domingo, 5 de febrero de 2012

CUENTOS ATÓMICOS (1)






INQUILINOS

En su casa, no había más vampiros.







ITINERARIO

Escarbando o en globo, se llega hasta el cadáver.








EL PARAÍSO

“Señor”, preguntó Adán cuando salió, “¿puedes hacer otro aquí afuera?”.
“Está hecho”, dijo él.








DOBLE OFICIO

En este circo pobre si el payaso no fuera mago, ninguno le vería sonreír.










FALLECIMIENTO

Ya morí. ¿Qué hago ahora?









DISCRECIÓN

De mi muerte, me excita su manera de escondérseme entre las muertes ajenas.









SORPRESA

“¿Encontraron los regalos?”
“Sólo el tiburón y la mano izquierda de papá”.









LICANTROPÍA

“¿Ves esa monja orinando?”
“¡Sí!”
“En realidad, es el hombre lobo”.







FUERA DE SITIO

Está bien, utiliza tus brazos y bocas, pero… ¿no crees que tu pene no debe estar ahí?









PERSECUCIÓN

Lo sigue un enjambre de colmenas…








INTRODUCCIÓN PARA UNA NOVELA

Quiso escribir un microrrelato. Al pensar en tantos nombres para el género, se abstuvo de hacerlo.








LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

No se atrevió a matarla. Varias águilas sobrevolaban el gallinero.









MOLINOS DE VIENTO

Los molinos salieron al encuentro de Don Quijote, confundiéndolo con un caballero.









ELECTRA

Ninguno de los dos, la embarazada y su esposo, pensaron que mientras hacían el amor propiciaban ese futuro incesto.









EXTRANJEROS

Se estremeció la cueva cuando entre los murciélagos que regresaban, distinguió un vampiro.

ME DICEN QUE EL PAYASO DIJO…



            
                              

- No voy para ningún lugar. No me encamino hacia ningún sitio, aunque parezca  andar hacia allá. Mi designio como poeta es el territorio donde siempre estoy. Por tal motivo nunca me acelero. Todo sabe esperarme, si resuelvo estar donde me encuentro. Llego siempre a la hora justa, en el instante correcto para mí y para el mundo cuando no tengo afán por llegar ni zozobra por el regreso.

-  Yo también.

- Elijo escuchar el silencio: con sus sigilos conversa mejor y revela más de cuanto los hombres comunican con palabras.

- Yo también.

- Mediante el sexo, me experimento en el cuerpo y el erotismo del otro. A la vez, identifico  a este a través de mí. En pareja me sucede igual. El frenesí de la experiencia recíproca, da energía a  mi relación y  me concede particular  sensibilidad  de fácil transmisión a la otra persona.

- Yo también.

- ¿Hay algo en la mujer que yo pueda distinguir y comprender, distinto a su sexo?  ¿Hay algo expresado, musitado, acariciado por ella más allá de su sexualidad? Cuando hombre y mujer, en íntima reciprocidad, son conscientes de tal circunstancia física el uno en el cuerpo del otro, dan el paso preliminar para trascender sus cuerpos y  sus sexos sin negarlos, sin repulsarlos en aras de algún dogma, alguna moral o cualquier patrón sexual de la época.

- Yo también.

- Lo substancial para el individuo, es el total de vida capaz de manifestarse a sí mismo. Su comprensión crece con las expresiones de vida irradiadas desde cada pensamiento, con cada palabra suya, a través de acciones y silencios  consigo mismo. Por cuanto se refiere a lo erótico, lo significativo en el sexo no es el amor ni son los sentimientos. Importa es la cantidad de energía, vitalidad y consciencia conservadas y manifestadas por los cuerpos. Lo demás viene por añadidura.

- Yo también.

- Hay demonios creadores por todo rincón del mundo y del hombre. Esperan las palabras apropiadas, los sonidos modulados o guturales evocándolos e invocándolos desde el verso, la música o la pintura. Todos ellos son demonios íntimos, aguardando los conjuros y metáforas,  los hechizos y mantras,  las indulgencias y perversidades, las afirmaciones  e incertidumbres para despedazar las puertas del entendimiento y  del asombro en el hombre.Tales demonios pernoctan a tu lado aunque no los veas ni presientas.

Residen en tu respiración aunque los niegues o soslayes. Hay demonios en la flor y la lluvia. Indeterminados demonios entre libros de magia y volúmenes de poesía. Demonios creciendo, multiplicándose entre ecuaciones y teoremas. Demonios expectantes entre conjeturas matemáticas. Encantadores demonios en ríos y montañas, en árboles, en las palabras tiernas y el sexo desenfrenado. Tales demonios invaden también el ciberespacio y buscan ser llamados a la cotidianidad por los hombres. Aguardan ser convocados en un poema, en algún espacio de internet o en la sosegada meditación. Caminan por calles  de pueblo o ciudad, disfrazados de sombras. O de niebla. O de hojas secas  y viento. Son equilibristas sobre guaduales del Quindío y para la ocasión se tornan verdes. Entre las cinco y seis de la mañana, dos de ellos se dejan ver en uno de los guaduales de la carretera que conduce de Barcelona a Caicedonia. Pueden vivir en recónditas grutas o en el pensamiento cotidiano de una persona. Viven en la ternura o en el resentimiento. Saltan de tu interior al mundo exterior y de este pueden precipitarse, sin previo aviso, en tus miradas, tu corazón o tu conciencia. Hay demonios que no te llaman, esperan siempre tus llamadas.

- Yo también.

-Si en el comprimido nivel donde desempeñas tus deberes lesionas a quienes se encuentran en categorías inferiores a las tuyas, ¿qué pasaría si te permitieran desempeñar cargos superiores o te ascendieran a cotas mayores sin estar preparado internamente?

-Yo también.

-El hielo es el mordizco del agua.

- Yo también.

- Escribir es pretender enlazar un bisonte de planicie entre una estampida de estos. Atrapas uno, si tienes éxito, y consideras entonces haber apresado la revoltosa manada. Más peligroso todavía: el lazo que empleaste para atrapar al bóvido, era de seda.

