódicas las polémicas de todo tipo donde participan doctos incapaces de llegar nunca a cualquier acuerdo. En realidad, dentro de filosóficas disputas de tipo teológico y religioso, los objetantes no tienen tanto interés en los acuerdos como en la disputa por sí misma. Es la oportunidad de desplegar sus argumentos y habilidades oratorias para exponerlos y meter en cintura sus oponentes. Es el deseo de disminuir al otro.

   – A mí no me incluya entre esos porque, cuando discuto, es para no quedarme callado y nada más.

Y si conciertan un pacto, a nadie beneficia tal compromiso. Por consiguiente, es normal considerar solo marmórea y mitológica la presencia de un fauno, pero jamás la manifestación concreta de un grupo de estos en un pueblo cafetero, entre gente católica y de sólidos principios cristianos, despedazando todas las leyes de la lógica en una sociedad adiestrada  para aceptar monstruos políticos, militares, económicos o mediáticos, pero estupefactos con  los sátiros.

   – A  una de las cuatro yeguas de mi abuelo Adonías, la fecundó Pegaso y nadie dijo nada. En la finca, a todos  nos pareció normal. Si habíamos escuchado gemir prolongadamente a la Llorona,¿ por  qué íbamos a dudar de un caballo con alas?

Nadie va a imaginarlos, luego de su arremetida carnal contra las volupcastas Misioneras Esclavas del Inmaculado Corazón, disfrutando vacaciones en Venecia. Las monjas, cuando conversé con varias de ellas para documentarme al respecto, no descartaban la posibilidad de algunos embarazos. Jamás pensaron abortar porque se sometían al pie de la letra a los sacros preceptos de la santa madre iglesia y del Papa.  Me gusta recrear la imagen de varios niños con particularidades de faunos, correteando por los jardines del monasterio. Comiendo pomarrosas. Con flores de guayacán amarillo en su cabello. Arrojándole piedras a las campanillas. Ocultándose tras las estatuas de ángeles y santos, mientras las monjas oran y en el claustro se escucha el rosario desmenuzado en voz alta para aplacar la vocinglería infantil. Este caso fue real y sucedió en Calarcá, Quindío, con sátiros que no son metáfora, alusión narrativa, sino sátiros reales. Tal vez lesione su moral, sus creencias religiosas y su visión científica del mundo.

   – Oh, sí, mi moral, oh, sí, mi moral, oh, sí, mi moral.

Podemos examinarlo bajo otro punto de vista: si te ponen a elegir entre violar varias mujeres religiosas de 19 a 65 años o  dejarte sodomizar por un fauno, ¿qué harías si de improviso te resultara un viaje a Venecia?  Viajar, ¿verdad? Claro que sí, viajar, visitar Venecia. Te confieso algo  nunca dicho en la familia: mi abuelo eligió la segunda opción, no porque fuera homosexual, sino porque su  pasión era la mitología grecorromana. Desde niño, cuando leyó un libro que su padre tenía sobre tal tema. Un libro rojo, de la editorial Sopena. Mi abuelo Cleofás vivía encandilado con el mito de  Orfeo y Eurídice. Durante  muchos años escudriñó, en librerías de viejo, los libros atribuidos por los escritores órficos de Grecia, a Orfeo: los Argonáuticos, la Demetreida, la Cosmogonía, Los cantos sagrados de Baco, la Teogonía, El velo o la red de las almas, El libro de las mutaciones o los Corybantos. Para bautizar Eurídice a mi madre, recorrió varias iglesias antes de encontrar un sacerdote dispuesto a darle tal nombre. Eran las iglesias y sacerdotes católicos de aquellos años. Hoy por hoy, puedes ponerle un número a tu hijo y lo bautizan sin ningún comentario. Conozco los nombres ordinarios que adoptaron los sátiros cuando se bautizaron en una de las parroquias de Calarcá.

Pocos cristianos saldrán en defensa de los sátiros, aunque el caso es antiguo y ningún historiador quiso registrarlo. Los escritores Humberto y Rodolfo Jaramillo Ángel, tienen algunas veladas crónicas sobre el caso, pero deben leerse entre líneas porque fueron censurados en su época por un notable y ultraconservador cardenal colombiano al tanto del caso. Pocos estarán dispuestos a rememorar cuanto se supo de  las orgías allí realizadas, pero también de las neoescolásticas controversias teológicas que los sátiros hicieron con las monjas. Llenarían páginas para convertir en novelistas a los poetas de Calarcá. En narradores a los historiadores quindianos. En historiadores a los cuentistas. En periodistas a los chismosos. Por fortuna, quedan varias grabaciones que uno de los obispos de la región conserva en su fonoteca particular. No todo es sexo ni oración. No todo. Los sátiros nunca regresaron a Colombia. Uno de ellos se suicidó en el Gran Canal, bajo el Puente de los Descalzos, cerca de la estación del ferrocarril.

