domingo, 18 de diciembre de 2016

PUEBLOS, PARQUES, POETAS
 Umberto Senegal
                                                                                                   Para Jorge Iván García, en un parque sin nombre


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Que cada quien establezca un catálogo individual y organice su inventario de libros y poetas para dialogar con ellos en parques de pequeños municipios, si a sus intereses literarios le atañen los pueblos, los parques y la poesía. Por las mañanas. O cuando los ocasos ceden sus penumbras a las luces nocturnas. No todos los poetas concurren al conjuro de parques provincianos. A tal liturgia de lectura, que practico reiterado dentro y fuera del Quindío, el poeta elegido asiste cuando desde mi contemplación peregrina este lugar se transfigura en ámbito de serenidad y belleza. La intelectual complejidad de dicho ejercicio, no es efímero devaneo literario: un poeta y un libro suyo para dialogar con ambos en el parque de un definido pueblo. Entre otros, tengo catalogados los municipios de mi región. En Pijao, de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York. En Circasia, de Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River. En Génova, de Matsuo Basho, Sendas de Oku. Libros y poetas para un mes. Al siguiente, varían, pero los elijo a partir de tales lecturas. Cada poeta, desde alguno de sus versos envía la metafórica señal indicándome a quién deberé leer después. En Calarcá, de Huidobro, Altazor. En Salento, de Walt Whitman, Hojas de hierba. En Filandia, de Yannis Ritsos, Forma de la ausencia. Los experimento como actos subconscientes de semejanzas emocionales. Complementaciones estéticas, ontológicas y semióticas de lenguajes, signos y musicalidades recíprocas, a través de un sujeto -el lector- capaz de convocar mediante el trance poético un conjunto de autores en espacios geográficos propicios. En Córdoba, de Wislawa Szymborska, El gran número. Fin y principio y otros poemas. En Armenia, de Fernando del Paso, PoeMar. En Montenegro, de Mahmud Darwish,  Menos rosas. En Quimbaya, de César Vallejo, Trilce. Algo sintomático en momentos de lucidez o hechizo: los poemas leídos en horas de la mañana, releyéndolos al atardecer o en la noche me provocan diferentes sentimientos. En Tebaida, de Silvya Plath, Árboles en invierno. En Buenavista, de Fernando Pessoa, Poesía completa de Alberto Caeiro. Del hilo conductor por este laberinto de autores, libros y parques pueblerinos, desconozco su racionalidad pero intuyo un factor Ariadna, que me permite no extraviarme. ¿Qué poetas me harían su médium en parques de azorinescos pueblitos españoles, griegos, rusos o chinos?  Luego de este acto de meditabunda lectura, salgo a recorrer callecitas del pueblo visitado. A contemplar sus casas y escuchar cuanto ya no emerge de los poemas, sino de alguna pared de bahareque, un techo con tejas de arcilla o la gente provinciana con la cual Dios evidencia sus declaraciones de amor por el ser humano. ¿En cuál parque de Herisau me espera Walser?  

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