- Yo también.

- Ese predicador, con sus aullidos e intimidaciones como evidencias de Dios o la verdad; con sus ofrecimientos del paraíso en el otro mundo y del perdón en este, con sus inculpaciones salmodiadas donde convierte en infierno los placeres de la vida, ahoga tanto sus propias ideas  como el irrisorio juicio, la libertad y la voluntad  de quienes lo escuchan concediéndole alguna credibilidad y dejándose hechizar por sus emociones verbales. Ese orador, le predica a otros catequistas.

- Yo también.

- Bien porque la transforme en microscopio o la aproveche como telescopio, gracias al instrumento natural de la flor descubro, orientándolo hacia el lugar preciso, a Dios donde se oculta o se revela. Jardines, boscajes y montañas son mis laboratorios para fabricar la piedra filosofal.
- Yo también.

- En última instancia, cuanto leí es infructífero para mi espíritu. Hasta los libros de contenidos espirituales, cuya discrepancia con los otros fue inducirme a descubrir dicha inutilidad en aquellos.

- Yo también.

- Nunca es Dios tan incumplido, como cuando las promesas las hace en su nombre un pastor o un sacerdote.

- Yo también.

-Tanto profundicé dentro de mí con la lectura de libros, que ahora tengo un vacío enorme.

- Yo también.

- Mi metafísica soledad y mi sed de absolutos, por fortuna tienen sus límites. Se apaciguan cuando saboreo una fruta o beso a esa mujer. Y se olvidan o menguan… cuando le hago el amor.

- Yo también.

-Tanto le platiqué de amor para seducirla, que terminé creyéndomelo. Y cuando ella afirmó no amarme , fui yo quien experimentó dolor.

- Yo también.

- Algo turbio hay en Dios con tanto intermediario mercadeando en su nombre cuando estos vociferan, citan versículos, juzgan desde sus particulares interpretaciones y construyen iglesias para presentárselo a los tontos devotos.  Y algo más sospechoso en los mediadores, con el silencio de Dios. Cuando habla  uno de ellos, el otro no se encuentra por ningún lado.

- Yo también.

- Esa caterva de predicadores obstaculizando con sus bramidos los susurros de Dios, me inducen a imaginarlo un inepto para ofrecer Él mismo sus productos.  Si me atengo a las explicaciones de aquellos, le supongo poco hábil para promocionar su creación. Timorato y crédulo al delegar su labor en sacerdotes y pastores. En teólogos. O en realidad su creación no es efectiva para garantizar la imagen de creador. Sus sacerdotes, pastores, teólogos, filósofos, religiosos y fanáticos de todo tipo, versados en negocios de espiritualidad, menos en fomento interno de Dios, la ofrecen demasiado costosa o la regalan sin acertar jamás con el valor establecido por Dios mismo.

-Yo también.

- Siempre sobrarán evidencias categóricas para llenar de dudas las afirmaciones, negaciones y dudas de un individuo, lo cual garantiza que dichos argumentos y quienes los exponen, sean dignos de confianza.

- Yo también.

- Aquel individuo se emperifolla de complejidad verbal para velar sus pensamientos simples. A este otro, le basta su verbal sencillez para expresar ideas y pensamientos complejos. Al comunicar algo, este último es el hombre fundamental en cualquier relación.

- Yo también.

- Los secretos de la existencia se descubren con la directa manifestación de las cosas. En particular, con la presencia de árboles e inadvertidos brotes de flores y yerbas. La barrera para comunicarnos con ellos, nace de la incompatibilidad entre su lenguaje y el nuestro, de la distancia entre el vegetal y el ser humano, salvable cuando el poeta, el filósofo, el místico o el artista, imaginan  e intuyen. Si conjeturar sirve para acercar dos lenguajes distantes, la intuición es entonces el comienzo  de un vocabulario capaz de ser entendido por ambas partes: plantas y hombres. A partir de tal imaginación vertida en poemas, pinturas, música o divagaciones metafísicas, se descubren letras, sonidos, símbolos y contenidos en el árbol y la naturaleza, facilitando la comunicación entre ambas categorías.

- Yo también.

- Lo ajeno, es mío cuando lo siento. Lo mío es ajeno cuando también lo sientes, si sabes apropiártelo para darle atributos a lo tuyo. Con internet, hoy por hoy, lo propio nunca volverá a ser privativo  en el total sentido de la palabra. Lo mío es tuyo y de otras personas. Lo de otros puede volverse mío. Lo tuyo me pertenece y nada es mío. Las ideas, en el transcurso del siglo XXI , se fusionarán en la demoRed. Cada vez será más arduo presentar algo tuyo como tuyo en su totalidad. Tus rasgos en el estilo, en las ideas, en los temas y la manera de emplear un lenguaje para exponerlos, dependerán de la originalidad de otros y viceversa. Tus ideas se enriquecerán con pensamientos de otras personas las cuales, a su vez, enriquecerán las suyas con millares de personas más ahí,  en la demoRed, esperando quién las fecunde y a quién fecundar.

- Yo también.

- Placenteros cosquilleos, desde las galaxias hasta los quarks, deben provocarle al buen Dios las tentativas de muchos matemáticos para reducirlo a un sistema de ecuaciones diferenciales. Cosquilleos que, de alguna manera, Dios retransmite al poeta.

- Yo también.

- Tan yermos estaban el hombre sin nombre y el árbol sin frutos en la llanura, y tan solitarios se descubrieron en la ilímite extensión  de sus soledades, que el hombre arraigó en el sitio por donde caminaba y el árbol se desarraigó y fue a buscarlo para envolverle con sus ramas sin hojas. El hombre olvidó los colores de las aves y en el árbol  estas nunca volvieron a construir sus nidos.

- Yo también.

- Todo cuanto pienso decir, al expresarlo carece ya de la intensidad y los matices que tenía  mientras lo pensaba. Se me esfuma la poesía, de lo pensado. Adquiere gamas diferentes al decirlo. No tengo más alternativas: regreso al silencio o continúo mintiendo.

- Yo también.