   – Ese Canal tiene la forma de una s invertida, señor Senegal. ¿Lo sabía?    




TRES POEMAS







EL INSTANTE



El instante está llenándose
de pasado y de futuro.

Tan leve pero tan lleno
de pasado y de futuro.


El instante pierde su color
original y nadie sabe quién
está pintándolo así.

Nadie lo reclama y se extravía
entre el color de la noche.

Si tiene algún perfume,
nadie lo sabe porque no hay
tiempo para olerlo.


El instante está llenándose
de semillas y de frutos podridos.

Tiene también un niño jugando
con la arena en una playa sin nombre.

El instante, tuyo o mío, de todos, de nadie.

Tan capaz de cargarse de años
en un segundo;
de siglos en un minuto;
de eternidades en un mes
o mientras cruza volando el ruiseñor.

El instante, esta noche,
está quedándose sin pasado ni futuro.

Tan leve, tan vacío, tan solo
y sin embargo tiene espacio
para esta brizna de polen
que trae el viento.






MIENTRAS TANTO




Primero me iré yo.
De esto no hay ninguna duda. Y luego,
algún remoto día de algún remoto año,
más allá de millares de generaciones,
se irán a su vez este mundo y la luna.
La libélula, se irá dentro de algunas horas.
Mis nietos que aún no han nacido, si nacen,
se irán dentro de algunos años.
Estas ciudades, que se van a diario,
algún día se despedirán definitivas.
¿Habrá algún ser humano para despedir
al sol cuando también le llegue
el momento de partir?
No lo sé. Nada hago por saberlo
aunque a veces busco respuestas
en las rubaiyat de Omar Khayyam.
Bebamos y celebremos  juntos  aquella que dice:
"Me dieron la existencia sin consultar conmigo.
Luego aumentó la vida día a día mi asombro.
Me iré sin desearlo, y sin saber la causa
de la llegada mía, mi estancia y mi partida".
Sin embargo, mientras me voy,
contemplo la luna, asisto a la vida durante
todo el día y sin interrogantes
me siento a gusto en este mundo.





POEMA A HAFIZ



Hafiz de Schiraz, memorioso bulbul,
por la embriaguez que me causan tus poemas
y por el silencio al cual me inducen tus gacelas,
no encuentro razones válidas
para hablar demasiado con la gente. Así es.
Voy hacia las flores, Calarcá está llena de ellas,
y con el mismo silencio que siembras
entre verso y verso de tus poemas, 
esos otros silencios
propios de la embriaguez y la lucidez,
las interrogo por ti. Mejor que cualquier cronista
del Imperio, el Tulipán puede y quiere hablarme
de tu tristeza cuando el Sultán Mubarray
Eddin Muhammad te prohibió cantar
desde el minarete, ruiseñor de Schiraz.
Las rosas, frescas aún en tus poemas después
de varias centurias, y de donde el sol todavía
no evapora las gotas de rocío
que observaste alguna mañana, 
desean confesarte algo, Hafiz...

El tulipán y la rosa, después de tus poemas al vino,
en ningún lugar del mundo florecen sin algo de ti.
Te escucho: "No te aflijas si no llegas a alcanzar
los misterios de la vida,
pues detrás del velo hay delicias y placeres".
No importa el tiempo, Hafiz,
porque no hay tiempo ni distancias
cuando en tus poemas hablo contigo,
hablas conmigo o callamos juntos:
"Es hora de beber, amada mía.
Bebamos de prisa y no me digas
por el amor de Aláh: Beberemos después;
que hay tiempo para la embriaguez
de nuestros corazones.
No. ¿Quién nos podrá asegurar
otra nueva Primavera?"

Al amanecer o al atardecer, te escucho Hafiz.
En mi pueblo están de fiesta y se embriagan
con vinos diferentes. Doy traspiés con la copa
vacía, buscándote en el perfume
de alguna flor que resistió el peso de la lluvia
o la inclemencia del sol. Amigo Hafiz,
ambos estamos enamorados del mismo ideal...
Siento el roce de tu túnica.
¿Para dónde vas, aquí en mi pueblo? 
Calarcá y Schiraz
los llevamos en el alma. Te invito a caminar
las veredas de mi municipio,
pero déjame llenar mi copa con la miel
que escancias de tus jardines.