- Si descubriste gracias a la palabra hasta dónde se remontan los colibríes, no menosprecies con la palabra el vuelo de las mariposas porque del cielo puede bajar un dragón y soplar fuego sobre tu cabeza o sobre tus palabras, poeta engreído.

- Yo también.  

- En tu respiración cohabitan la mariposa, el colibrí y el dragón. También aquí, fuera de tu cuerpo y de tu alma, fuera de tu sensibilidad cuando respiras. Y seguirán cuando ceses de respirar.

- Yo también.

- Cuando estés agonizando, ninguna filosofía, ninguna religión, ninguna esperanza y ninguna fe tendrán solidez suficiente para agarrarte a ellas. Ninguna es tan consistente  como la presencia de esta pequeña flor mientras vives. Con su forma, su coloración y su perfume,  te invita al vacío sin complejidades ni abstracciones metafísicas mientras llegas al punto de encuentro con tu muerte. Ni tú ni esa flor juntos irán más allá de ella, la cual, con todo su poder, en este momento es incapaz de quitarte la flor  que observas y te observa.

- Yo también.

- Si manifiesto que es algo complejo, demandarán que sea sencillo para exponer la experiencia. Si declaro que es obvio, querrán explicaciones enmarañadas para darle credibilidad a cuanto señalo. Si guardo silencio, siento  congoja por ellos. Tienen la poesía y no ven ni escuchan. Escribo entonces un haiku y sigo de largo. Sin palabras. Sin explicaciones bajo la luna llena que salió temprano. Tampoco tienen tiempo para la brevedad de tal poesía. O desean un poeta entreteniéndolos  con elucidaciones, con extensos cuadros de lo fugaz. Si el mundo mismo no te ilumina las 24 horas que vives en él, ¿quién podrá iluminarte? Si algo extraordinario te deja indiferente con sus incontables milagros cotidianos, ¿qué podrá estimularte a reconocer la presencia de lo trascendental donde estás parado?

Cuando recurras a la montaña para encontrar la entrada a tu santuario interior, siéntate al lado de un angosto hilo de agua oculto por la yerba y escúchalo. Si quieres, introduce tus manos en el agua y habla con ella. Doña Carmen Elisa Ortiz Amaya, la verdemántica de Génova, Quindío, con quien tuve la dicha de sostener algunas esotéricas pláticas y de la cual daré a conocer en este espacio detalles sobre su singular y casi extinto método de adivinación, exigía lavarse las manos en el más reducido hilillo de agua que se encontrara por allí cerca, friccionándote además con siete hojas de yerbabuena antes del ceremonial. No puedo dejar de recordar aquí lo relatado por el neurofisiólogo y místico Jacobo Grinberg-Zylberbaum en su libro Curaciones chamánicas, Pachita, el milagro de México (Biblioteca Fundamental Año Cero, España, 1994) quien anota una respuesta de Bárbara Guerrero, Pachita,  a un operado del corazón: “¡Primeramente Dios, y para arriba, buen hombre! Cuando vea agua en un arroyo, corte una flor roja y vea cómo el agua se la lleva. Esa es una buena medicina”.

- Yo también

- ¿Dónde están los seis patriarcas del zen? Daruma, Yeka, Sisan, Doshin, Gunin y Yeno. A diario los identifico en esta gente pasando apresurada y ciega por mi lado. Cuando deseo congratular su memoria, se transforman de nuevo en todos aquellos pobres individuos víctimas insconcientes de los proyectos y acciones del Instituto Tavistock. Sin embargo, cargan con los patriarcas en alguna parte del corazón, de su adormilado cerebro.  Estos van con ellos y sonríen, compasivos. ¿Dónde fueron, en este momento, los antiguos patriarcas del zen que me saludaron hace un momento?

- Yo también.

- No quiero ni puedo participarte en este momento la flor y el abismo donde resido.  Mi abismo florece en otras simas y mi flor se desvanece entre su propio perfume. Solo puedo acercarte a ellos  si aprendes a extasiarte con el aroma del precipicio y las honduras de la flor. Solo eso puedo. Solo eso quiero. Si no tienes prisa por el mundo, por este camino de vereda, tal vez encontremos tus propios abismos y tus propias flores. Hay muchas, hay tantas…

- Yo también.

- Qué fácil remolca la mariposa en su vuelo, a la catedral. Hablo de una catedral real, de componentes reales.  Ese tipo de catedrales donde  los cristianos entran a buscar a Dios, a solicitar perdón por sus pecados, a monologar con sus íconos preferidos, a prender alguna veladora o a implorar cualquier cosa. Estoy aquí, con mis manos humedecidas por la dulce agua escurriéndose  de la sandía que mastico, en una esquina del sitio donde quedaba la catedral, observando la mariposa, leve, brillante, perderse a lo lejos con la catedral  detrás de  sus alas, sujeta de un hilo de telaraña.  Grávido en el andén, escupiendo pepitas de sandía, me reconozco incapaz de volar, de acompañarla en su vuelo, o dejarme arrastrar también, como la catedral con todos sus símbolos y su cemento, con sus dogmas, con su arquitectura gótica.  Tal vez otra mariposa… no sé, o algún colibrí en esta ciudad de cemento.

- Yo también.

- Tú también, él también, nosotros también, ellos también.

LA INCENDIARIA GUITARRA ELÉCTRICA DE YNGWIE MALMSTEEM


Yngwie Malmsteen
                                                                                                                                       

Para entrar en las arrebatadoras dimensiones estéticas e interpretativas del guitarrista sueco Yngwie Malmsteem; para reconocer la energía de sus trabajos musicales, rupturas y preciosismos propios de la técnica shred, como productos característicos de eufonías de  nuestra época; para aceptar sin dogmatismos que su guitarra eléctrica no es inferior a un piano o un violín; para comulgar con su natural audacia musical como forma de tributar admiración a clásicos selectos y segmentos escogidos de sus obras, introduciéndolos en vitales resonancias del virtuosismo y las distorsiones de su sofisticada guitarra eléctrica; para asimilar sus propuestas musicales desde la perspectiva del metal neoclásico -subgénero del heavy metal con enérgico influjo  de la música clásica-, en torno a obras  y autores de registrada autoridad histórica que conmueven a los intérpretes del mencionado subgénero, y desde estos elementos de juicio asombrarse con sus múltiples matices de interpretación, se necesita carecer de sesgos musicales, no limitarse a la expresión musical de una época determinada y sensibilizarse con toda clase de ritmos, estilos e instrumentos. Música sin restricciones a las entelequias del sonido, en una construcción mental de niveles de escucha donde muchos temas y estilos, cualquier escuela y cualquier género, hacen parte de un horizonte en el alma y la capacidad de percibir y disfrutar todo tipo de armonías.