  

sábado, 3 de marzo de 2012

ALGUNOS RECUERDOS DE LA EXTRAORDINARIA VIDA DE SILFLERINO DE MEGOTAY BARBUJO






ESE QUE USTED ACABA DE RECITAR, es uno de los poemas que todos conocen en el pueblo porque a Silflerino le encantaba. Mis hijos se lo saben completo y yo también. Aunque, para ser sincera, el que a mí más me gusta es este:                         

Togrinavi es un totiga
que cerepa de dóngoal,
es un toga tocipielim,
toniane y tóngueju.
Le tangus las sadinsar
y es goami del tónra,
es un toga muy bleciaso,
mi totiga de dóngoal.

¿Qué le extraña más? ¿Que el niño tuviera facilidad para aprender y recitar poemas al revés, o que se llamara así? Así se llama y estoy seguro de que usted no ha tenido ningún alumno con este nombre: Silflerino de Megotay Barbujo. El profesor y los demás niños, simplemente le llamaban Barbujo, por  su apellido, pero quienes lo escuchaban creían que era un apodo y sonreían maliciosos.

Silflerino. Un poeta del pueblo le encontró significado al nombre. Explicó que era silbar y flechar la risa nocturna. Así se llamaba y lo llamaban en su barrio, por el pueblo y en el salón. Cierto día, lo invitaron a Bogotá para que representara a los niños inteligentes de su vereda y porque tenía la particularidad de cantar al revés, decir chistes al revés, adivinanzas y refranes al revés y hasta trabalenguas al revés. Quienes lo escuchaban, se quedaban mínimo una semana hablando igual. Fueron entonces a Bogotá para presentarse ante el Rey y sus primeros ministros. Si los dejaba hablando al revés, algo bueno pasaría en el reino. Allí, Silflerino les dijo cómo se llamaba, y cuando repitió nueve veces su nombre todos le creyeron, mientras sonreían mirándose entre ellos.

“Bonita manera de recibirme”, pensó Silflerino alistándose con todo su repertorio al revés. El único enojado fue un gato blanco que le arañó la mano. Era el gato del Rey al cual Silflerino se acercó cantándole una breve canción. Todos los gatos del mundo comprenden las canciones que se interpretan al revés y las escuchan con atención. “Estas siete, son las razas que mejor escuchan los poemas al revés”, enseñó Silflerino al Rey, la Reina y los Ministros: gato Cartujo, gato Siamés, gato Persa, gato Abisinio, gato Himalayo, gato Azul ruso y gato Angora.

Le interpretó varias nanas para niños que en su escuela los profesores de preescolar le hacían cantar durante izadas de bandera. El gato blanco del Rey, maulló al finalizar Silflerino y huyó ladrando en voz baja. Todos lo escucharon pero ninguno dijo nada porque, como era el gato preferido del Rey, su mascota privilegiada, nadie iba a mostrar extrañeza por sus indiscretos ladridos. Cuando el gato es del Rey, aunque ladre o relinche…

Volvamos al principio. Usted no me ha preguntado quién le puso ese nombre al niño. Alguien debió ser, pero no estaba por ninguna parte para averiguarle detalles. Silflerino de Megotay Barbujo no tenía padres. No se le haga raro. En este reino millares de niños no tienen padre ni tienen madre, sólo abuelas pobres a quienes nadie envía torticas ni miel, como sucedió con la abuela de Caperucita Roja. Pues sí, tenía y no tenía, porque a Silflerino lo adoptó una anciana que vivía en las afueras del pueblo, en una temblorosa casa de bahareque.

La señora se llamaba Bufanda de Megotay Barbujo. Como el niño, sí señor. A veces los muchachos para indisponerla le gritaban: “¡Brujanda!”, pero ella lo único que hacía era sonreírles, levantar el brazo y hacer gestos con la mano. Entonces a los muchachos les comenzaba a picar la cabeza como si tuvieran piojos. Eran pocas sus referencias al pasado del niño y nadie iba a molestar con tanta preguntadera, a una vieja bondadosa que alimentaba en su casa varios niños sin hogar, cuatro ancianos desamparados y siete perros abandonados por sus amos. Era el nombre de ambos y no voy a discutir por eso.