En este caso, para entender el valor musical de Yngwie, si además se tiene oído para la expresión clásica de la música y su magnitud sicológica, junto con reflexiva tolerancia hacia la música moderna que en algunas de sus manifestaciones parece alabanza de lo desafinado y del rechinamiento, estamos maduros  entonces para regocijarnos con el instrumento y los temas del mayor guitarrista contemporáneo de metal neoclásico, capaz de crear lugares de comunicación estética entre algunos clásicos y el citado subgénero del heavy metal.

Escuchar fragmentos gloriosos de Bach, Vivaldi, Paganini, Mozart, Albinoni o Beethoven, por ejemplo, en los arpegios y veloces escalas que identifican el estilo shred, en una arrolladora guitarra eléctrica con accesorios tecnológicos sugerentes, enriquecedores de las conocidas tonalidades clásicas, es una  experiencia total con la música, imposible de rechazar por el melómano apasionado. Yngwie, maestro de la presteza y del vibrato, entra en litúrgico contacto con la presencia musical de grandes maestros, elegidos por sus particulares sonidos, sumergiéndose  en la conciencia creadora de cada uno de ellos gracias al efecto emocional de temas seleccionados con el fin de participarnos sus estremecimientos y descubrimientos musicales. Su técnica de guitarra acude  a elementos  de digitación del violín,  empleados por Paganini y Vivaldi, sin menospreciar aportes melódicos y armónicos característicos del Barroco. Pionero del shredding a partir del hard rock, el heavy metal y el jazz fusión, las técnicas y exigencias guitarrísticas de Malmsteem permitieron el perfeccionamiento musical del subgénero hasta límites insólitos en músicos de la talla de Rusting Cooley, Roderick Giberson, Masayuki Sugahara, Alejandro Silva, Guthrie Govan o Alexi Lahio, entre otros, cuyas destrezas  con la guitarra eléctrica son auténticas celebraciones del sonido en dicho instrumento y un recorrido de excelso refinamiento por las piezas que interpretan todos ellos, clásicas o modernas, de recargado virtuosismo, con melodías complejas en extremo y sin atender demasiado a las frases musicales en aras de la velocidad.

El melómano o el musicólogo no restringidos por movimientos, épocas históricas, géneros, obras, temas y músicos perennes dentro del ámbito, acogerán fácil y sin severidades críticas estas versiones en metal neoclásico, sin notar cambios o desproporciones de las obras originales. El transformador aire de la guitarra eléctrica introduce en las piezas musicales clásicas un dionisiaco ritmo de vitalidad y sensual alegría.  Quienes aman la música clásica y valoran sus heterogéneas consecuencias, sin subvalorar manifestaciones propias de la sociedad y del tiempo donde vivimos, y las profundizan sentimentalmente conmoviéndose con modelos específicos y autores e instrumentos de este siglo, con certeza hallarán un nuevo mundo de sensaciones no solo auditivas sino espirituales, existenciales, cuando consagren tiempo y atención  a músicos de la calidad del citado sueco.

Malmsteen nació en Estocolmo, en 1963. Desde los siete años de edad, al ver el video de Jimi Hendrix quemando su guitarra en el festival internacional de música pop, en Monterrey, antes de finalizar la canción Wild Thing, le quedó imborrable tal escena. “Yo también quiero hacerlo”, anunció el precoz niño a sus padres, arrullando la guitarra que estos le regalaran para hacerle menos frío el invierno de aquel año. Mayor habría sido la exaltación  visual y auditiva del pequeño si antes de ver a Jimi hubiese observado la piromusical  complacencia de Jerry Lee Lewis, convirtiendo su piano en danzante hoguera durante uno de sus conciertos. Yngwie explica: “El día que Jimi murió, me pusieron un video de cuando quemaba la guitarra y eso me hizo querer ser guitarrista. Pero no escuché su música: era algo más visual. Eso fue lo que me impactó para tocar”

De lo clásico a lo contemporáneo, con guitarras re-trasteadas y cuerdas de latón, utilizando especialmente las Fender Stratocaster hechas en madera de Xenxo, este virtuoso de la guitarra eléctrica presenta fracciones de obras trenzadas con ritmos poco usuales, sin desfiguración de lo básico en la pieza musical interpretada, pero con otras tonalidades situando al tema en nuevas líneas estéticas. Nuevas formas de sentir y escuchar la música antigua, asimilándola con  el estilo de nuestro tiempo. La guitarra de Yngwie Malmsteen, desbordada o serena, fraterniza con todos los instrumentos para dar su propia visión de lo alusivo y misterioso en la música. De acuerdo con la crítica, el álbum Trilogy (1986) es el referente mayor de su estilo y su técnica, aunque el de más éxito comercial fue Odyssey (1988). Un ejemplo de tal síntesis,  lo alcanzó con la realización de uno de sus sueños musicales: en 1998 llevó a cabo su proyecto Concerto Suite For Electric Guitar and Orchestra in E Flat Minor Opus 1, grabando el disco con la Orquesta Filarmónica de Praga y, tres años después, ejecutando en directo el concierto con la New Japan Philarmonic. “Amo tocar en vivo y el sonido cuando estoy en un buen  lugar, con la banda sobre el escenario. Es simplemente hermoso. Trato de llevar tal sonido al estudio. Mucha gente intenta recrear sus álbumes en vivo. Yo me propongo lo contrario: que la vida se sienta en el estudio. Pero este es también el laboratorio donde puedes ser el científico loco. Eso cambia las cosas. En vivo, es como una zona de batalla, como estar en la zona de guerra. Realmente amo ambos espacios. Es un gran contraste”, reconoce el compositor.

Si desde lo coetáneo no se menosprecia lo clásico y desde aquí se reconoce lo actual, el regocijo con esta variedad de arreglos, franca heterodoxia musical, es experiencia auditiva fascinante. Con sus interpretaciones, a varios temas clásicos sin pérdida de su esencia intemporal los reboza de ansiedades y júbilos, de imperiosas necesidades propias de nuestro siglo, rubricándolos con el lenguaje de nuestras soledades y miedos para acompañar heridos sentimientos de dolor y muerte, aislamiento, ser y no ser en este hormiguero social. Es él, como músico con sus propuestas, sin dejarse absorber por el maestro original, con destreza para reproducirlo en sus zozobras y quietudes. Es recomendable escuchar varias veces cada composición del sueco, para descubrir la brillantez de su estilo. Malsmteen es el Paganini de la guitarra eléctrica. Lo sabe y de ello se complace en sus conciertos, donde las cuerdas de su guitarra son filamentos del alma de quienes lo escuchan. “Lo más importante es estar afinado y también la expresión, como el vibrato o el glissando. No lo vertiginoso que toques. Para tocar rápido, debes poder tocar claro como el cristal”, confiesa el genial guitarrista. No es solo acercamiento y modernización de algunos clásicos. Sus temas siguen también otros derroteros contemporáneos. Aquí acentúo lo tradicional, aunque hay otros tópicos interesantes dentro de su discografía con los cuales muchas personas no disfrutarán, mientras otras los elegirán por ser más de nuestra época. La suya, es una amplia discografía con intenso sabor del heavy metal, como es natural en su obra.

Escuchar a Yngwie cuando desde su prodigiosa guitarra eléctrica desentraña fragmentos escogidos de Bach, Beethoven, Vivaldi, Albinoni, Mozart o Paganini, es ampliar para el gusto postmoderno más inflexible las posibilidades musicales de estos con sus obras, haciendo de ellas objetos estéticos aprehensibles desde instrumentos propios de nuestra época. No son simples arreglos. No hay transgresiones, amputaciones o irrespetos. Como si a Bach lo invitáramos a montar en el metro y a Beethoven a navegar en internet. O a Paganini y Vivaldi los sentáramos frente a un sampler. Uno de mis temas preferidos en la guitarra de este virtuoso del shred, es la 5th Sinfonía de Beethoven. Sus sonidos vigorosos penetran los sublimes secretos de tal obra, acentuándonos la intensidad tempestuosa del do menor en una representación existencial del espíritu del hombre autorrealizado. Otro tema, arrebatándome sin descanso en YouTube, es  Tocata y Fuga en re menor, de Bach, facilitando a la guitarra una independencia de ritmo y sonoridad melancólicas nada comunes.  La consistente sonoridad y brillantez de esta pieza, con abierta potencia emocional en su cadencia final, incitó a Stokowski a escribir: “es como un conjunto masivo de columnas dóricas de mármol blanco”.  Estas metafóricas columnas de Bach, la guitarra del creador de Rising Force y la patética Like An Ángel, las convierten en arroyos de lava esparciéndose por el cuerpo y el alma de quien escucha tal versión.

“Puedo hacer muchas cosas distintas, pero lo que realmente me gusta es el metal neoclásico. Es mi estilo”, afirma Yngwie. Los guitarristas shredding (trituradores) son un introspectivo espectáculo para la vista y el oído. Todos tienen la potestad para abrir y cerrar las puertas del cielo y del infierno, de la nada y el absoluto con sus composiciones. Búsquense, de la comunidad de metaleros neoclásicos, las interpretaciones solitarias donde muestran  sus habilidades con temas para dejar sin respiración al espectador. Hoy por hoy, existen pocos continuadores de tal técnica. El facilismo impide a muchos guitarristas emprender el camino de dicha disciplina musical. Cada guitarra en los dedos de estos compositores, es  puerta a otra dimensión divina o infernal de la música.

Sin saberlo a conciencia, cada intérprete manipula con su instrumento una clave, parte de la totalidad desde la cual puede explicarse el ritmo del universo cualificando los sonidos de las esferas al unificar las claves iniciadas por los clásicos con sus composiciones, como en el caso del solo interpretado por Van Halen en Eruption, que  a escuchar para confirmar la atracción del shred dentro del subgénero mencionado.  Poseo para mi solaz musical nocturno, cerca de cien solos con guitarristas  de metal neoclásico. Son mi yajé musical. Embriagadora poesía para el oído. Usted puede conformar su propio repertorio si llega a inquietarse con tal expresión melódica y está dispuesto a pasar por las horcas caudinas de la guitarra eléctrica. A quien desee comprometerse con tan fascinante riesgo musical, le propongo algunos nombres de prestigiosos talentos para dar sus primeros pasos en esta expresión del heavy metal: Eddie Van Halen, Randy Rhoads (Suicide Jam), Vinnie Moore (Eye of The Beholder), Marty Friedman (Kind of Ballad), Paul Gilbert (uno de sus solos más conocido, fácil de encontrarlo en You Tube), Tony MacAlpine (Tears of Sahara), Jason Beker (Altitudes).

Con Malmsteen a la cabeza, en cada uno de estos nombres y muchos otros no aludidos, con sus solos de guitarra eléctrica o acústica, se puede convocar el más fantástico concierto donde Dios y el demonio no se harían rogar como invitados especiales. A los devotos de santa-guitarra- eléctrica interesados en comulgar con esta modalidad musical, desde la guitarra de Yngwie les sugiero autoiniciarse con el popular bulo  musical conocido como Adagio en sol menor, o también Adagio de Albinoni, atribuido a Tomaso Giovanni Albinoni pero en realidad obra del musicólogo  italiano Remo Giozotto.

WALSER LEVITABA AL CAMINAR



Robert Walser 


Daré por establecido algún tipo de aproximación suya a la narrativa, o la poesía, o los ensayos y microgramas del escritor suizo Robert Walser.