Venía contándole del niño. Todos en el pueblo le llamaban Silflerino. Otros le decían Megotay. Silflerino es un nombre para pronunciarlo suave, como soplando una flauta de bambú. En cambio, ¡Megotay!, había que escuchar la fuerza con que le gritaban al muchachito, ¡Megotay!, por el pueblo. Y los profesores le conocían como Barbujo. Silflerino acudía donde lo llamaban. Volteaba a mirar o alzaba el brazo y movía la mano con gestos parecidos a los de doña Bufanda. No me va a creer esto por lo extraño: cuando Silflerino alzaba su brazo, descendían palomas y pájaros a reposar en su mano. Todas las aves del entorno querían a Silflerino y por eso en su pueblo nadie tenía jaulas ni los niños conocían las caucheras.

Las aves volaban y caminaban por todos los lugares del pueblo, sin nadie que las ahuyentara. Un escultor les hizo diferentes esculturas en madera, cemento, alambre y raíces. Es de verdad, se llama Germán Arias y ahora vive en Medellín, en el corregimiento de Santa Helena. Es el único corregimiento de Colombia con esculturas de pajaritos por varios lugares, porque las estatuas siempre se las hacen a los guerreros y nadie piensa en pájaros, mariposas, armadillos o mermudios.

“Es porque entienden la manera de Silflerino hablar”, comentaba la gente viéndolo cubierto de golondrinas: golondrina Ceja blanca, golondrina Barranquera, golondrina Negra, golondrina Tijerita, golondrina Doméstica, golondrina Parda, golondrina Zapadora, golondrina Rabadilla canela, golondrina Ribereña, golondrina Cabeza rojiza, picaflor Común, picaflor Bronceado, picaflor Garganta blanca, picaflor Corona violácea, picaflor de Barbijo, picaflor Rubí, Colibrí Grande, picaflor Cometa, picaflor Vientre blanco.

Aceptemos que doña Bufanda fuera madre del niño. Lo encontró entre una caja de cartón, abandonado en el parque del pueblo. La caja estaba llena de flores de guayacán lila, que no lograban esconder la sonriente cara del bebé. No tuvo ninguna dificultad para adoptarlo y quedarse con él. Nadie lo reclamó y ya transcurrieron ocho años desde la madrugada en que varias golondrinas Tijerita cuidaban  la caja donde manoteaba el bebé.

Doña Bufanda fue donde el párroco y dispuso que se llamaría Silflerino de Megotay Barbujo. Cuentan quienes la conocen, que alguien le recomendó tal nombre para traerle suerte al niño. Yo no sé nada, pero en la casa de doña bufanda vivió durante varios meses un extraño peregrino que vestía túnica blanca, consejero de aquella. Como era de esperarse, el sorprendido sacerdote preguntó boquiabierto por qué iba a darle ese nombre al niño. “Silflerino…Silflerino…”, repitió el buen hombre, indeciso y extrañado. “¡Silflerino!”, ordenó doña Bufanda, “¡claro que Silflerino y complételo con de Megotay Barbujo!”.

Pues bien, así sucedió y hasta la pila bautismal llegaron más pajaritos de los que se podía admitir en un acto de estos, pero el párroco no protestó y dijo que eran cosas de Dios. Como ella cumplía con sus diezmos, participaba en la fiesta de la Virgen, colaboraba con los pasos de Semana Santa y todos la querían en el pueblo, al bebé lo bautizaron Silflerino. Y Silflerino se quedó. Doña Bufanda sonrió agradecida invitando al cura para que al día siguiente pasara por su casa a comer sancocho de gallina.

Pronto tengo que irme, pero todavía puedo contarle algo más. No demora el turno de las doce y no puedo dejarlo pasar porque el otro sale a las tres. Silflerino creció hablando solo en la casa, por el patio y por las calles del pueblo. Le gustaba hablar solo, como si alguien invisible lo escuchara haciéndole preguntas de vez en cuando. Hadas, duendes, gnomos, imaginaciones, yo no sé. Las veces que lo vi, daba la impresión de que había alguien a su lado, entretenido escuchándole sus poemas al revés, en un juego mutuo donde Silflerino en ocasiones reía sin parar, corría como si apostara carreras con alguien o se quedaba atento, escuchando quién sabe qué historias. Sabía muchas diferentes de Caperucita Roja.