Para relatar cuanto voy a señalarle y asumir su credibilidad, como también me apropio en este momento la certidumbre de mi lucidez frente a la hipótesis que expresaré, doy entonces por fijo cualquier mínimo acercamiento literario suyo con el  autor de El ayudante. ¿Le comparto la opinión del búlgaro Elías Canetti sobre el más sabio, el observador más meticuloso brillante y lúcido de los escritores europeos mentalmente desequilibrados, en el siglo XX? “Un personaje tan singular como Walser no hubiera podido inventarlo nadie”. Canetti hace parte de un autorizado inventario de notables escritores y pensadores del siglo XX, reconocedores de las estéticas, sicológicas y humanas extensiones  literarias de Walser. Susan Sontag admitió que “sus virtudes son las del arte más maduro, más civilizado. Es en verdad un escritor maravilloso, desgarrador”.


Robert se inventaba a sí mismo en medio de la más sobria forma de vivir. Cada acto y pensamiento suyos antes de su enajenación, y en su anómala demencia durante 30 años enclaustrado en el asilo siquiátrico de Herisau, vigorizaban a uno de los mayores y poco divulgados escritores de Alemania y del mundo en el  siglo XX. Kafka sintió intensa admiración por su obra, segmentos de la cual leía en voz alta a varios de sus amigos inmediatos. No se equivoca Sontag al ubicar a Walser como eslabón perdido entre Kleist y Kafka. Francisco Solano habla por muchos de nosotros, lectores de Walser, cuando expresa: “No hay ningún lector de Walser que, bajo los efectos de su estilo, que actúa como una música, no se sienta reconfortado y tal vez mejor persona. Leer a Walser nos libera de embrollos éticos y nos limpia de mezquindad”.



La búsqueda de lo absoluto en el autor de Los hermanos Tanner, empezaba en los objetos más próximos a él, acrecentándose después con aquellos otros percibidos por donde caminaba. Lo absoluto estaba siempre a su lado y podía percibirlo y tomar conciencia de este contemplando en éxtasis natural, con filosófico humor y mirada zen, cuanto le rodeaba. No necesitó estructuras ni procedimientos filosóficos complejos para tener noción de tal inquietud existencial y metafísica. Escribe Walser en uno de sus textos: “…él adoraba candorosamente cualquier cosa, ya fuera espiritual o corpórea. Qué bello, qué bondadoso le parecía el mundo al pobre Luftibus. Sin duda existía una bondad eterna, inagotable. A los ojos del joven, tierra, aire, casas, bosques, prados y cielo azul constituían un cuadro paradisiaco”


Quienes lean prolijos a Walser, identificarán en el autor de La metamorfosis sus mismas inflexiones temáticas cercanas a lo irracional, a universos de penumbras consolidándose en la cotidianidad del ser humano. Pensar que usted conoce y valora algo de Robert Walser, es mi solidario modo de estimar sus cualidades lectoras. Tal vez leyó alguno de sus libros y escudriñó luego otras de sus publicaciones… Tal vez desde aquí, paso obligatorio para entrar en la obra y vida de Walser, descifre semejanzas entre el poeta y usted, ahondando en el espíritu y las emociones, los estremecimientos estéticos susurrados línea tras línea por Walser en su prosa.



Tal vez lo lee todavía. O nunca va a leerlo. Posiblemente las novelas, cuentos, poemas y breves glosas de Robert Walser, no son para usted. En el departamento del Quindío, he obsequiado fotocopias de textos elegidos del suizo a numerosas personas y ninguna de ellas ha ido más allá de tales fragmentos. Su refinada prosa los dejó indiferentes y no es para extrañarlo. Los incompetentes para ver y amar el mundo donde se alojan las veinticuatro horas del día, y los años durante los cuales transcurre su efímera existencia, con mayor razón serán incapaces de descubrirlo a través de las miradas puras y reveladoras de Walser, deslumbrado con alguna minuciosidad del camino, de la ciudad, de su habitación o del paisaje contemplado.



Hay otra perspectiva: usted  no tiene las cualidades, como lector y persona, requeridas para entrar al universo de Walser. El desencanto con lectores de mi pueblo y del Quindío, incluyendo entre estos solo a cuantos conservan de tiempo atrás el hábito de la lectura, me induce a tan radical afirmación. Quienes tuvieron la oportunidad de refrescar sus labios o mitigar su sed de absolutos en esta fontana inagotable de literatura cristalina, no lo hicieron. O de  aprender en su estilo. O de escuchar su irónica melancolía, según lo expresa Jürg Amann en su libro Robert Walser. Una biografía literaria (Siruela, 2010): “Siempre se ha escondido en los grandes y vastos bosques del lenguaje. En las simas de su tristeza muy jubilosa. En los claros de su alegría mortalmente triste”. Sin embargo, continuaron de largo, glaciales porque no tenían minutos, horas ni mucho menos días para leerlo o fueron ajenos a sus extraños ritmos, a sus pasos por el mundo, a su discreto tránsito por la literatura. Walter Benjamin, uno de los primeros en reconocer la magnitud literaria de Walser, deslumbrado con su obra escribió: “Cada frase suya tiene por objeto hacer olvidar la anterior”. En contraste, todas las frases y párrafos de Walser y cada uno de sus libros, como unidad integradora del conjunto, atesoran la virtud de hacernos recordar, imaginar o entrever instantes exiguos de nuestra vida y de aquellos destinos con los cuales hemos tenido algún acercamiento. Una frase de Walser puede servirnos para develar el destino de alguien ajeno a nosotros o, por el contrario, próximo a nuestra vida.



Entre varios quindianos impermeables a sus libros, mi amigo el poeta Elías Mejía tuvo la fortuna de tener en sus manos una de las obras esenciales de Walser y la desdicha de no acceder a sus secretos de estilo y contenido. Atravesó a vuelo de tordo un texto conmovedor del suizo, con el único acierto de percibir solo ecos de su prosa en los textos inéditos del minicuentista y ensayista calarqueño Óscar Zapata Gutiérrez.



Mi amigo de peregrinajes viales, de contemplativas estancias en las orillas de los ríos, de hogueras con hojas secas de eucalipto para celebrar con su humo y su perfume la fecundidad de la vida y del mundo, es un  pertinaz escritor oculto quien, a pesar de sus tres computadores, a lo largo de 25 años continúa escribiendo a mano centenares de filosóficas elucubraciones en hojas sueltas, y libretas,  y agendas,  y cuadernos, y papelitos de toda clase para relegarlas en algún rincón de su alcoba, a semejanza de Walser cuando acumulaba sus ilegibles Microgramas. E igual que el narrador catalán Rafael Argullol, acopiando durante varios lustros las 1.212 páginas de su descomunal y hermosa Visión desde el fondo del mar, Óscar atesora centenares de textos suyos donde los breves e inteligentes comentarios filosóficos sobre el diario devenir de Calarcá y del Quindío, tienen en él a un retratista subjetivo en la línea de Walser.



Doy por establecida su relación con cualquier libro de Walser, aunque es preciso encontrarlo en varios para comprenderlo mejor. Sebald inicia su libro El paseante solitario con esta patética descripción:


“Las huellas que Robert Walser dejó en su vida fueron tan leves que casi se han disipado. Al menos desde su regreso a Suiza en la primavera de 1913, y en realidad, claramente, desde el principio, sólo estuvo unido al mundo de la forma más fugaz. En ninguna parte pudo establecerse, nunca tuvo la más mínima posesión. No tuvo casa jamás, ni una vivienda duradera, ni un solo mueble y, en su guardarropa, en el mejor de los casos, un traje bueno y otro menos bueno. De lo que necesita un escritor para ejercer su oficio no tenía nada que pudiera llamar propio. Libros no poseía, según creo; ni siquiera los que él mismo había escrito. Los que leía eran casi siempre prestados. Hasta el papel de escribir del que se servía era de segunda mano”.


Posiblemente usted leyó El paseo. Permítame leerle en voz alta un párrafo:

 “En los últimos tiempos, he llegado a la convicción de que el arte y la dirección de la guerra son casi tan pesados y necesitados de paciencia como el arte poético, y viceversa. También los escritores efectúan a menudo, como los generales, los más prolongados preparativos antes de avanzar para el ataque y atreverse a librar una batalla o, en otras palabras, lanzar un artilugio o libro al mercado, lo que suena desafiante y excita por tanto con fuerza potentes contraataques. ¡Los libros atraen las recensiones, y a veces estas son tan enconadas que el libro ha de morir y el autor tiene que desesperarse!”.


¿Conoce La rosa? Leeré para mí, en voz baja, este párrafo. No es necesario que lo escuche:


“Un ángel así hace bien al aguardar a que le digan que necesitan de él. Esto tarda a veces más de lo que él sospecha, pero el caso es que también deberá moderarse, no ha de pensar que es insustituible. No me gustaría ser aquel a quien he convertido en ángel. Lo endiosé para no encontrármelo más en ningún sitio, para que permanezca inmutable como una imagen y yo pueda dirigirle siempre la mirada, según mis necesidades y deseos, cobrando ánimos al verlo. Me da casi lástima, creyó que yo tendría curiosidad y me iría tras él, mientras que prácticamente lo tengo en el bolsillo, o como una cinta en la frente”.



Posiblemente usted leyó Los hermanos Tanner. No, no voy a citarle ningún párrafo. Tampoco transcribiré nada de La habitación del poeta, muchas de cuyas prosas breves habría refrendado Kafka. Admirador de Walser, este tipo de textos pudo haberlos conocido el autor de Un médico rural, para materializar rasgaduras recónditas de una existencia sin satisfacciones, llena de dudas y recelos ante la vida. La primera obra de Walser en anclar en  mi vida de lector, induciéndome a escudriñar otros títulos, fue Vida de poeta. Tres palabras incitando a sospechar universos íntimos del escritor y su oficio, de sus recónditas emociones, donde Walser me sumergiría en zonas sicológicas propias de los poetas. Transcribo para mí, le enfatizo, no-para-usted, un fragmento de  la citada obra:


 “Un poeta se inclina sobre sus poemas: ha hecho veinte. Pasa una página tras otra y descubre que cada poema despierta en él un sentimiento muy particular. Se devana penosamente los sesos tratando de averiguar qué es lo que planea por encima o en torno a sus poesías. Presiona, mas no sale nada, golpea, mas no logra sacar nada, tira, pero todo sigue tal cual, es decir, oscuro. Se apoya sobre el libro abierto entre sus brazos cruzados y rompe a llorar”.



Ahora sí: doy por establecido que  el novelista Robert Walser (1878-1956) no es efímero solaz literario para usted sino un iluminado escritor revelándole  con su vida elemental y su obra vital, desde la lucidez y a pesar de la demencia, otra manera de vivir el mundo cotidiano, con profundidad y mayor sensibilidad, sin menospreciar las cosas simples circunscribiéndonos y sin complejidades ontológicas, descubriendo valores humanos y estéticos en lo intrascendente.



Fernando Magallanes, en su ensayo sobre Christian Wagner y Robert Walser, señala con acierto: “Walser despliega todo su talento en narrar lo que a nadie se le ocurriría con la sola observación de un botón; solo alguien locuaz con dominio de la lengua y el suficiente grado de imaginación, como para poder hablar de una nimiedad durante horas, es capaz de dejar  absorto al lector con la explicación de no se sabe cuántas cosas en torno al objeto más insignificante. Pero esta virtud de Walser ya la resaltaron Benjamin y otros”.