¿A usted también se lo contaron? Es cierto, en  ocasiones se veían dos sombras: la suya y la de otra persona, sombra como de otro niño cerca de la suya. Mucha gente, pero mucha, las vio. Al principio pensaron mal de él y de doña Brujanda, pero con el paso de los meses todo se calmó. “Que no es normal”. “Es un niño especial”. “Es bobito”, decían sus compañeros, pero no por mucho tiempo. Bastaba ganarse el cariño y la amistad de Silflerino, para que la gente cambiara sus actitudes agresivas.

Nadie sabe quién le enseñó todas esas adivinanzas en verso que a veces decía al derecho y casi siempre al revés, según la temperatura, con mucho sol o lloviznando, nublados o transparentes el amanecer y el atardecer, con viento o sin viento. De las que más me acuerdo… ¿Quiere escuchar algunas?... Las dos primeras son de las que él usaba en verano. Y la última, de las que interpretaba en invierno:

Sajervia  mosso
de grosne dostives,
jobade de las jaste
mosceha los dosni.

Un tochibi dever
breso la redpa,
rreco que te rreco,
cabus qué merco.

Con su sari raneñama
dato la yapla taroboal,
radocapes y ranerima.


Silflerino tenía memoria prodigiosa. Esto de “prodigiosa” no lo digo yo. Lo afirman profesores que lo conocieron. Los compañeros de Silflerino exclamaban sorprendidos: “¡Qué bacano!”. No, doña Bufanda no sabía versos, ni poemas ni nada de esas cosas que contaba el niño. Con decirle que ella fue la primera sorprendida. Cuando entró a la escuela, Silflerino ya iba aprendido, digo yo. Además encontró un profesor que le estimuló ese talento. Uno a quien le gustaban los libros viejos y que se ha especializado en recoger los que nadie quiere, que estorban en las casas. Libros que todos olvidaron para qué sirven. Ese profesor comienza las clases leyendo a sus alumnos un cuento o un poema. A partir de eso, Silflerino adquirió más habilidad hablando al revés. Oiga le digo: se le escuchaba bien. Musical como los discos que llaman clásicos.

Leía un poema que le agradaba y durante algunos  días lo repetía al revés, diciéndoselo a sus          compañeros y a cuantos querían escucharlo por el pueblo. La fama que adquirió le hizo ganar el concurso para viajar a Bogotá, donde el Rey.

Nadie rechazaba el curioso lenguaje de Silflerino.  Hasta para las aves era agradable. Cuando Silflerino declamaba el poema, siempre llegaba un pájaro a reposar sobre su hombro o su cabeza, escuchando encantado su dulce voz. ¿Qué opinaba doña Bufanda?... Doña Bufanda reía. Reían doña Bufanda y Silflerino y las aves y quienes estaban ahí, aprendiendo el lenguaje al derecho y al revés.

Silflerino se entusiasmaba haciendo reír a doña 
Bufanda, quien para recompensarlo aumentó las porciones de cuchuco amarillo que ponía por el patio a las aves. La casa se llenó de pájaros de diversos colores y especies, que bajaban de la montaña a escuchar los poemas de Silflerino. Varios turistas españoles le tomaron fotos y grabaron las adivinanzas que decía, pero en particular las aves que llegaban a escucharlo. Decenas de las muchas especies que hay en esta región. No podían creerlo. Yo no lo vi, pero uno de los profesores contó que esas fotos las incluyeron en un blog de internet, donde Silflerino parecía un personaje de la película Tideland, amigo de Jeliza Rose.

A Silflerino la fama no lo cambió. Ni cuando 
regresó de Bogotá con regalos para los niños de la escuela. Quienes cambiaron fueron sus amigos. El reto, cuando escuchaban declamar un poema al revés o plantear acertijos, era dejarlos al derecho en el menor tiempo posible. O a medida que Silflerino los decía, iban repitiéndolos de manera correcta, devolviéndole a los poemas su sentido original.     
                            
¿No es profesor?... ¿Ni periodista?... ¡Cuentista! ¿Y 
sí cree que le van a creer lo de Silflerino? ¡Ahí viene el jeep de turno! Qué pena, señor, tengo que irme. Ya sabe dónde encontrarme. Le puedo contar historias de Silflerino como para que haga un libro. Oiga, y no olvide escribir en su cuento que Silflerino recorre con doña Bufanda los pueblos del reino, narrando al revés cuentos de los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas y fábulas de Rafael Pombo.

Calarcá, mayo de 2009



Primer puesto VII Concurso regional de cuento infantil escrito por docentes, Comfenalco, Quindío, 2009.