Si doy esto por establecido, es porque al valorarlo como lector sensato le invito  a participar en la expansión de la obra walseriana entre espiritus sensibles de nuestra época. Lectores especiales.  En mi región, por donde Walser habría caminado sin dejar fuera de sus largas correrías ningún municipio, extasiado en particular por las carreteras hacia Génova, Salento o Buenavista, pocos fueron permeables a sus textos. Nadie sondeó otras obras para encontrarse con el escritor suizo en páginas diferentes, donde tal vez habría hallado cuanto sus expectativas exigían en materia literaria. En su rara demencia Walser fue el mayor poeta iluminado del siglo XX en Europa. Iluminación sin testigos, sin maestros para certificarla. No requirió técnicas especiales para su despertar. El suyo fue un largo satori de treinta años, alejado de la lógica y cordura occidentales donde por monasterio tuvo un sanatorio. Como cualquier monje zen en un dojo al lado de su roshi, desempeñaba oficios sencillos.  Nunca supo nada de teorías sobre la iluminación ni prácticas meditativas induciendo a ella. Walser no es para todos, mas cuando alguien sabe afrontarlo a nadie excluye y se convierte en referente poético de la más depurada literatura del anterior siglo.



Robert Walser nunca supo de tales cuestiones. Sus lecturas estuvieron aisladas de la mística japonesa, china e india. El poeta europeo más auténticamente zen, sin conocer ni leer nada sobre esta cristalina rama del budismo, vivió el mundo cual si fuese monje de dicha escuela mística. Escribió: “Cuando comencé como poeta, empecé también como persona y me sentía como si acabara de nacer. El mundo era nuevo todos los días, como si hubiera muerto durante la noche y volviese a la vida al amanecer”.



Este habitual paseante solitario, nómada por caminos suizos y alemanes, viajero urbano por pueblos y barrios, vagabundo sin prisa por aldeas, montañas, colinas y valles de su patria, cuando hacía sus largos o breves paseos, antes o después de su desequilibrio, no caminaba como caminamos nosotros…



Walser, conózcalo de una vez y no conserve ideas erróneas sobre este narrador, mantenía sus pies sobre la superficie. Ropa humilde, zapatos con suelas desgastadas. Cualquiera podía percibirlo a simple vista, sigiloso tras del poeta algunos metros, varias cuadras hasta el hotelucho en el cual se alojara aquel momento. O decenas de kilómetros hacia sitios donde se desplazaba a pie. Caminando a su lado, el escritor Carl Seelig escribió en su diario: “A ritmo rápido, partimos hacia Lichtensteig, la pequeña capital de Toggenburg, que está a treinta kilómetros de distancia. Tomamos estrechos y solitarios senderos, en donde nos topamos no más que con unos pocos feligreses que van a la iglesia. A menudo, Robert se detiene a admirar el encanto de una loma, la flema de una posada, el azul del día de Pascua, el plácido aislamiento de un trozo del paisaje o un claro en el bosque, de un verde pardo”.



Mantenía sus pies sobre el suelo pero levitaba. Una privilegiada forma de levitación poética. Fluía ingrávido y caminaba por el suelo como pudo caminar  Jesús sobre las aguas del mar. Al camino lo hacía parte de su sensibilidad, de su no-mente al tener conciencia del lugar por donde iba. En esta forma de unificarse con el paisaje, con la naturaleza, solo el poeta japonés Basho puede comparársele. O más moderno aún, el haiyin Santoka Taneda.



Decenas de kilómetros, durante las cuatro estaciones mientras la nieve se lo llevara definitivamente; de día, de noche, desde la aurora hasta el ocaso o internándose en la oscuridad, sin temores; regresando o sin volver a su sitio de partida, Walser el poeta errante caminaba por la orilla de una carretera, por entre los árboles de un bosque, de un poblado a otro. Caminante solitario, en ocasiones sin objetivos diferentes a los de encarnarse camino y nada más. Encontrarse con el paisaje y nada más. Ser uno con la naturaleza y nada más, bajo el sol, la lluvia, las sombras de los árboles, el viento otoñal, la indiferencia o curiosidad de quienes debieron verlo caminar solitario hacia quién sabe dónde.



En realidad, y esto demanda visión de lince en el transeúnte o un poco más de imaginación en los lectores de sus obras, Walser levitaba. Frágil levitación que no ocurría por efectos electrostáticos, magnéticos, aerodinámicos, acústicos, ópticos o antigravitatorios, sino por el efecto poético, el más prodigioso y menos científico de todos: Walser ascendía y descendía algunos centímetros, no apreciables tan fácil por quienes estuvieran a su lado o marcharan junto con él. En sus paseos con el poeta suizo, Carl Seelig se sorprendió con el fenómeno varias veces y en su libro es bastante cauto cuando se refiere a tal hecho inexplicable. Sucedió una ocasión cuando iban hacia Abtwil. Seelig escribe: “A veces, la niebla nos envuelve en su mortaja durante unos minutos. Luego volvemos a ver el sol flotando en el sur como una esfera desmaterializada”. Otro día, descendiendo un barranco hacia Trogen: “Todo el paseo matinal es un continuo éxtasis para él”. El 14 de julio de 1946 escalando el Hundwilerhöhe: “Señala una cima verde, hacia el sur. A mí me parece infinitamente lejos, pero él tiene que hacer su voluntad. Adopta un ritmo casi frenético. Trepa como un gato”.



Levitación poética no tan desprendida del suelo, poco elevada aunque nadie se habría dado cuenta de tal fenómeno porque  ninguno intuía siquiera que por su lado transitaba, anónimo, el más profundo narrador alemán del siglo XX. El mayor de los solitarios, el poeta que viene y se va, que camina y reposa, se aleja y regresa mientras la existencia permanece tal cual es. El tiempo no pasaba en sus correrías. Era Walser, yendo y viniendo por las aldeas, con zapatos viejos y gastados, con su paraguas en la mano. El narrador del mundo y sus silencios.



La suya era una particular forma de levitación interior donde el cuerpo se desplazaba normalmente, junto a las demás personas, adelante o atrás de ellas y, sin embargo, sicológicamente no está moviéndose como esa gente hacia sus trabajos, ignorante del mundo  y la vida porque tienen prisa. Walser percibía  y vivía el mundo de manera diferente a quienes lo acompañaban o eran sus conciudadanos. Su forma de caminar, levitando hacia adentro, era propia del iniciado en silencios y caminos. Iniciado en soledades de todo tipo, porque todas las soledades buscaron siempre  a Walser para irse a caminar con él.